martes noviembre 12 de 2019

‘Somos personas, no números’: Venezuela cambia el mapa de las migraciones

Un grupo de migrantes venezolanos esperaba en un punto de control migratorio en la frontera entre Ecuador y Perú, el 14 de junio de 2019. Martín MejíaAssociated Press

El éxodo masivo de venezolanos, solo superado en cantidad por los sirios que huyen de la guerra, revela que la forma de pensar en los refugiados creada tras la Segunda Guerra Mundial ya no alcanza para pensar los movimientos forzados de población en la actualidad.

Por Agus Morales

The New York Times

Barcelona, 20 de junio_ RAM_ Si existiera el país de los refugiados, ya sumaría más habitantes que la población combinada de Colombia y Chile. Un total de 70,8 millones de personas están desplazadas debido a situaciones de violencia y persecución en todo el mundo.

Lo dice el informe anual que acaba de difundir la agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur). Es la cifra más alta desde que nació este organismo tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Una cifra que no ha dejado de crecer desde 2011 y dibuja un mundo de guerras irresueltas que esconde un crudo panorama: el de millones de personas acogidas en países pobres ante la falta de solidaridad de los países ricos.

Pero es una cifra que no incluye a uno de los éxodos que ha transformado el mapa de las migraciones: el venezolano. Para finales de 2018, 3,4 millones de venezolanos habían salido del país (los últimos datos dicen que ahora son más de 4 millones). Solo el éxodo sirio, que surge de un escenario bélico, es mayor: 6,7 millones de personas.

“Estamos en un limbo terrible, porque no me dan la residencia en España”, dice Nelson Álvarez, un venezolano de 66 años que llegó a Las Palmas de Gran Canaria hace un año y ocho meses. “La burocracia es muy grande y somos personas, no números”.

Personas migrantes hacían fila para recibir comida y ropa en un campamento de Bosnia y Herzegovina, el 19 de junio de 2019. Credit Antonio Bronic-Reuters

Su hijo sufre epilepsia convulsiva y necesita medicamentos, así que Álvarez y su mujer, Carmen María González, decidieron abandonar una Venezuela con un sistema de salud colapsado. Su esposa —cuyos padres habían emigrado de Las Palmas a Venezuela en 1953— y su hijo tienen la nacionalidad española, así que él solicitó la tarjeta de residencia de familiar de comunitario europeo, pero le fue denegada. Hoy sigue sin poder trabajar y está a la espera de un último recurso por razones excepcionales. No se planteó pedir protección internacional, porque esta vía le parecía la más lógica.

“Vinimos legales a España. Yo no quiero vivir del Estado español”, dice Álvarez. “Para mí el trabajo es salud”.

Álvarez no computa en el recuento oficial de Acnur porque no está bajo su paraguas: muchos venezolanos como él no han pedido el asilo y han intentado obtener permisos de residencia para permanecer en otros países. La singularidad del caso venezolano es tal que el epígrafe “venezolanos desplazados en el extranjero” aparece en el glosario del informe de Acnur junto a las categorías generales de “refugiados” o “desplazados internos”.

Todo indica que la lectura del planeta en clave migratoria debe revisarse. El triángulo que dibujan Asia Central (refugiados afganos), Oriente Medio (refugiados sirios) y África subsahariana (refugiados sursudaneses y de otros países) exige que también se hable del continente americano: de las 7,8 millones de personas aún desplazadas dentro de Colombia, de los miles de centroamericanos que huyen hacia Estados Unidos y cuyas solicitudes de asilo solo son la punta del iceberg. Y, por supuesto, de Venezuela, el movimiento de población más importante de la región en los últimos años.

Al cierre de 2018 había 1,3 millones de venezolanos en Colombia, más de 700.000 en Perú, casi 300.000 en Chile y 263.000 en Ecuador. Pese a todas las diferencias que los separan, quienes huyen de Venezuela y quienes lo hacen de Honduras o El Salvador tienen algo en común: sus casos no se están interpretando en el marco del sistema internacional de asilo. En España, por ejemplo, sus solicitudes de protección internacional generalmente son rechazadas.

Son 460.000 los venezolanos que han pedido el asilo en todo el mundo (350.000 de ellos lo hicieron recién el año pasado). Fue la comunidad que más solicitó protección internacional, por delante de Afganistán, Siria e Irak. Hasta el momento, solo 21.000 han sido reconocidas como personas refugiadas. En un escenario con la carga política de Venezuela, se ha hecho evidente la falta de imaginación para proteger a esta población, con esta u otras figuras legales.

La agencia de la ONU dice que “varios factores interconectados están provocando las salidas de Venezuela”, pero admite que “dado el deterioro de las condiciones políticas y socioeconómicas y de derechos humanos”, los criterios de protección internacional son aplicables “a la mayoría” de los venezolanos. Para Acnur, este movimiento de población ha tomado cada vez más las características de una situación clásica de éxodo de personas refugiadas.

El continente americano es quizá el máximo exponente de una realidad cada vez más abrumadora: se necesitan nuevas figuras de protección internacional, nuevas fórmulas, para asistir a estas poblaciones. Algunas ya existen, como las llamadas visas humanitarias.

“El 80 por ciento de los conflictos actuales no son armados en el sentido tradicional, son otras formas de violencia”, dice Blanca Garcés, investigadora del Barcelona Centre for International Affairs (Cidob). “Quienes huyen de estos países no son considerados refugiados bajo la Convención de Ginebra, porque está pensada para el refugiado de la Segunda Guerra Mundial. Hay un desfase entre las historias detrás de los que huyen sufriendo por su supervivencia y aquellos que formalmente son considerados merecedores del estatuto de refugiado”.

El debate pendiente exige algo difícil: entender que los movimientos de población forzosos responden a algo más complejo que las guerras convencionales. Y entender, quizá, que el amparo de esas personas debe desligarse del furor ideológico alrededor de crisis bélicas, políticas, económicas e incluso climáticas cada vez más indistinguibles.

Venezolanos cruzando la frontera hacia Colombia el 8 de junio de 2019, en Paraguachón, Colombia. Credit Guillermo Legaria-Getty Images

Refugios urbanos

A principios de siglo, la mayoría de las personas refugiadas vivían —subsistían— en campos o en el ámbito rural, algo que las últimas décadas han desmontado: Acnur estima que el 61 por ciento de ellas vive hoy en entornos urbanos. Muchos son sirios que viven en megaurbes turcas como Estambul o en ciudades de Alemania, que tiene una población refugiada urbana de más de un millón de personas.

Las ciudades, con sus oportunidades económicas y con el riesgo que a veces representan —redes de explotación y tráfico de personas—, son el nuevo escenario de las migraciones. La paradoja es que siguen siendo los Estados, con políticas de externalización de fronteras cada vez más agresivas, quienes tienen las competencias de asilo.

Según Acnur, los países ricos solo acogen a un 16 por ciento de los refugiados.

Los agrios debates migratorios que se libran en Europa y en Estados Unidos, los miedos y la xenofobia que se usan como arma electoral en Occidente, producen un dato contundente: según Acnur, países como Bangladés, Chad, República Democrática del Congo, Etiopía, Ruanda, Sudán del Sur, Sudán, Tanzania, Uganda y Yemen acogen el 33 por ciento de los refugiados de todo el mundo, pese a que combinados apenas tienen un 1,25 por ciento del PIB mundial.

La cercanía de estos países con las peores guerras de nuestro tiempo puede explicar que sean los que acogen a los refugiados en primera instancia (y no son pocos los países que han intentado desembarazarse de ellos). Pero los campos de refugiados en Bangladés o Uganda siguen eternizándose. La ONU estima que 1,4 millones de personas necesitaban ser reasentadas en terceros países el año pasado, pero solo 81.300 plazas fueron ofrecidas por un total de 29 países.

El mapa global de las migraciones también se puede leer así: los países ricos solo acogen a un 16 por ciento de los refugiados.

Migrantes centroamericanos en “La Bestia”, el tren que abordan para atravesar México, en Juchitán, Oaxaca, el 26 de abril de 2019. Credit José De Jesús Cortés/Reuters

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