lunes noviembre 30 de 2020

En busca de un cronista anónimo

11 noviembre, 2013 Opinión Orlando Cadavid Correa

Contraplano

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Orlando Cadavid Correa

Llevamos tres lustros tratando de dar con el paradero del cronista anónimo que tuvo el privilegio de describir la llegada de los primeros radios a Manizales y ha sido imposible coronar este empeño. Acometimos la búsqueda de este precursor en 1998 cuando concluimos la lectura del libro «La radio del tercer milenio», publicado en la conmemoración del cincuentenario de la cadena Caracol.

Con la venia del redactor incógnito (doquiera se encuentre) nos permitimos rescatar este agradable relato que apareció, sin crédito, en la obra del caldense Gustavo Pérez Ángel y Nelson Castellanos:

«Durante los años anteriores a la guerra, todo el mundo hablaba de radios. Antes de alargarme el pantalón, por invitación de un compañero del colegio, conocí el primer radio. Sigilosamente fui llevado hasta el rincón de la sala de su casa en donde estaba entronizado el elegante mueble de madera oscura, con botones, tela, y un disco de cristal iluminado con extraños nombres. La verdad es que el respeto con que trataban el aparato no me permitió detallarlo, pero su sola presencia y su mágico sonido me deslumbraron. En la ciudad operaban dos emisoras: Radio Manizales y Emisora Electra, y se escuchaban estaciones de otras plazas de Colombia y el exterior.

Un vecino que tenía un taller de construcción y reparación de hornos eléctricos adquirió un receptor y con sus conocimientos de electricidad, sacó derivaciones del parlante para vendernos el servicio por una módica mensualidad. En nuestra casa instalaron un parlante con el cual podíamos deleitarnos con la música llegada del cielo, como algunas señoras le decían. Con frecuencia teníamos que pedirle al dueño que lo prendiera o lo apagara; que subiera o bajara el volumen; que cambiara de emisora o que lo sintonizara mejor.

Entusiasmado por el experimento, y con el deseo de quitarse los problemas que acarreaba la dependencia, mi abuelito decidió comprar un radio. Una mañana llegó sudoroso, acompañado de un terciador y de un técnico. En una mesa de la sala rodeada de sillas, se puso el reluciente Philco con ojo mágico, una luz verde redonda que se cerraba cuando la emisora estaba bien sintonizada. El técnico instaló la antena en la parte alta de la casa, tomó una derivación de la luz desde el cielo raso, único sitio en donde había corriente y pegó otro cable a un tubo del agua, labores que le tomaron el resto del día. Ansiosos esperamos a que el experto lo encendiera por primera vez y diera las instrucciones a los mayores para su operación. A los niños nos prohibieron arrimarnos mucho, no solo por el riesgo de un corrientazo sino para no dañarlo. Al encenderse, tomaba un tiempo antes de comenzar a emitir sonidos (A la espera de que calentara); al rato se escuchaba una voz en idioma extranjero. Las emisoras más lejanas casi siempre se acompañaban de un silbido agudo que cambiaba de tono.

Los primeros días me sentí orgulloso de poder contarle a todos los compañeros del colegio que ya habíamos comprado radio e invité a algunos asombrados amigos a conocerlo. Los que teníamos radio en la casa, que éramos unos pocos en la clase, nos sentíamos diferentes a los demás.

Al terminar de rezar el rosario de las seis de la tarde, como premio, nos dejaban sentar alrededor del aparato a oír radio. Ansiosos esperábamos los sábados a las siete de la noche para escuchar «La hora sabrosa», de La Voz de Pereira, el programa en el cual Raúl Echeverri, «Jorgito», nos deleitaba con sus chistes y canciones.

También había programas de complacencias, y como en la casa disponíamos de teléfono, llamábamos a la emisora para pedirle que tocaran «El pobre pollo», la canción bailable que estuvo de moda por varios años, hasta cuando las autoridades eclesiásticas prohibieron su transmisión. Su estribillo más recordado decía: «pobre pollo, enamorado, de la gallina, que puso un huevo en la cocina».

La apostilla: El historiador manizaleño Gustavo Pérez Ángel narra en su tratado sobre Los orígenes de la radiocomunicación que alguna vez le preguntó al maestro Germán Arciniegas, cuál era su primer recuerdo de la radio, y el notable escritor bogotano, que nació y murió con el siglo XX, respondió: «Mi primer recuerdo de la radio se remonta a mi juventud. Yo iba por la calle y de repente pasó un automóvil hablando».

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