martes diciembre 1 de 2020

Galán, una generación después

18 agosto, 2014 Opinión

Luis Carlos Galán  Sarmienyo

Veinticinco años es el tiempo que, según opinión generalmente aceptada, marca el cambio de una generación a otra.

Hoy hace 25 años en Soacha, Cundinamarca, sicarios asesinaron al entonces precandidato del liberalismo a la Presidencia de la República, Luis Carlos Galán Sarmiento.

La generación que estaba en plena formación durante la vida de Galán y su ejercicio proselitista aún recuerda el país que padecíamos entonces: su violencia, su dolor, su descomposición social, su derrumbe institucional, su corrupción moral en garras del narcotráfico.

Y resulta que contra todo ello se alzó la voz y la práctica política de Luis Carlos Galán. Con un discurso vigoroso, vertical, y con un comportamiento ético sin tacha, el líder santandereano logró abrirse paso entre unas colectividades políticas paquidérmicas, instaladas en la complacencia con el anómalo devenir nacional.

Y por eso su asesinato marcó a esa generación y a las siguientes. Si la criminalidad podía asesinar a Luis Carlos Galán, quizás el hombre más custodiado del país, con la facilidad con que lo hizo, podría disponer igualmente de la suerte de cualquiera.

Obviamente, asesinar a un candidato presidencial requiere amplias complicidades, sórdidas maniobras desde las llamadas alcantarillas del Estado.

Es útil a estos efectos de concisión histórica hacer mención a cuatro consecuencias del magnicidio:

Primera, la pérdida de un líder que ya en vida se había convertido en símbolo de una forma distinta de hacer política. Distinta por la claridad de su mensaje, por la conveniencia de sus propósitos, por la verticalidad de sus convicciones morales. Un país que no pueda contar con más líderes de tan sólido talante ético e intelectual es un país con un presente y un futuro oscuro.

Segunda, la descomposición institucional que se mostró crudamente ante los colombianos en ese aciago 1989. Un país con una terrible sensación de desgobierno, impotencia y fragilidad. En manos de carteles de narcotráfico y grupos de autodefensa. Con una justicia acorralada y jueces intimidados, inermes ante las balas de las mafias.

Tercera, la evidencia de que por importante que sea el líder abatido por los delincuentes, no hay autoridad con las herramientas, o peor, con la voluntad necesaria para evitar que la impunidad tienda su manto y prive a los colombianos de saber la verdad. Y de que los responsables paguen su crimen. El magnicidio de Galán ha sido objeto de vulgares manipulaciones, muchas provenientes de las propias autoridades, y sobre todo de una falta de diligencia judicial que paraliza cualquier asomo de justicia.

Y la cuarta consecuencia, la dolorosa realidad de unas nuevas generaciones que se han criado en un entorno donde conviven una mezcla de valores y antivalores, donde el respeto por la vida sigue siendo escaso, la vigencia de la legalidad es la excepción y la decencia política es marginal. Un entorno, en suma, donde se piensa aún que para salir adelante el atajo y el «todo vale» son las vías más indicadas.

De Galán puede rescatarse mucho. Aunque el llamado galanismo se dispersó acomodándose en sucesivos gobiernos, e incluso buena parte de su familia participa desde hace años en la vida política, hace mucha falta un liderazgo como el del dirigente que hace 25 años vio truncado a la fuerza su ejemplar periplo vital.

EL COLOMBIANO/EDITORIAL

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