lunes noviembre 23 de 2020

Días de furia

esteban-jaramillo2Por Esteban Jaramillo Osorio.

América y Nacional debieron jugar en Miami y San Cristóbal “la libertadores” en 1991, acatando así la decisión disciplinaria de la Conmebol, que castigaba los desórdenes internos de nuestro fútbol. Era época de disparates con el pito, amenazas, atentados, bombas, terror, secuestro y, dos años antes, el asesinato de un buen árbitro, Álvaro Ortega Madero.

El episodio forma parte de la crónica negra de la copa, evento multitudinario y pasional, plagado de incidentes que, en este aspecto, la empequeñecen, por la inevitable presencia de voluntades destructivas.

El último capítulo fue el argentino de Boca y River, que dejó boquiabiertos y estupefactos a los aficionados que seguían el partido por televisión, los que por un rato perdieron el gusto por el juego. Hubo Intolerancia, insultos, desenfreno, gases destructivos, gritos desaforados y cantos provocadores, en un festival de desafueros, transmitido con amarillismo, en cínico atentado contra la objetividad y el juego limpio.

Llego, entonces, el recuerdo de la tragedia de Heysel, en Bélgica, en mayo del 85, donde murieron asfixiados contra las vallas de contención 39 hinchas, 32 de ellos de Juventus, en la final de la liga de Campeones, contra el Liverpool. El clima de violencia se apoderó del estadio, se exasperaron los aficionados, y el desenfreno fue asesino.

El entretejido de intolerancia en la Libertadores, toca, por ahora, tangencialmente a Colombia, donde las conductas de las barras argentinas son copiadas e imitadas con canciones, odios y desmanes, con todas sus características destructivas.

Lo visto la noche del jueves, por tv, debe aleccionar a las autoridades nuestras para evitar que ocurra lo mismo en nuestro medio, con las consecuencias lamentables que otros acontecimientos han dejado. Prevenir y no lamentar.

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