domingo octubre 20 de 2019

A Pékerman se le perdió la medallita

esteban-jaramillo

 Por Esteban Jaramillo Osorio

No hay sosiego. Solo cenizas quedan de aquella prosperidad. Pékerman rentabiliza con su sueldo millonario, inversamente proporcional al tamaño y calidad de su trabajo, los momentos mágicos del pasado en la selección nacional. Duerme la siesta tranquilo, porque no hay autocrítica. Fallan sus jugadores, dice, pero no se equivoca él. Hay un desbarajuste, al punto de que la estrella, James Rodríguez, pelea con los árbitros, con los rivales, con él mismo, se aleja de su socio Falcao, no es guía en el juego colectivo que fue hasta hace poco señal clara de identidad.

Pékerman, mira para otro lado, camina por el mundo distanciado de sus obligaciones, inconsciente del momento que Colombia vive fuera de carrera hacia el mundial,  con tolerancia  de los dirigentes que  poco miden el significado de ganar o perder.

No entiende que en el fútbol las soluciones no pasan solo por improvisar sin prever consecuencias. Que agregar tocadores en el juego medio, sin profundidad, haciendo predilectas víctimas de su confusión a los delanteros, no abona el camino para la victoria. Que los experimentos se hacen en partidos amistosos, los que él descarta o programa frente a rivales sin calidad.

No figura en su libreto la solución al enigma del último cuarto de la cancha, cuando de atacar se trata, y fracasa si las individualidades salvadoras no prevalecen.

Colombia vive, de la mano del técnico argentino, una preocupante involución en el juego. Ya no se compite en lo físico, en lo técnico o en lo táctico. Gobiernan los miedos que atenazan porque el entrenador no entiende que “la mejor defensa es un buen ataque”.

Desaparecieron las electrizantes combinaciones, las incontrolables cabalgatas de la defensa hacia el ataque, las pausas con criterio, los goles con lujo, el aprovechamiento del balón y los espacios. Este es  otro equipo con el mismo constructor, que va en contravía del prestigio conseguido.

Algo tiene que cambiar. A  Pékerman, además, parece se le perdió la medallita que obsesivo aprisiona con su mano, como talismán.

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