jueves noviembre 24 de 2022

El que lo entendió, lo entendió

Por Augusto León Restrepo

BOGOTA, 30 enero,2022_RAM_ Narra la pequeña historia de una pequeña nación, que en una época en que ya se habían borrado de la memoria un par de dictaduras y los gobernantes volvieron a elegirse por el sufragio universal, que apareció un caudillo que songo sorongo se aficionó a la política electoral en forma desaforada y descubrió algo parecido como a descubrir el agua tibia: que las elecciones se ganan con votos. El caudillo se dedicó a conseguirlos, y toda clase de gentes, al ver su tenacidad e insistencia y al escuchar sus arengas y discursos, se fueron tras él y rebozaron las urnas los días de elecciones, con su nombre y con los de sus conmilitones a quienes beneficiaba con una señita, de su mano generosa y protectora. Muchos de los que eligió bajo su paraguas se salieron de sus cabales éticos y fueron acusados de corrupción, de utilizar la cosa pública como botín, en especial miembros del gobierno y de la rama legislativa, y a algunos  los indiciaron y fueron por ellos para indagarlos y detenerlos.

Los maledicentes historiadores del pequeño país, cuentan que en alguna ocasión, el caudillo necesitaba que en el congreso del pequeño país se aprobaran algunos dictados que  consideraba como armas efectivas para refundar las decaídas instituciones y para lo cual necesitaba lograr unas mayorías absolutas, pero que le llegó por el correo de los hackers, digo, de las brujas, el run run de que los de la fiscalía iban a desmantelar su bancada, y que apuró a sus miembros con la frase de su propio caletre, digna de inmortalizarse en placas de mármol en las cámaras, asambleas y concejos: «hay que votar mijitos, antes de que los metan a la cárcel, porque es que esto es con voticos, mijitos». Perogrullo salió a la palestra y sus lecciones exitosas y bien aprendidas le permitieron al caudillo un rosario interminable de triunfos que, en los tiempos de ahora, según cuentan los pequeños historiadores de su pequeño país, trata de revivir a las volandas y volantiando.

Una historia similar, pero distinta, había escuchado este escribidor, en relación con un caudillo que hubo en Caldas, su departamento, en tiempos en que el escribidor, no había nacido. Sus enemigos acusaban al líder de que andaba en malas compañías, con gente de dudosa ortografía. Y ¿saben cómo les respondió el brillante dirigente, quien a pesar de las señalizaciones fue nulo para los resultados electorales, coleccionador insigne de derrotas? «La política hay que hacerla con lo que brota la tierra».

Quienes hacen o han hecho política en este país y han sido exitosos, o derrotados, saben de lo tenaz de su ejercicio, más en los últimos veinte o treinta años, con la desaparición de los partidos y la trascendencia de los medios digitales, las redes sociales, en la elaboración de la opinión pública. Tienen sus actores que reinventarse todos los días. Y exponerse al escrutinio público. Y cargar sobre sus espaldas el descrédito indiscriminado.

Porque, otra vez Perogrullo sale a la palestra. No todos los políticos son perversos, inmorales, «tragajamones», nepóticos, mercachifles. Los moralismos están de moda. Una cosa es que existan organizaciones y partidos que se hayan hecho los de la oreja mocha y con impudicia hayan cobijado y protegido a sus militantes bandidos, y otra cosa es que cada quien con sus adhesiones ideológicas o en su representación haya sido electo o nombrado para representarlos. Y su desempeño hubiera sido digno, y resultado indemne de la judicialización de la política o de las acusaciones ante las ías. Maniqueísmos y fariseísmos, no lucen en estas lides. Cada quien responde por su militancia, con su propia biografía. En política, como en lo penal y en la vida misma, las responsabilidades son personales. Y no contagiadas, heredadas ni transmisibles. Pardo es Pardo y Varón es Varón. La política se hace con los políticos. Con los políticos que honran esta vocación o profesión, o como quieran llamarla. Que los hay, los hay. Y hay que creer en ellos.

El que lo entendió lo entendió, para copiar a Suso, el peor actor de la moderna farsa, pero el más representativo de este pequeño país.

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