domingo enero 23 de 2022

¿Qué está expresando la gente en la calle?

24 noviembre, 2019 Opinión

Por: Juan Manuel Ospina

Estamos en la mitad de cambios de fondo en las sociedades, incluida la colombiana, a los cuales les llegó la hora. No se trata de un desajuste pasajero de la economía mundial y nacional, pues esta viene desajustada, por decir lo menos desde la crisis del 2007. Entonces se constató que la economía dejaba de ser predecible, si alguna vez lo fue, que las cifras macroeconómicas de los grandes agregados económicos – aumentos en el producto interno, exportaciones, colocación de crédito…. podían ser radiantes en apariencia pero escondiendo una realidad preocupante que se acumula hasta estallar, inclusive violentamente, y que el ciudadano común ante esas cifras, ni las entienden ni las creen. Lo que ve y entiende es la realidad concreta de su vida diaria, la de sus vecinos, parientes y compañeros de trabajo y allí no encuentra por ninguna parte la escena radiante que las cifras pretenden presentar y que solo son vistas así por quienes las fabrican, una tecnocracia con alma invencible de burócratas, que confunden la realidad prosaica de la vida que el ciudadano contempla, con los resultados “estilizados” de sus modelos macroeconómicos.

Esos análisis y esas cifras aparentemente tan contundentes son las que los gobernantes escuchan porque les suenan a música celestial, además son las que les reclaman los organismos internacionales, sea la OCDE o el Banco Mundial, el BID o el FMI, donde están entronizadas las contrapartes de la tecnocracia local. La cooperación por su parte se concentra en la atención humanitaria a las víctimas o abandonados por el modelo tecnocrático impuesto, que hoy es el descaecido neoliberalismo

Es indudable que en especial los países latinoamericanos, han crecido y se han transformado en el último medio siglo. Hoy hay más riqueza material, instituciones más fuertes y modernas en grados diversos; hay menos pobres y más clase media (altamente presente en el malestar y las movilizaciones que se están dando en el continente); los ricos son ricos como nunca lo habían sido. De acá resultan dos conclusiones importantes para entender dónde estamos y hacia donde podríamos avanzar. Lo primero es que si bien ha disminuido la pobreza, una buena noticia, ha sido mayor el proceso de concentración de la riqueza producida en estos años de crecimiento económico. Los pobres avanzan pero los ricos y en especial los riquísimos, lo hacen más rápido, con lo cual tenemos una situación de disminución de la pobreza y aumento simultáneo de la desigualdad entre los que más tienen y los que tienen poco. Esas situaciones más que la riqueza en sí, es generadora de conflictos y de acciones de naturaleza política “para que los ricos sean menos ricos y los pobres menos pobres” Es el reclamo por mejores sueldos y prestaciones y acceso a los servicios de educación y salud, que requiere políticas redistributivas decididas y no de simple fachada.

El segundo punto, muy claro en el caso chileno pero también presente en Colombia, es el del crecimiento de la clase media impulsado por la modernización de sectores de la economía y por la bonanza de los precios de las exportaciones, especialmente de combustibles fósiles en las últimas décadas. Ello alimentó el rápido ascenso de esos sectores medios que salieron de la pobreza, donde el caso brasileño por su magnitud es el más significativo; un ascenso aun no consolidado, que lo vuelve especialmente vulnerable y hace temerosos a los sectores medios de su suerte, en un escenario económico donde crece continuamente la incertidumbre alimentadora del malestar ciudadano; una ciudadanía que ve a dirigencia y gobernantes engolosinados con unas cifras económicas deslumbrantes, como le pasó al Presidente Piñera, que no dejan ver la fractura social que se profundiza a la par con el descreimiento creciente de los ciudadanos con los dirigentes y los partidos, percibidos lejanos y entregados a sus juegos electorales. Los partidos y el Congreso, su escenario por excelencia, han quedado a la vera del camino de una movilización ciudadana de profundo sentido político, más allá de los partidos y que adquiere autonomía de vuelo frente a las estructuras tradicionales, de derecha o de izquierda, lo mismo da, que parecería anunciar los albores de una nueva manera de hacer presencia y de ejercer la política, menos nacional y más local/territorial y con un fuerte componente y dinámica de política participativa, especialmente en las instancias territoriales (“con la gente”), y representativa con competencias acotadas, en los ámbitos y temas propiamente nacionales e internacionales.

Lo que está sucediendo en el país, mientras se lee esta columna escrita el martes en la tarde, se inscribe en lo acá expuesto: Un coro polifónico de voces con sus reclamos concretos para pedirle/exigirle al Presidente Duque y a su gobierno, que se bajen de una nube de irrealidad, no tanto para que resuelva todos y cada uno de los reclamos ciudadanos, sino para que ejerza su capacidad de liderazgo que es condición necesaria para la recuperación de la confianza perdida; le urge comunicarse de corazón, con sentido de compromiso con unos ciudadanos escépticos, desmotivados, pesimistas con respecto a su futuro, un estado de ánimo extraño en un pueblo que no baja los brazos en la lucha diaria. Es una movilización policlasista cuyos participantes reclaman su derecho a la esperanza y a ser actores principales y no simple coro que acompaña las andanzas de una élite que ni los conoce ni los valora. La gente siente ese vacío, ese desprecio. Si el presidente no entiende este mensaje, enfrentará en el resto de su presidencia una turbulencia que pondría en peligro la suerte del vuelo. Que los dioses de Colombia lo iluminen.

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