sábado octubre 20 de 2018

Jesurún

Por Esteban Jaramillo Osorio

Cuando Ramón Jesurún asumió la presidencia de la federación de futbol, prometió en su primer discurso puertas abiertas, libros a disposición y transparencia de manejo. Tan distinto a Lucho Bedoya con su silencio misterioso y sospechoso.

Recuerdo aquel Jesurún coloquial, con sobredosis de optimismo, festivo como buen costeño, decidido a darle impulsos al futbol nacional.

Se  produjo, con su ascenso, el efecto esperado. Dio largas, con respeto y diplomacia, al proceso Pékerman, por esos días muy reconocido, ante el beneplácito de todos. Sofocó con liderazgo disturbios en el interior de las instituciones a su mando, especialmente económicos en la rama profesional, para calmar a los dirigentes en frecuente discordia.

Pero lo bueno no dura. Se transformó, ante el acoso de la autoridad  que lo investiga en la actualidad ( no lo condena), por supuestos malos manejos, en un hombre arisco, irascible, nervioso, fingido y provocador. Su voz de trueno sonó más fuerte.

Terminó en tragicomedia el vinculo de Pékerman con la selección y, como lo denunció un reconocido periodista, manipuló con su discurso lastimero, la vertiente incontrolada y belicosa, en extremo agresiva entre las partes, que precedió la salida del timonel argentino. Recusó y desconoció, luego, la competencia de las entidades investigativas y, vía tutela, la que instauró a nombre de la federación, pretendió cerrar el flujo informativo  con incómodos efectos colaterales en los medios y en la opinión publica. Peligrosa posición que tantos rechazaron y que produjo golpes fuertes a su imagen. El bloqueo  informativo  acrecentó la desconfianza general y, quiérase o no, sacudió las estructuras federativas del futbol. Hoy su tiempo y el de  algunos dirigentes que lo secundan, transcurre entre abogados, relaciones publicas y desmentidos. En serena tranquilidad están los restantes, que no temen a los entes fiscalizadores.

Cuanto se extraña aquel Jesurúm, dispuesto a reivindicar el futbol colombiano, con resultados, ideas y planeación. El dirigente comprometido, sin misterios. El man “chevere” con el que era tan fácil compartir.

Queda claro que amigo es aquel que dice la verdad y no el que corre una cortina de humo frente a lo que sucede. Y que, como decían los abuelos, “Aquel que nada debe, nada teme…”

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