viernes abril 19 de 2019

Antioqueños: ni demonios, ni santos

Por: Juan Manuel Ospina

Hablo de mi gente, los antioqueños, y lo hago teniendo presente la implosión del tristemente célebre edificio Mónaco, el símbolo arquitectónico de Pablo Escobar, uno de los más conocidos “hijos de la montaña”, a quien le gustaba que sus cercanos lo llamaran Carlos J. Echavarría, figura emblemática de los empresarios de la edad de oro de la industria antioqueña, cuando a los niños al nacer les compraban “unas accioncitas” en alguna de las empresas de la época, muy frecuentemente de una textilera.

Lo anterior ayuda a entender el ser, el alma antioqueña, sin lo cual no es posible a su vez entender a Pablo Escobar, lo que representó y aún representa. Parto de aceptar que fue un producto monstruoso de la cultura, del modo de ser y de entender la vida de los antioqueños que además parió a Rafael Uribe Uribe, a Belisario Betancur y a Álvaro Uribe; es la savia nutricia de Fernando Botero y Pedro Nel Gómez; de Barba Jacob y don Tomás Carrasquilla; de notables hombres de empresa y de ciencia; pero también de jefes paramilitares como los hermanos Castaño y el Alemán, y de comandantes guerrilleros, hijos de esa misma cultura, como el quindiano Manuel Marulanda, el sevillano Timochenko o el eleno Francisco Galán.

Evocando estos nombres viene a mi memoria algo que, con su agudeza característica, dijo hace años Alfonso López Michelsen: que no era gratuito que el contrabando y el narcotráfico hubieran encontrado en Antioquia condiciones propicias para su establecimiento y florecimiento; no se refería propiamente a facilidades por su localización y conformación geográfica, sino a sus gentes con su modo de entender y enfrentar la vida. López diagnosticó bien el problema. Ese es el aspecto fundamental del cuento que, más que tumbar un edificio simbólico, hacer un parque y contarles a quienes no vivieron esos años lo que significaron en muerte y dolor, en destrucción de valores, del respeto a la vida y a la decencia, requiere que se entienda que fue un tsunami ético y social que no ahorró clase ni actividad o institución de la sociedad: el rico aprovechándose de unos dineros criminales, de una liquidez blanca de coca y roja de sangre; la Iglesia dándole su bendición al Pablo Escobar del Medellín sin tugurios, cada vez más involucrada en el gran negocio y alejada de su razón de ser revolucionaria; para los jóvenes significó y aún significa la aventura, el riesgo, el desafío a lo constituido, a la vez que es prácticamente la única fuente de empleo disponible.

Razón tiene el alcalde Gutiérrez cuando en su discurso el día de la demolición del Mónaco resaltó el papel fundamental de la cultura como el medio para darles a los jóvenes nuevos horizontes de vida, modos diferentes para sentirla, gozarla y expresarse. Sin embargo, aunque la acción cultural es un elemento necesario para transformar la realidad humana de la ciudad, el aire que en ella se respira, no basta para dejar atrás esos años y esa atmósfera de barbarie. El cambio fundamental lo dará la revolución de los valores que rigen la vida y los sueños de Antioquia, para la cual son definitivos el compromiso y la acción de la dirigencia regional en sus diferentes expresiones, especialmente la empresarial hoy sumida en el afán de la competencia económica ilimitada, de la maximización sin fin de los beneficios y del afán de cubrir cada vez más mercado, olvidando su origen y los compromisos que tiene con su gente, más allá de sus accionistas y de la tecnocracia que la administra, con lo cual dejaron de mirar hacia su entorno, del cual son producto y al cual finalmente se deben. Y es la dirigencia espiritual, que ya no es solo una Iglesia católica con una jerarquía desconectada de su pueblo y que podría aprender de mucho curita entregado a su causa y a su gente; es la hora de reconocer el peso inmenso de las otras iglesias en la formación y orientación de los valores y aspiraciones de muchos antioqueños. Y es la academia, ensimismada en sus sueños de una revolución que no vendrá o capturada por el frenesí de la época, de la carrera loca en pos del beneficio económico inmediato que empobrece al límite el mensaje, que le transmite a sus estudiantes.

El asunto es de liderazgo, de dar ejemplo y de tomar decisiones que superen el egoísmo que se apoderó de una dirigencia que ya no dirige, ensimismada en su propia satisfacción, mientras que la sociedad reclama un renacer de su espíritu. La implosión del edificio Mónaco debe ser el pistoletazo de la largada de la ardua e inaplazable tarea de transformación del espíritu y del sentido de la vida nacida de la dura experiencia de Antioquia y su capital.

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