martes abril 7 de 2020

A VUELAPLUMA

Augusto León Restrepo Ramírez

Por Augusto León Restrepo
Manizales, 31 de Mayo_ RAM_ Es tiempo de fútbol. Durante un mes vamos a estar con los ojos como unas redes, después de los banquetes diarios que nos ofrecerán la radio y la televisión La política pasará a segundo plano y en todo el mundo sus líderes y actores pasarán al closet, para después salir con mas bríos y entusiasmos. En Colombia, nos esperan unas elecciones cruciales, en las que el proceso de La Habana va ser sometido a un disimulado referendo. El santismo gana, y se fortalece. Pierde, y es  lógico que quienes  triunfen traten de influir en la fase final de los acuerdos, o se incorporen a la foto final que cierre el conflicto armado, ojalá, y nos dediquemos de lleno al posconflicto, muchísimo más difícil y lleno de expectativas que el mismo trámite pacificador.

Quienes somos del ejército de salvación de la vida de los colombianos, debemos predicar hasta el cansancio que la regla civilizadora por excelencia es la del no matarás. El sacrificio de una sola vida humana, por cualesquiera que fuese la razón es una afrenta contra la sociedad. Y si esa victimización se hace en aras de pasiones futboleras, si que se ratifica la irracionalidad de la conducta humana. Esta semana se recordaba el infierno en que se convirtió  el estadio de Heysel, en Bruselas, cuando se jugaba la final de la Copa de Europa entre el  Liverpool de Inglaterra y el Juventus de Italia, hace treinta años. Los hinchas de ambos equipos se enfrentaron y dejaron el trágico balance de 39 muertos y 600 heridos. Los responsables, desadaptados que hacían parte de los hooligans ingleses y los tifosi italianos, o sea las barras bravas de esa época, fueron enjuiciados. De los  26  llevados a los tribunales, 14 de ellos, cuatro años después, fueron condenados. Y a raiz de este acontecimiento, a los equipos ingleses se les prohibió su participación en encuentros con otros equipos europeos, durante cinco años. Y al Liverpool, durante diez. Los bárbaros hooligans fueron vigilados y treinta años después el fútbol inglés y sus hinchas son civilizados y da gusto ingresar a sus escenarios futbolísticos. Lo de Heysel, parece que estuviera exorcisado. A nombre de Inglaterra, la Reina Isabel pidió perdón a las familias de las víctimas y a los sobrevivientes y se les entregó a cada uno 5.000 libras como indemnización. Yo iba a los estadios a hacerle barra al Once Caldas. Pero cada vez que me invitan ahora, en Colombia, prefiero vivir. Las hordas fanáticas son groseras y agresivas. Me soporto sus himnos, sus consignas y hasta sus madrazos, que oigo y veo por televisión, pero no concibo que a la salida o en las tribunas se enfrenten a puñaladas y terminen los sábados y domingos con muertos a causa de la pasión desenfrenada por una camiseta.

Termina uno de los campeonatos colombianos de fútbol, cuyo sistema de competición nunca entenderé. Y pago escondederos a peso para no estar cerca de los estadios de Bogotá,Cali , Medellín o Ibagué. No hay derecho a que que para cada partido finalista se tengan que destinar mil quinientos o dos mil policías y  que se  preparen como que si fueran a un campo de batalla. El gobierno debiera aprovechar para lanzar intensas campañas educativas y recordarnos que el fútbol es un juego y que la vida  humana vale mas que una bandera o una camiseta. Se ha dicho que las guerras son lides entre los Estados y que el fútbol es un enfrentamiento de naciones. La Nación es lo que somos.  Tradiciones, cultura, religiones, sociedad y principios unidos, además de otros intangibles  agregados. Que lo Estados con la política programen sus desastres. Nosotros los nacionales, debemos hacer del fútbol un homenaje a la vida, a la alegría y a la fiesta. No mas muertos por el fútbol.

OTTO MORALES BENITEZ:  columnistas, políticos, académicos, han agotado los adjetivos justos y enaltecedores para referirse a Otto Morales Benítez, quien murió en la ciudad de Bogotá, hasta dejarnos en la práctica sin palabras para recordar al Gran Otto, en quien todo era grande: su físico, su inteligencia, su alma y su corazón. Pero  me quedo, como otros muchos, con el título que se ganó día a día. El de Gran Ciudadano. Porque amó hasta las entrañas a su pueblo, Riosucio. A su comarca, Caldas.  A su patria, Colombia. Y a su esposa, a sus hijos, a sus nietos y a sus hermanos, su familia. A todos ellos les dedicó  sus desvelos y sus inspiraciones.  Su palabra iluminada en conferencias, reportajes y en presencia viva era una catarata de conocimientos y sabiduría, que adornaba con su fino humor y su gran carcajada. Aplausos para el Gran Otto . El ramo blanco y los claveles rojos que adornaron su féretro quedaron como símbolos de esa paz esquiva que siempre anheló y de su Liberalismo social e igualitario que siempre predicó.

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