sábado septiembre 25 de 2021

La papa caliente

 Por Esteban Jaramillo Osorio

Otra vez lo mismo. Los técnicos sin autocrítica, conformistas, sin  ambiciones, empeñados en defender sin proponer. Por eso exitosos pero por poco tiempo.  Tantos falsos positivos: ven destacadas actuaciones donde no hay juego.

Como en cada torneo en Colombia, en la picota pública. Van cayendo como fruta madura, indefensos frente a los resultados, víctimas del apriete de los aficionados que energúmenos piden su cabeza, o de los periodistas que los despellejan desde los medios con un juicio de valores, en ocasiones encarnizado o subjetivo.

Aparecen, entonces, las justificaciones. Que el terreno de juego, que los árbitros, que los refuerzos, que los rivales, que las mañas, que la perdida de tiempo, que la inadaptación. “Por eso perdimos”, dicen, lo que alimenta la incomodidad general, con  frases  agraviantes en redes y en tribunas.

Sufren todos, algunos sometidos a los apretones económicos de sus clubes, con nóminas modestas. Otros, los grandes que sacudieron el mercado, por la impaciencia de los aficionados. Desde Maturana que se bate como  viejo guerrero, hasta Lillo cuestionado por el enredo de sus palabras, a pesar de la aprobación de los jugadores a su trabajo y la confianza extrema de sus jefes; pasando por Gregorio Pérez, un abuelo con paso silencioso y efectivo, poco vistoso pero ganador, tan diferente a Costas, su antecesor, amigo de la noche, de requiebros en la raya y exposiciones de  farándula. Pérez sabe en su larga carrera que es ser despedido.

El fútbol, todo un drama. Con la idea de juego definida, pocos equipos transitan el torneo. Porque los maestros fallan, las ideas no fluyen y el  juego se confunde. Junior, Santa fe, Alianza Petrolera y Nacional saben que buscan, como  juegan y que argumentos sostienen sus proyectos. Los demás se debaten en la inestabilidad y en la mediocridad. Entre ellos Millonarios, cuyo técnico se empecina en ver un partido distinto al de su equipo en la cancha, como si los hinchas fueran ciegos; y Hernán Torres con su América, tosco en los duelos, rústico con la pelota, nervioso, desconectado, en un ir y venir insulso, carente de criterio y profundidad, reducidos, en ocasiones, a la nada.

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