jueves junio 4 de 2020

Sin maquillajes, cambios de fondo

28 noviembre, 2019 Opinión, Política Juan Manuel Ospina

Por: Juan Manuel Ospina

Bogotá, 28 de noviembre_ RAM_ Es claro que el presidente, como hacen los indios, no ha puesto el oído en la tierra para escuchar lo que se mueve en la entraña de una Colombia de ciudadanos que, a pesar de todos los discursos, promesas y proyectos viejos de años, se sienten ignorados; ni respetados ni reconocidos. Ellos, que son la razón de ser de la política y de la economía, a cuyo servicio deberían estar.

Si bien el presidente no es el responsable de todas las situaciones que están en la raíz de las circunstancias que hoy vive Colombia —un país no se recibe con beneficio de inventario—, sí es su deber ponerse en la tarea de mirar la realidad de frente y de buscar las soluciones que mejor respondan a la demanda de una ciudadanía plural en su composición, que explota contra el aislamiento a que la somete el poder —el estatal y el político, pero también el de la riqueza material— que en su práctica diaria la invisibiliza.

La conexión entre gobernantes y gobernados, como se decía hasta no hace mucho, está rota y el puente que los unía y comunicaba, la Política, con mayúscula, en su variante liberal clásica de democracia representativa, junto con sus grandes protagonistas, los partidos, se encuentran aquí y en muchos otros países, sobre todo europeos, en un punto crítico. Una crisis que abre los espacios para que los ciudadanos sean los protagonistas, desde sus ámbitos de vida propios. Se vive la consolidación de lo local a costa de la nación, que fue el gran escenario del apogeo liberal y en cuyo seno la democracia representativa estaba como pez en el agua.

Las expresiones políticas de ciudadanos libres —lo digo conscientemente para destacar que es una ofensa al ciudadano que se moviliza por su propia motivación pretender tendenciosamente reducirlo a ser una ficha del temible castrochavismo o de una oscura conjura fascista— se mueven en estos nuevos espacios de la política, mientras que la dirigencia tradicional, con el presidente a la cabeza, sigue anclada en un escenario agotado, sin mayor contacto con esa nueva realidad.

Lo que el presidente Duque pretende con su insípida “conversación nacional” es buscar disolver el ardor ciudadano en la discusión de una interminable lista de temas con unos manifestantes que no le interesan y no están dispuestos a entrar en un juego que tiene como propósito final legitimar el Plan de Desarrollo duquista, bueno o malo. La propuesta del presidente no responde a las necesidades de cambio de un pacto social seriamente resquebrajado.

Ya se asoman las orejas de lo que muchos consideran que es el camino, y me incluyo, avanzar hacia una constituyente que reconstituya y actualice ese pacto social que posibilite abarcar asuntos esenciales tanto de nuestra realidad nacional y regional como del pequeño pero omnipresente mundo en el cual nos desenvolvemos. Podría ser el gran logro que deje la actual experiencia democrática; el peor escenario, terminar realizando cambios de fachada, maquillaje, que pueden enfriar temporalmente el presente pero no abrirles el camino a los cambios de fondo que la realidad, no la coyuntura, reclama.

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