viernes septiembre 21 de 2018

Colombia va a elecciones legislativas, en medio de “la esperanza y el miedo”

Por Carlos Villota Santacruz

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Este domingo 11 de marzo de 2018, se inicia en Colombia, la carrera por la presidencia, cuando se cierre las urnas a las 4 de la tarde y se conozca la nueva composición del Congreso de la república –senado y cámara- en medio de varios interrogantes entre los partidos políticos, la opinión pública, los medios de comunicación, los gremios y los ciudadanos.

La razón. “¿Si la cota electoral cortará definitivamente los tentáculos de los dineros del narcotráfico y los grupos al margen de la ley de una de las democracias más antiguas del mundo?” A simple vista, su influencia parece que persiste, si se retoma el temor de la mayoría de los aspirantes a al cuerpo legislativo, que a lo largo de las últimas semanas han denunciado la presencia de “ríos de dinero” en las campañas políticas, que se traduce en la compra de votos.

Lo cierto, es que la primera década del siglo XXI para este país de más de 44 millones de habitantes y con una alta presencia de cultivos ilícitos, no ha sido fácil. Todo por cuenta que la crisis en la que ha tratado de emerger Colombia ha sido una de las más duras por cuenta de la guerrilla, (hoy partido político las Farc) el paramilitarismo, el terrorismo y acciones delincuenciales que han dejado miles de muertos, viudas y huérfanos.

En el año 2002 -cuando el  ex presidente Álvaro Uribe llegó al poder- la degradación individual y colectiva, amenazaba con comprometer no sólo  la democracia sino la propia integridad territorial del país, además de los principios esenciales de todos los sectores de la población.

Fue entonces, cuando apareció la bandera de la “Política de la Seguridad Democrática” que acorraló a la guerrilla y a todos los actores que por años violaron la ley.

Sin embargo, esa luna de miel entre el Ejecutivo y sus electores se fue diluyendo con el paso el tiempo, al elevarse los índices de inseguridad en las ciudades, la aparición de los falsos positivos que obligó al gobierno a un “revolcón” al interior de las Fuerzas Militares y escándalos como “Agro Ingreso Seguro”, que dejó al ex ministro de Agricultura, Andrés Felipe Arias, por fuera del “ruedo político” y residenciado en el exterior, respondiendo ante las autoridades colombo-americanas por su accionar en la cartera.

Si bien, más del 60 por ciento de los ciudadanos consideran que gracias al gobierno de Uribe el ambiente interno y externo del país cambio radicalmente en del 2002 al 2010, la polarización  hizo su aparición en su máximo grado, que se ha extendido en el tiempo hasta este 11 de marzo de 2018.

Un hecho  que objeto de un intenso debate en las universidades, los gremios de la producción y la misma Venezuela, donde el presidente Nicolás Maduro, lanza fuertes críticas a su vecino con fuertes calificativos, que incluso originaron en Bogotá, Cali, Medellín y Cartagena marchas en su contra, tras calificar a su Gobierno de “dictatorial” y de provocar el desplazamiento de sus connacionales a lo largo de América Latina en el último año.

En medio de este escenario y sin saber aún si en la jornada electoral que se avecina se renovará el Congreso en que porcentaje, si triunfará el voto en blanco, el abstencionismo o saldrán fortalecidos los partidos tradicionales, las colectividades con un gran arraigo en el ideario de la Mesa de Unidad Nacional, bajo el Gobierno del presidente Juan Manuel Santos, la crisis que vive Colombia en muchos de sus sectores -la mayoría de ellos sensibles para la economía- no es atrevido afirmar que la crisis, es paradójicamente, la gran oportunidad para realizar un cambio histórico con la participación de los jóvenes, las mujeres y la personas de la tercera edad.

En ese sentido, un 38 por ciento de la opinión pública que nunca participa en política está convencida que la cita en las urnas es la oportunidad de un cambio, que se ha visto frustrado en varias ocasiones por la influencia de poderes arbitrarios o por qué se hizo a medias por culpa de los intereses reaccionarios.

En medio de este escenario y los horrores de un pasado cargado de violencia y sangre, la nueva generación de colombianos -17 a 25 años- buscan por todos los medios darle vuelta a la página. De entrada, son protagonistas de un gigantesco proceso de cambio, a través de iniciativas de origen ciudadano que apuntan a construir políticas públicas en materia de educación, cultura y equidad de género.

Si logran su objetivo, la iniciativa de ser parte de la agenda legislativa del electo  Congreso para el período 2018-2022. Pero más allá de su resultado, existe la idea generalizada que el país debe entrar de una vez por todas al terreno del desarrollo como lo cristalizó Chile.

La tesis es: “Colombia tiene todo para lograr esa meta. Posición geográfica, recursos naturales. Dos mares. Un alto potencial en el recurso humano, tantas veces aplaudido en el mundo”.

Lo cierto, es que todo este sentimiento de cambio que surge del corazón de la nueva generación de colombianos debe estar consignado en un Plan de Desarrollo Económico y Social que permita saber la orientación del gasto público, cuáles son los grandes propósitos de la economía, bajo un consenso de todas las fuerzas políticas y sin dejar por fuera un estatuto de la educación, las pensiones y la construcción del posconflicto en las regiones.

Adicionalmente, debe existir la garantía por parte del Estado que los 32 Departamentos posean voz y voto en la redacción y ejecución del Plan, que la margen de un gobierno, debe convertirse en la brújula de una nación que -de acuerdo a los analistas-  tiene más futuro que pasado.

Para confirmar esa teoría, está llamado a renovar sus instituciones democráticas sin “sombra de actores donde la violación de la ley es un estilo de vida”. Caso particular de los protagonistas de los casos de corrupción en todas las esferas de la sociedad colombiana. Solo así, se podrá construir un desarrollo nacional, departamental, municipal y local; con posibilidades concretas de éxito, en el concierto internacional. Hoy por hoy, tan dinámico, exigente y cambiante.

No en vano, el voto se convierte para Colombia y sus habitantes en el mejor camino para determinar cuál es el país que se delineará al 2030, con un nuevo inquilino en la Casa de Nariño, a partir del 7 de agosto. El primer paso, de este escenario, cobra vital importancia las elecciones de este domingo 11 de marzo, donde la lectura es si fortalecer la democracia. Lo que no se sabe, es si es una democracia de esperanza o de miedo

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