miércoles junio 16 de 2021

Conflicto armado en Colombia deja cerca de 8 millones de víctimas

09 abril, 2016 Generales, Judiciales

Violencia en Colombia

No se sabe con exactitud cuántos muertos dejó “El Bogotazo” el 9 de abril de 1948, tras el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán. Sólo se habla de “decenas de miles de víctimas” en los relatos de la época. Tampoco hay una relación exacta de las muertes causadas por la época que antecedió a esa fecha, esto es llamada violencia política, la confrontación entre liberales y conservadores.

El hecho es que cada 9 de abril, a la par con la revuelta que dejó en ruinas el centro de la capital colombiana, se conmemorara el día de la solidaridad con las víctimas de la guerra en Colombia. Y se hace referencia al conflicto armado que data de esa época y sobre el mismo, se afirma que deja 7.9 millones de víctimas, 6.7 millones de desplazados, 220 mil muertos, 45 mil victimas de desaparición forzosa, 30 mil secuestrados y 2 mil masacres.

Solo entre 1958 y 2012 fueron asesinadas 220.000 personas, 25.000 desaparecidas y 4.744.046 desplazadas.

Por supuesto, este balance es parcial debido a que el marco legal solo reconoce a las víctimas a partir del 1º de enero de 1985, lo que excluye a 11.238 víctimas documentadas en la base de datos del Centro de Memoria Histórica, el cual resalta que en el Registro Único de Víctimas no están incluidos los combatientes muertos en las acciones bélicas. De acuerdo con la investigación del gmh, entre 1958 y 2012, murieron 40.787 combatientes.

El “bogotazo” marcó prácticamente el fin de la primera etapa de la violencia partidista, pues, según el Centro de Memoria, posteriormente esta registró una tendencia decreciente entre 1958 y 1964 y se produjo una transición de la violencia bipartidista a la “subversiva”, cuando hizo irrupción la guerrilla.

Posteriormente, entre 1982 y 1995, continuó una tendencia creciente marcada por la expansión de las guerrillas, la irrupción de los grupos paramilitares, la propagación del narcotráfico, las reformas democráticas y la crisis del Estado. Seguidamente se dio una tendencia explosiva entre 1996 y 2002, en la que el conflicto armado alcanzó su nivel más crítico como consecuencia del fortalecimiento militar de las

guerrillas, la expansión nacional de los grupos paramilitares, la crisis del Estado, la crisis económica, la reconfiguración del narcotráfico y su reacomodamiento dentro de las coordenadas del conflicto armado.

Esta tendencia fue sucedida por una etapa decreciente que va desde el año 2003 hasta hoy, y ha estado marcada por la recuperación de la iniciativa militar del Estado, el repliegue de la guerrilla y la desmovilización parcial de los grupos paramilitares.

Por otra parte, la violencia del conflicto armado tiene una dimensión no letal que acarrea consecuencias igualmente graves. Al 31 de marzo

del 2013, el ruv reportó 25.007 desaparecidos, 1.754 víctimas de violencia sexual, 6.421 niños, niñas y adolescentes reclutados por grupos

armados, y 4.744.046 personas desplazadas. El trabajo de Cifras & Conceptos para el gmh reporta 27.023 secuestros asociados con el conflicto

armado entre 1970 y 2010, mientras que el Programa Presidencial de Atención Integral contra Minas Antipersonal (paicma) reporta 10.189

víctimas de minas antipersonal entre 1982 y 2012.

Del presente, la Fiscalía General de la Nación reveló en las últimas horas que investiga más de 59 mil crímenes y otros delitos cometidos contra víctimas del conflicto.

Se trata de casos recepcionados en el periodo de 2014 y 2015 por la Dirección Nacional de Justicia Transicional.

De acuerdo con el informe de la Fiscalía General, divulgado por RCN Radio las zonas del país donde se tiene un mayor registro de delitos cometidos contra victimas son en su orden Bogotá con 7.117 hechos , Atlántico con 6.976, Santander con 5.373, Cesar con 4.617 y Córdoba con 3.159.

De igual forma, destaca el informe que dentro de los delitos más denunciados por las víctimas entre enero y agosto de 2015 son las amenazas, desplazamiento forzada, desaparición forzada, secuestro, reclutamiento ilícito, actos de terrorismo, usurpación de tierras, tortura, homicidio en persona protegida y lesiones en persona protegida.

El Centro de Memoria Historia concluye su informe haciendo las siguientes precisiones:

Colombia ha vivido más de medio siglo de violencia continua, aunque con intensidad variable. Esa longevidad del conflicto da cuenta de la transformación de los actores involucrados, de las estrategias y de las formas de conducir la guerra, factores que, combinados, inciden de modo directo en los grados y modalidades de victimización.

La guerra colombiana no es una guerra de combatientes. En sus modalidades y dinámicas ha venido generando lo que podríamos llamar un proceso de externalización de sus impactos, en el sentido en que afecta crecientemente a la población civil. Tampoco es una guerra limpia o, al menos, regulada. La prolongación y degradación de la violencia empleada por los actores armados rompen los límites éticos y normativos de la guerra, y ponen al descubierto uno de los rasgos característicos del conflicto colombiano: la tendencia a la indiscriminación de sus métodos y de sus blancos. Al respecto, piénsese en el uso de minas antipersonal y en las secuelas de los atentados terroristas.

Así mismo, la violencia en nuestro país ha involucrado a sectores de la población que en el imaginario de la guerra estaban tradicionalmente

por fuera de la contienda armada, como los niños y niñas, las mujeres y los adultos mayores, a quienes hoy se les recluta, viola o secuestra.

Otro factor en juego es el envilecimiento de la guerra, asociado a la construcción de reputaciones guerreras en medio de un prolongado conflicto.

La exhibición de una mayor dosis de terror y de una mayor brutalidad es una conducta estratégicamente dirigida a neutralizar apoyos de los adversarios, a paralizar la movilización social, a silenciar a los testigos.

Más aún, las acciones de violencia de tipo colectivo, como las masacres, al igual que prácticas de crueldad como la sevicia y la desaparición

forzada, apuntan calculadamente a la prolongación del sufrimiento no solo individual, sino también comunitario.

Es esta la guerra que muchos colombianos no han visto pero que se vive cotidianamente en la marginalidad de las zonas rurales,en medio de un país en proceso de acelerada urbanización que no pudo ver o que quizás optó por ver solo lo que le era próximo y más llamativo. En este sentido, la nuestra es una violencia con mucho impacto en lo local y lo regional, pero con muy poca resonancia en lo nacional. A eso quizás se deban la sensación generalizada de habituación al conflicto y la limitada movilización ciudadana por el fin de la guerra.

Estos múltiples rostros de la violencia ponen a relucir los enormes desafíos que enfrentan las iniciativas de memoria de las víctimas y la acción

sostenida de las organizaciones de derechos humanos. Para entender mejor este entramado de formas de violencia y las abrumadoras magnitudes que ha alcanzado, es preciso rastrear sus orígenes, sus contextos y sus transformaciones.

De acuerdo con los registros que hacen los historiadores, “El Bogotazo” fue un acontecimiento que partió en dos la historia del siglo XX en Colombia e incrementó en forma dantesca la violencia que ya se venía gestando en diversas regiones del país.

Era la 1 pm del 9 de abril de 1948, Jorge Eliecer Gaitán salía de su despacho, ubicado en la carrera séptima con Avenida Jiménez, junto con Plinio Mendoza Neira, Pedro Eliseo Cruz, Alejandro Vallejo y Jorge Padilla, sus co-equiperos y compañeros.

Era la hora del almuerzo, y Mendoza no duda en apurar al caudillo liberal, cuando el ascensor terminó su descenso del edificio. Al llegar a la puerta, y a la sobra de todos, estaba un joven llamado Juan Roa Sierra, de 26 años de edad.

A sangre fría, disparó en tres ocasiones sobre Gaitán., que minutos más tarde, perdería la vida en la clínica Central, justo cuando Cruz se disponía a donarle sangre. Una multitud compuesta por transeúntes, loteros, lustrabostas, ‘chismerío’ y demás… comenzó a gritar “Mataron al doctor Gaitán, cojan al asesino”. Roa emprendió la huida por la calle séptima hacia el norte, donde aproximadamente a 700 metros del lugar del asesinato, entró a una droguería, en compañía de un Policía que comenzó a interrogarlo e intentó protegerlo.

9 de abril 48- 4

La enfurecida turba que lo persiguió hasta este lugar, tumbo la ‘berja’ de la droguería, ingresó al lugar, y literalmente ‘molió a golpes’ a Roa, que producto del linchamiento perdió la vida. Su cuerpo sin vida, fue arrastrado por toda la calle séptima hacia el sur hasta llegar a la esquina nororiental de la Plaza de Nariño, donde fue dejado al escarnio y a la luz pública.

Saqueos que iniciaron en el centro de Bogotá y se esparcieron a otras ciudades de la capital de la República y del país fueron las características de una revuelta que, entre otras cosas, pedía la renuncia del entonces presidente, el conservador Mariano Ospina Pérez.

El saldo final: 142 estructuras incendiadas y afectadas, y una cifra aún sin esclarecer de entre 500 y 3000 muertos. El magnicidio de Gaitán, aún en nuestros días, es toda una incógnita. Sospechas que fueron miembros del partido conservador quienes indujeron al ‘chismerío’ a señalar a Roa como el asesino siguen vigentes. Sin embargo, en 1978 la justicia colombiana determinó que el joven, que dentro de la droguería decía “ay dios mío… ay virgen santísima”, estaba esquizofrénico y actuó solo en este hecho.

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