jueves junio 4 de 2020

Presidente, pierda el miedo

12 diciembre, 2019 Opinión, Política Juan Manuel Ospina

Por: Juan Manuel Ospina

“La historia, señor presidente, le ha entregado el privilegio de ser uno de los grandes transformadores de la historia. No pierda esa oportunidad… creyendo que esto es simplemente pasajero”. Mejor no se puede caracterizar la situación presente del país. Y lo hizo el procurador Carrillo.

Le hablaba a un presidente encerrado en un juego táctico, que no estratégico, que lo amarra a cálculos de corto vuelo, propios de un estilo político agonizante. Arropado en una vana y en el límite irresponsable pretensión de creer que las movilizaciones ciudadanas, con alta presencia de la creciente clase media, se originan en que los ciudadanos no conocen las enormes bondades y logros de su política, y que por consiguiente los diez millones de votos que lo eligieron presidente de Colombia pueden pasar cual  aplanadora por encima de esa nueva expresión de democracia viva y no acartonada –fresca, inédita y  cargada de contenido y significado-, que en estas últimas semanas se tomó de una manera inédita el quehacer político del país, de una manera tal que, como le sucede al presidente, ni el Congreso ni las organizaciones sindicales han captado su verdadero significado y su potencial  transformador.

El presidente necesita entender el mensaje que de la calle le envían sus gobernados. Está a la defensiva y por esa vía arriesga con arruinar su posibilidad y responsabilidad histórica, claramente expresada por el señor procurador. Su responsabilidad, su posibilidad de ser grande como demócrata, se fundamenta en la humildad republicana para escuchar y avanzar en el desciframiento del movimiento telúrico en marcha y que transformará profundamente el mundo en que vivimos, Colombia incluída. Los cambios en curso hacen obsoleto lo que solo ayer era considerado válido. Este es un punto que debe tener bien claro el Comité Nacional del Paro,  pues si bien fueron sus convocantes, el resultado superó completamente las expectativas no solo en cuanto a la magnitud de la respuesta sino a su sentido. Reconocer lo inédito de lo presente y su altísimo poder transformador, es por tanto la gran responsabilidad tanto del Gobierno como del comité organizador.  El primero no puede pretender que la movilización ciudadana sea para refrendar y apoyar sus proyectos, y el comité a su vez no puede pretender que ellos solos representan a quienes en las calles se están expresando. Un punto delicado al cual hay que encontrarle solución, con un acuerdo no excluyente de actores sociales.

De parte y parte se necesita una aproximación fresca, sin condicionamientos, para empezar a conversar a partir de las posiciones de las partes, pues no se está frente a una hoja en blanco, pero tampoco frente a una maraña de inamovibles. Si se es serio, se conversa no para quemar tiempo, “para ver qué pasa”, sino para desbrozar un camino que conduzca a unos acuerdos y compromisos, a una negociación. El objetivo ha de ser definir  una agenda que se resolvería en dos momentos y etapas. Una primera, de los asuntos y compromisos puntuales para darle confianza a las partes y solidez al proceso, a evacuarse en los primeros dos meses del año, y que en algunos puntos podría requerir  que el Congreso atienda  la voz gubernamental y ciudadana para expedir las normas que sean necesarias. La otra etapa sería la de los  temas gruesos que ante todo deben ser  definidos y precisados en una agenda acordada; solo  entonces  las partes convocarían a una amplia discusión nacional para buscar acuerdos (consensos) y precisar desacuerdos (disensos), que orientarían en el 2021 la negociación propiamente dicha, pudiendo plantearse la conveniencia de una Asamblea Constituyente para desarrollar exclusivamente la agenda salida de las discusiones adelantadas previamente.

El momento reclama de todos, empezando por el Gobierno, una mezcla de grandeza histórica y de realismo para que la actual crisis sea una oportunidad histórica que abra el camino a las transformaciones que nos exige el ingreso definitivo a un siglo XXI lleno de amenazas y desafíos pero también de posibilidades. Solo entonces lograremos consolidarnos como una democracia plena y moderna.

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