sábado noviembre 26 de 2022

Voy y vuelvo Odio

Ernesto CortesPor:  Ernesto Cortés Fierro 

No es difícil de definir. Solo intenten buscar la palabra en cualquier diccionario y hallarán su definición cruda: “Sentimiento de profunda antipatía, disgusto, aversión, enemistad o repulsión hacia una persona; el deseo de evitar, limitar o destruir a su objetivo”. Esto es el odio.

Pero si no quieren ir al diccionario, véanlo en la vida real. ¿Qué, si no odio, fue lo que destilaron uribistas y gobiernistas esta semana? ¿Qué, si no odio, es lo que destilan antipetristas y antipeñalosistas a diario? ¿Qué, si no odio, es lo que traducen los debates en el Concejo o el Congreso? ¿Qué, si no odio, es lo que emana de una campaña presidencial como la norteamericana? ¿Qué, si no odio, es lo que se ha apoderado de las redes sociales ante cualquier tema, por nimio que sea? ¿Qué, si no odio, es lo que se incita a gritar en la plaza pública? ¿Acaso no estila odio un Procurador que arremete contra todo aquel que no siga sus dogmas? ¿No es odio lo que se respira en Venezuela?

Me atrevería a decir que nunca antes en el país se había esparcido tanto odio por tan poco y ad portas de firmar un acuerdo de paz. Que nunca antes habíamos tenido tan nublada la razón a la hora de hallarles explicación a las cosas ni nos llenábamos de inquina ante cualquier debate contrario a nuestras propias ideas. Pueda que seamos el país más feliz del mundo, como dicen, pero, como van las cosas, nada raro que esa felicidad sea producto del odio mismo que sentimos hacia los demás.

Es tal la carga de odio que estamos recibiendo por todos los flancos que se nos convirtió en pandemia. Hay que ver el odio con que hacemos un reclamo, con que respondemos a nuestras parejas, a nuestros hijos, a nuestros conocidos; el odio que nos hace brotar las venas cuando nos hacen un chiste que antes tolerábamos; el odio que nos invade cuando queremos reclamar por una imprudencia y el odio con que nos responde el señalado de cometerla.

Esta semana, un energúmeno, por odio, decidió disparar contra un bus del SITP con pasajeros a bordo, por el odio que le produjo un reclamo que le hizo el conductor del vehículo de servicio público. Qué tal la declaración de odio de una senadora de la República que, sin más, dijo que al gobierno Santos lo único que le faltaba era asesinar a Álvaro Uribe. Como si fuera lo más normal del mundo. Sin sonrojarse. No era un show mediático, era la expresión viva del odio; recuerden la definición del diccionario: “(…) repulsión hacia una persona…”, el deseo sincero de destruir.

Y entonces me pregunto: ¿de cuándo acá los ciudadanos caímos en esto? ¿Con qué derecho nos han llevado a participar en peleas ajenas y odios enconados? ¿En qué momento nos dejamos arrastrar por la corriente de la animadversión hacia el otro? ¿Por qué, al llegar a casa, cargamos un lastre de odio hacia personas que ni siquiera hemos visto en nuestras vidas? Y nos acostamos odiando y nos levantamos odiando.

Quienes están curtidos en materia de odios o tienen un máster en odio avanzado dirán que se trata de debates normales, que la gente tiene derecho a decir lo que quiera, que todo esto hace parte de la libre expresión que consagran nuestras normas y cosas por el estilo. Claro, quien odia siempre tiene la razón, y su razón de ser es no aceptar otras razones.

Pero no se trata de eso. Qué mejor que debatir, discutir, opinar, vociferar si se quiere; manotear si se puede, defender ideas, vencer con argumentos. Todo ello es posible, sano y necesario, sin necesidad de odiar o de llevar a otros a hacerlo. Hoy me pregunto si entre las múltiples razones que puede haber para que los jóvenes se escuden en la droga o el alcohol y los niños en sus juegos electrónicos no estará la de encontrar allí refugio a tanta mala leche que perciben por doquier. Es solo una suposición.

Quizás esté equivocado, pero de una cosa sí estoy seguro: nada bueno le espera a un país que, a punto de dar un paso fundamental hacia la reconciliación, tiene a su pueblo invadido por el odio y el afán de hacer daño, nada bueno puede salir de allí. ¿Es eso lo que queremos?

ERNESTO CORTÉS FIERRO
Editor Jefe EL TIEMPO
[email protected]
En Twitter: @ernestocortes28

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