miércoles enero 20 de 2021

Omaira, un rostro para no olvidar

Omaira-Sanchez-

 Por Rubén Darío Mejía Sánchez

Dije en una oportunidad que la única fiesta grande que me iban a hacer para mis cumpleaños se había aguado, se había frustrado, había quedado en ceros, porque cuando estaba cumpliendo mis 37 años de edad me habían preparado una fiesta con bombos y platillos, con vestido para estrenar de pies a cabeza, una buena comida y compañía de buenos amigos, que querían estar ese día conmigo y hacerme olvidar lo que había sucedido en la toma del Palacio de Justicia, por lo menos en ese día, era el 13 de Noviembre de 1985.

Las cosas no son como uno quiere que sean, porque la vida le tiene a uno preparadas sorpresas, que en muchas oportunidades no son agradables y una era lo que sucedería en este día, me había acostado tarde la noche anterior  para levantarme tarde ese 13 de noviembre y fue quizá el día que más temprano me levanté porque cerca de las 7 de la mañana estábamos sobrevolando Armero o lo que quedaba de Armero, porque este bello municipio del departamento del Tolima había sido borrado del mapa después de la avalancha de las 11 de la noche, de la cual solo se conocieron noticias sobre las primeras horas de la mañana.

La radio había dado la alarma y el conductor me estaba esperando en la puerta de la casa porque un helicóptero de la Policía nos llevaría hacia el lugar de los hechos, nadie podía creer la magnitud de lo que había sucedido y a pesar de las alertas que se habían tenido y de las instrucciones que se le habían dado por parte de los cuerpos de socorro a la comunidad, esta no había puesto cuidado y ya estaban tan acostumbrados a escuchar lo que se decía sobre una erupción del volcán Nevado del Ruiz, que se quedaron tranquilos pensando que eso le pasaría a otros y no a ellos, pues no estaban tan cerca de la fiera dormida que podía despertar de un momento a otro.

Cuando sonaron las alarmas muchos estaban durmiendo, ya estaban cansados de haber ido al trabajo y otros consideraron que era quizá el desbordamiento de una quebrada sin importancia la que se estaba anunciando en ese momento y cuando vieron según declaraciones de algunos de los sobrevivientes es que el mundo se les vino encima.

Era el calor fuerte, el olor a muerte, el desespero y la incapacidad las que predominaban en aquel lugar cuando nosotros llegamos, los camarógrafos y fotógrafos trataban de tomar las mejores placas de los sucedido y los de la radio trataban de contarle al mundo que una población enclavada en la zona andina colombiana había desaparecido en su totalidad pues cerca del 90% de sus habitantes perecieron en aquella noche y mañana trágica.

Se veía como si estuviera todo alejado de la mano de Dios, como si fuera el castigo más grande o el fin del mundo y aquí sí se puede decir que para muchos Armeritas fue el final, perdieron a sus familiares, sus fincas, sus enseres y todo lo valioso que podían tener y que habían conseguido con esfuerzo y trabajo, pero como se ha  dicho parece que fue un descuido del gobierno central y departamental, que no tomaron medidas suficientes para evitar una catástrofe anunciada, es decir, que el mes de noviembre que ha sido catalogado como un mes de invierno, pero importante para la naturaleza se había convertido en un Noviembre negro.

Al escribir esta nota todavía siento frio y terror, porque creo que nada da más susto que ver la muerte dejando desgracia por doquier y allí la vida era muy poca y quienes trataron de correr hacia las partes más altas, que fueron pocos, pudieron salvar sus vidas y recordamos la imagen de una niña de unos once años que se convirtió en símbolo de la tragedia más horrible que haya sufrido Colombia por causa de la furia de la naturaleza.

OMAIRA había quedado sembrada en el lodo y solo la parte superior de su cuerpo estaba en la superficie y lo más curioso es que mientras que el lodo la aprisionaba y terminaba con la fuerza de las piernas y del resto de su cuerpo ella se iba desvaneciendo y abría sus grandes ojos para pedirnos a los que estábamos allí que no lloráramos, que fuéramos valientes y se puede decir que Omaira murió sin estar triste y lo mejor de todo, sin blasfemar ni lamentarse ante Dios por lo que estaba sucediendo, pues por lo contrario oraba y le pedía fuerzas y le daba gracias por la vida que le había dado. Cuando se fue Omaira, se fue la esperanza, se fue la vida y se fue parte de cada uno de nosotros que estábamos allí y nunca le vimos una lágrima, mientras que su rostro estaba cubierto de lodo, pero a pesar de ello no se veía feo, se veía bello y no faltaba sino una sonrisa, pero no era necesario porque su mirada y su tranquilidad lo daban todo. Recuerdo que en un momento lloré, pero no por Omaira sino dándole gracias a Dios por la vida y el bello regalo que me daba en ese momento como regalo de mi cumpleaños, un regalo donde la vida había desaparecido, donde la esperanza resurgía de una niña que perdía su vida como una flor acabando de nacer, el amor de las personas que buscaban a sus seres queridos y el desespero por haber perdido todo en unas pocas horas.

Pude comprender la importancia de la vida, de todo lo que nos rodeaba y pude darme cuenta que para predicar y hablar de Dios no se necesitan muchas palabras, sino comportamientos como el de Omaira cuya imagen recorrió en medio de la incertidumbre y la desolación las primeras páginas de los rotativos del mundo.

Más de 30.000 personas habían perdido la vida, millones de pesos habían quedado enterrados en el lodo, pero para los sobrevivientes y quienes estábamos allí la vida continuaba y deberíamos de aprender de esa gran enseñanza y la importancia de la labor que debemos de cumplir en el paso por esta vida terrenal.

Descifrar los rostros que tuvimos de frente es muy difícil, nos abrazamos con todos y en un momento olvidamos los olores que se levantaron posteriormente, porque queríamos contar lo que estaba sucediendo y no creer lo que estábamos viendo, Armero se había convertido en un gran muladar lleno de pantano que se había llevado la vida de personas y animales y sus pertenencias, se había ido la vida y era muy difícil para quienes salvaron su existencia, por lo menos, recuperarse de este duro golpe.

La naturaleza no respetó a los niños, a los jóvenes y mucho menos a los mayores y sucedió lo que tenía que suceder, ya sea por negligencia del Estado a tomar medidas ante estas situaciones o simplemente porque estaba escrito que Armero terminaría y que quienes quedaron vivos vivieran el duro calvario de la supervivencia que los ha dejado marcados hasta ahora, cuando se cumplen treinta años de ese desastre.

Muchas cuartillas se escribieron, muchas historias se contaron, no se recuperó nada y la vida se fue en un soplo y ahora simplemente queda una cruz en medio de lo que fue el municipio y se ven destrozos como si fuera tumbas desocupadas, pues el campo santo también fue arrasado y hasta allí muchos armeritas van cada año para elevar una plegaria de gracias por haber salvado sus vidas o de protesta por haber perdido sus familias y sus cosas materiales.

Como todo, nunca se sabrá la verdad de porque no se evitó esta tragedia en Armero y lo único que si puede decir la historia es que 1985 no fue un buen año para los colombianos, principalmente el mes de noviembre en el que en menos de una semana se presentaron dos desastres, uno natural y otro humano, como fueron la toma del Palacio de Justicia por el M-19 y la avalancha que borro del mapa al municipio de Armero.

A pesar de que he cubierto tanta clase de noticias, hay unas que me han dejado más marcado que otras y una de esas fue la avalancha de Armero, pero me quedó en mi retina y en mi corazón el rostro de Omaira y sus palabras débiles, que hoy sé nos mira desde el cielo y nos echa una mano para que podamos alcanzar la paz que tanto deseamos.

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