jueves enero 27 de 2022

Desorden mundial: ¿Qué está pasando?

24 octubre, 2019 Opinión

Por Juan Manuel Ospina

Cien años después el mundo, y ya no solo Occidente como entonces, vive un cambio profundo por no decir cataclísmico. Fue el del liberalismo clásico que conoció su esplendor hasta el estallido de la Primera Guerra y el consiguiente derrumbe de los imperios otomano y austrohúngaro, el marchitamiento de Inglaterra, la Revolución rusa, el fascismo mussoliniano y el ascenso de Hitler; crisis que desemboca en la Gran Depresión de los 30.

Hoy el mundo es infinitamente más complejo e interconectado que el de hace un siglo. Un mundo donde las fronteras nacionales se resisten a desaparecer en medio de una dinámica de globalización movida y dirigida únicamente por las fuerzas de una economía de la cual fue expulsado el Estado, quedando así liberada a las fuerzas de mercados cada vez más desregulados. Hoy el gran problema, generador de crisis, es la ausencia de la dimensión política de la globalización para orientar y ordenar esa economía que opera y decide por encima de fronteras territoriales y es ilimitada en su ambición cortoplacista. En ambos momentos históricos era el mercado el que imponía la pauta.

Cada día es mayor y más dramática la ausencia de la dimensión política que origina una globalización deformada, por la falta de institucionalidad, de la voz y la acción de un sistema básico de gobierno mundial, que debía ser la Organización de las Naciones Unidas, nacida en medio de los escombros del derrumbe de principios del siglo XX, que hoy languidece en una irrelevancia creciente, precisamente cuando más la necesita el mundo.

La crisis chilena permite vislumbrar las realidades de fondo, de ira y frustración reprimida que afloraron violentamente en la protesta por el alza en el precio del tiquete del metro santiaguino. En las diferentes explosiones nacionales (Chile, Francia, Líbano, Hong Kong?) la chispa es nacional y generalmente coyuntural, pero con efectos impredecibles dado el acumulado de frustración, necesidades no atendidas, desenganche entre el juego de la política, los intereses de los políticos y esas necesidades, reclamos y expectativas de la gente, de los ciudadanos electores, de economías brillantes en las cifras macroeconómicas de los técnicos, pero frustrantes en la vida diaria de los ciudadanos con un empleo que como en los 30 amenazaba el futuro del capitalismo como lo entendió Keynes.

Chile era el alumno modelo de América Latina, la vitrina para conocer las bondades de un sistema que regresaba al modelo liberal clásico decimonónico que ya había fracasado, con su mandato de privatizar la vida económica y social del país, no solo en la producción de bienes y servicios para exportar ¿la palabra mágica?, sino también en la prestación de servicios básicos para la ciudadanía en general y en especial para los sectores de ingresos medios ?hoy la clase media chilena está en pie de guerra, no es un levantamiento proletario?. ¿Son los servicios públicos de salud, de educación, de transporte (¿público?), de las pensiones de los jubilados. El resultado hoy es que el chileno medio se siente desprotegido, mal atendido y con sus ingresos disminuidos pues ya esos servicios tienen para él un costo que es además creciente, como sucedió con el pasaje de metro, sin que le hayan rebajado los impuestos a pagar. Si se mira a Francia o a Ecuador o al Líbano, el memorial de agravios y la rabia ciudadana tienen causas comunes.

Lo diferente a la crisis de comienzos del siglo pasado es que en el horizonte no se vislumbran revoluciones nazi-fascistas ni bolcheviques, sino un rechazo a lo existente que llevará a mirar al pasado para aprender y poder al menos esbozar una salida a un presente de angustia, sobre el cual flota la ya inevitable crisis ambiental. No hay propuestas, no hay líderes como en el pasado. Hay una ciudadanía que en alto grado se mueve al compás que le imponen las redes, en un mundo absolutamente intercomunicado y sin filtros, canales o controles institucionales. Por esa razón se ha dado de facto una nivelación sin duda democrática, pero que hasta ahora solo ofrece la exaltación del individuo y de su libertad ilimitada, que no son una base ni siquiera endeble para construir una propuesta y una salida que, si no adquiere un dimensión ciudadana, quedará como un conjunto de soluciones marginales/individuales, pero que ciertamente no abren el camino a transformaciones de una realidad que está arruinando el sentido de la vida, de la individual y de la colectiva, en medio de una naturaleza que igualmente necesita luchar por su supervivencia.

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