jueves noviembre 26 de 2020

Breve historia crítica de “Desarrollo Indoamericano”

Jorge Emilio Sierra Montoya

 Por: Jorge Emilio Sierra Montoya (*)

Un modelo de desarrollo propio

  En junio de 1965, José Consuegra Higgins era profesor de Economía en la Universidad de Cartagena, pero ya poseía un enorme prestigio intelectual no sólo en el país sino en el exterior, especialmente en América Latina, tanto como para ser invitado, en representación de Colombia, a un importante encuentro académico en Ciudad de México.

En aquel encuentro, conocido desde entonces como “La Reunión de México”, participó un centenar de economistas y pensadores sociales de diferentes países latinoamericanos, quienes plantearon allí la necesidad de que nuestra región tuviera un modelo de desarrollo propio.

De hecho, en esa época estaba en boga la llamada Teoría del Desarrollo, cuyo significado es fácil explicar: nuestros países eran identificados como países “en desarrollo” o “subdesarrollados”, los cuales no habían logrado dar el salto al desarrollo que en cambio sí dieron países “desarrollados” como Estados Unidos, de Europa, etc.

Pues bien, desde los años 50, tras la Segunda Guerra Mundial, se había visto la necesidad de adoptar modelos de desarrollo, identificando los factores claves para dar el anhelado salto al desarrollo, obviamente con base en la experiencia vivida por los países desarrollados. Así surgió la Teoría del Desarrollo, formulando modelos que proponían el medio adecuado para alcanzar el desarrollo. En Colombia, por ejemplo, se presentaron los primeros planes nacionales de desarrollo (como el del profesor Lauchlin Currie), basados por lo general en los lineamientos de organismos internacionales que se encargaban de promoverlos en América Latina y el resto del Tercer Mundo.

Medio siglo en busca del modelo propio

Portada Revista Desarrollo Indoamericano- No. 128

En tales circunstancias, los mencionados economistas y pensadores sociales latinoamericanos reunidos en México pusieron en tela de juicio los modelos extranjeros, elaborados en países con unas condiciones sociales muy diferentes a las nuestras y que por ello no se podían adaptar a las condiciones locales. Se requiere por el contrario -dijeron- partir de nuestra realidad social para hacer un verdadero modelo de desarrollo, no importado sino propio, entre otras razones porque el modelo foráneo lo que buscaba ante todo (según una interpretación ya no sólo económica sino política) era generar mayor dependencia de nuestros países.

Sí, en su opinión la dependencia es una de las causas principales, estructurales, de nuestro atraso, pobreza o subdesarrollo, por lo que nunca podremos dar el salto al desarrollo mientras no rompamos con ella, la misma que hemos padecido a lo largo de nuestra historia, primero de España, luego de Inglaterra y en los últimos tiempos de Estados Unidos. De ahí que esta Teoría Propia del Desarrollo sea conocida también como Teoría de la Dependencia y el Subdesarrollo Estructural.

El boom de la Teoría Propia

¿Qué vino después? Para resumir, la Teoría Propia del Desarrollo o de la Dependencia y el Subdesarrollo Estructural tuvo mucho auge en sus comienzos, algo estimulado incluso por la Revolución Cubana y por la Guerra Fría que se desató después de la Segunda Guerra Mundial  al enfrentarse las dos grandes potencias: Estados Unidos y la Unión Soviética con sus modelos económicos (capitalismo/comunismo) y sus correspondientes modelos políticos (democracia liberal/ democracia popular) totalmente opuestos.

En el caso de América Latina, hubo un movimiento intelectual muy fuerte (al que podemos vincular el llamado “boom” de la literatura latinoamericana: García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar, etc.), alineado en su mayoría, desde una posición política “de izquierda”, contra el capitalismo en cabeza de Estados Unidos, a lo que igualmente se hizo eco en “Desarrollo Indoamericano”, más aún cuando la revista fue desde un principio el vocero de la Teoría Propia del Desarrollo, según se decidió en la Reunión de México.

En consecuencia, “Desarrollo Indoamericano” fue la tribuna por donde se divulgó un pensamiento ideológico de vanguardia, progresista, con autores como Raúl Prebisch, máximo exponente del modelo cepalino, quien proponía a su vez el modelo propio que rompiera con la dependencia, con la estructura centro/periferia que imperaba a nivel mundial, y lograr así mejores términos de intercambio entre los países, buscando el desarrollo de la periferia, o sea, de los países pobres.

O Fernando Henrique Cardozo, que luego fue presidente de Brasil y ahora es representante de la Tercera Vía (grupo al que por cierto está vinculado el presidente Juan Manuel Santos, junto a personalidades como Tony Blair o Bill Clinton), y en general un grupo de destacados pensadores sociales, acaso los de mayor relevancia de América Latina en ese momento, entre quienes cabe citar a Celso Furtado, Josué de Castro, Jesús Silva Herzog, Domingo Maza Zavala y José Consuegra Higgins, entre muchos otros.

Pues bien, el auge de la Teoría Propia se prolongó hasta fines de los años ochenta, cuando llegó el Neoliberalismo y su modelo de apertura económica, de liberalización del comercio (volviendo a los principios de la economía clásica, de Smith y Ricardo), que daba al traste con el modelo tradicional, proteccionista e intervencionista de dichos autores, mientras propugnaba por la reducción del tamaño del Estado y programas específicos como la privatización de empresas estatales.

Apertura y globalización

Consuegra Higgins pudo presenciar, hasta su muerte a fines de 2013, este fenómeno de liberalización de la economía en contra de sus principios, siendo obviamente un crítico implacable del modelo de apertura, del neoliberalismo y la globalización, igual que lo fueron en Colombia los exponentes de la línea cepalina, como el ex ministro Otto Morales Benítez que seguía, a su vez, los lineamientos trazados por el ex presidente Carlos Lleras Restrepo.

Sin embargo, la vieja tendencia latinoamericana del liberalismo de izquierda, socialista o socialdemócrata, ha continuado de todos modos, aún en su forma radical como la del Socialismo Siglo XXI promovido desde Venezuela por el presidente Hugo Chávez (hasta hoy, con su inmediato sucesor, Nicolás Maduro) y extendido a otros países latinoamericanos, como Nicaragua, Ecuador y Bolivia, o acaso menos radical, como Argentina, en la era de los Kirchner, o Brasil, desde Lula da Silva.

En realidad, el modelo de desarrollo universal, impulsado por organismos internacionales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional y que se presume está basado en principios científicos, en la Economía como ciencia (a diferencia del otro modelo que se considera de estricto carácter ideológico, político), es ahora bastante cuestionado y a él se atribuyen, en gran medida, las continuas crisis económicas, políticas y sociales que el mundo ha venido enfrentando en el marco de la globalización.

Y es que el neoliberalismo, a pesar de sus positivos resultados en términos de mayor crecimiento económico, empieza a ser objeto de fuertes críticas por parte de diversos sectores que reclaman ajustes, haciendo énfasis sobre todo en los aspectos sociales y, de manera particular, en la lucha contra la pobreza y la desigualdad, dados los altos niveles de concentración de la riqueza presentados en los últimos años.

Baste un ejemplo: Thomas Piketty, el ya célebre autor de “El Capital en el siglo XXI”, afirma que el capitalismo, siguiendo la tendencia observada por Marx, ha llevado a una gran concentración de la riqueza y, por ende, a elevados niveles de desigualdad según lo demuestran sus investigaciones en distintos países a través de largas series de tiempo, pero se requiere enfrentar esta situación a través de medidas como las de carácter tributario.

De ahí que ahora se plantee la necesidad de un capitalismo social, entendido como la continuación del capitalismo por haberse demostrado su capacidad de generar riqueza o crecimiento económico, pero buscando la debida distribución de la riqueza que permita superar fenómenos como la desigualdad, donde las inmensas mayorías populares todavía padecen situaciones de pobreza. Ésta ha sido una bandera permanente de “Desarrollo Indoamericano” desde su nacimiento el 27 de enero de 1966, hace exactamente cincuenta años, cuando salió su primera edición.

(*) Director Revista “Desarrollo Indoamericano”, Universidad Simón Bolívar –

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