miércoles mayo 25 de 2022

Los tiempos perfectos de Dios en la vida de Caterine

Por Filiberto Rojas Ferro

Coordinador de Comunicaciones COC

Bogotá,24 de febrero_ RAM_ Cuando la invitaron a participar en su primera competencia deportiva, Caterine no tenía un par de tenis para correr. Tuvo que llevar los de doña Francisca, su mamá y primera patrocinadora, su motor para emprender un camino que hoy la tiene como la reina del atletismo colombiano.

Con ese par de tenis de la mamá, la confianza del profesor del colegio, su entusiasmo propio y el valor agregado de la sonrisa que la caracteriza, Caterine entendió por dónde debía direccionar su vida, una larga senda que la ha llevado a ganar todo en lo que ha competido.

“Mi mamá y mi abuela formaron lo que soy como persona, a la medida de lo que pudieron. Primero me enseñaron el valor de las cosas, que cada cosa se lucha para conseguirse, que todo llega a un tiempo preciso, por eso las amo con mi vida”, reconoce Caterine, para quien su fortaleza es que “siempre que estoy parada en la línea para buscar mi salto, primero me encomiendo a Dios y luego pienso en mi familia, mi madre y mi abuela, para recibir las fuerzas necesarias para cumplir con mi objetivo deportivo, pensando en la frase de mi mamá: ‘los tiempos de Dios son perfectos’”.

Nacida en Apartadó, Antioquia, el 12 de febrero de 1984, desde niña conoció las dificultades, aunque fue consentida por las dos madres que tuvo, su mamá y su abuela, quienes fueron superiores a los obstáculos, y a punta de trabajos domésticos le dieron lo básico para salir adelante, primero en la vida y luego en el deporte. Su madre debió salir de Apartadó para vivir en Chigorodó, empleada en casas de familia, para poderle enviar a su niña de sonrisa amplia y alegría desbordante, lo suficiente para estudiar y vivir con decoro los primeros años.

En el atletismo empezó a los 12 años, en el salto alto, gracias a sus 1.80 metros de estatura. Dirigida y aconsejada por su primer técnico, Wilder Zapata, se trasladó a las residencias de la Villa Deportiva Antonio Roldán Betancourt, en Medellín, para intentar comenzar una carrera, que pronto la llevó a los primeros lugares, en esa competencia.

Corría el año de 1996, cuando llegó al lugar de encuentro de los atletas de altos logros de Antioquia, La Villa Deportivas Antonio Roldán Betancur, y pasó a manos del primer cubano que ha dirigido su carrera, Luis Alfaro, quien le pulió los conocimientos para esa muy técnica competencias. La también cubana Regla Sandino fue su tercera conductora, y bajo su mando ganó en el año 1999, el título del alto, en los Juegos Bolivarianos de Ambato, Perú.

Dada su velocidad, sus largas piernas, su potencia y su temperamento, Sandino le aconsejó cambiarse a los saltos largo y triple, cambio que dio sus resultados en el resto de su carrera. Pero antes de abandonar el salto alto logró su primera participación en los Juegos Olímpicos, los de Atenas, en 2004, en los cuales quedó por fuera en la primera ronda.

Su estreno en un mundial ocurrió en 2005, en Helsinki, Finlandia, en donde alcanzó la semifinal del salto alto, con 1,93 metros.

De fracaso a oportunidad

Una frustración ocurrida en 2006 le abriría otros caminos para llegar a la gloria olímpica. Ese año, la espigada morena, ya dedicada al salto triple, no pudo conseguir la clasificación a los Juegos Olímpicos de Beijing, en 2008, lo que le provocó una enorme tristeza y la toma de una decisión que fue definitiva para su futuro.

En efecto, cambió su residencia y viajó a San Juan (Puerto Rico), para hacer lo que han hecho desde hace muchos años otros compatriotas: estudiar una carrera, que para ella fue le enfermería en la Universidad Metropolitana, mientras seguía los lineamientos de la escuela cubana, ahora bajo el comando de Ubaldo Duany, con quien alcanzaría las mejores figuraciones de su vida.

El 2010 fue el año de su despegue mundial, porque ganó dos medallas de plata, una en el Campeonato Iberoamericano, con marca nacional de 14,29, y la otra en los Juegos Centroamericanos y del Caribe, de Mayagüez, Puerto Rico.

Los dos años siguientes fueron de rápido crecimiento, hacia el objetivo de volver a unos Juegos Olímpicos y de lograr una medalla. Lo primero lo consiguió, luego de ubicarse entre las mejores en copas mundo y en Grand Prix, prestigio que antecedió a la conquista de la medalla de bronce en el Campeonato Mundial de Daegú (Corea) en 2011, luego de pasar de 14,30 a 14,99, registro este que de mantenerse le brindaba la oportunidad de pelear por una medalla, en los Juegos Olímpicos de Londres.

El año 2011 lo terminó con una medalla de bronce en el salto largo, con 6,63, y el oro, en el triple, con nueva marca para el certamen, con 14,92, en los Juegos Panamericanos de Guadalajara, México.

A Londres 2012 llegó tras las presentaciones en la Liga Diamante de Mónaco y en el Grand Prix de Londres, en las cuales ganó con marcas de 14,85 y 14,66, continuidad que le otorgaba el plus para ser considerada candidata a medalla olímpica.

El 5 de agosto alcanzó su objetivo y finalizó segunda, para aportarle a Colombia una de las ocho preseas conquistadas en esos Juegos.

En el 2013 empezó la carrera hacia Río 2016, con cuatro victorias consecutivas en la Liga Diamante: en Shanghái, con 14,69 m; en Eugene, con 14,93 m; Oslo, Noruega, con 14,81 m, y, en París con 14,69 metros. Esta fue su carta de medalla dos medallas de oro, con 14,85 m.

El excelente año lo complementó con victorias en la Liga Diamante, en las versiones celebradas en Estocolmo (14,61 m) y en Bruselas (14,49 m), resultados que le permitieron ganar de manera invicta, la clasificación de este certamen, y ser nominada por la IAAF en el concurso de la Atleta del Año en el mundo.

En 2014, Caterine Ibargüen continuó su dominio en la Liga Diamante, al ganar las seis paradas, una de ellas con su mejor marca personal, de 15,31, en Mónaco. Cerró su año con el título en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Veracruz, México.

El 2015, indudablemente fue uno de sus mejores, porque conquistó las paradas de la Liga Diamante correspondientes a Shanghái (14,85 m); Oslo (14,68 m), y París (14,87 m), antes de defender con éxito su título en Juegos Panamericanos, en Toronto (Canadá), con 15,08 m, que no fue reconocida como nuevo récord continental, al superar el viento a favor el límite de velocidad (+2,3 m/s). El 30 de julio, en Estocolmo, logró su victoria consecutiva número 28, en la Liga Diamante.

Su cierre del año ocurrió en Pekín (China), donde ganó el Campeonato Mundial de salto triple.

El 11 de septiembre, en Bruselas, cerró con victoria su participación en la Liga Diamante, para sellar su tercer triunfo en ese certamen.

En el 2016 completó su camino dorado. Líder de la Liga Diamante, con una sola derrota en los últimos cuatro años, la reina del triple salto mundial llegó a Río de Janeiro para escribir su historia de oro. Había dicho que el oro olímpico era su sueño, pero que no le quitaba el sueño, y no hubo necesidad de perderlo, porque el domingo 14 de agosto quedó en la historia como el día en que Caterine Ibargüen se subió al primer escalón del podio para escuchar el Himno Nacional, en un estadio de atletismo olímpico, por primera vez en todos los tiempos, y no en su tiempo, sino en el Dios, como su mamá siempre se lo dijo.

La mejor del mundo

Pero allí no paró el exitoso camino de Caterine y esa idea familiar, pues sus tiempos siguieron marcando que Dios estaba delante y en el camino para los Juegos Olímpicos de Tokio, las alegrías la siguen persiguiendo, al punto de ya tener un lugar asegurado para la cita en Asia.

Y este periodo de tiempo ha sido igual de exitoso, porque ganó todo en lo que compitió, fue la reina mundial del triple salto en los siguientes años a la medalla olímpica, con el valor agregado de lo que llegó en el 2018, tal vez, el mejor año de su loable carrera deportiva.

De ganarlo todo en el 2016, de traer varios años estando siempre en el primer lugar, el 2017 fue un punto de quiebre, porque ser subcampeona mundial y tercera en la Liga Diamante de la temporada 2017, puso a pensar a Caterine. Venía de cuatro años siendo la mejor en todo en lo que compitió, por eso sintió que era momento del retiro y lo contempló por varios meses. Sin embargo, decidió seguir y lo hizo para completar el mejor de su carrera deportiva.

“El 2018 empezó con retos, después de un 2017 de unos sinsabores, de estar en la decisión que hubiera sido pésima, de retirarme, sin saber lo que me esperaba en 2018, sentada en mi casa pensé que lo mío era saltar, a pesar de los inconvenientes, ahí decidí empezar el 2018 con ganas, con disciplina y con mucho respeto por el deporte y la competencia, así como el amor que tengo por el atletismo”, reveló Caterine.

Los retos cumplidos fue regresar al primer lugar indiscutido de la Liga Diamante, en la que reinó entre 2013 y 2016, cediendo el diamante en 2017 y regresando en 2018 por lo alto, no sólo con el del triple salto, también con el de salto largo, méritos que la catapultaron para ser la mejor del mundo en el deporte base.

El 2018 fue un año increíble para Caterine, porque a la Liga Diamante le sumó las dos medallas de oro en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Barranquilla, también en salto largo y triple, con sus mejores del marcas en 6,93 metros en el largo y 14,96 en el triple, un poco lejos de su mejor registro histórico de 15,30 que logró en Mónaco en 2014, pero en un año de transición, en medio de los Mundiales 2017 y 2019 y previo al inicio de las clasificaciones para los Juegos Olímpicos Tokio-2020.

Y eso no le costó mucho, porque la marca de Tokio la consiguió en Grand Prix que llevó su nombre en Barranquilla, para luego brillar en el Campeonato Mundial de Doha, donde ganó un bronce que tuvo sabor de oro, teniendo en cuenta la lesión con la que llegó tras los Juegos Panamericanos de Lima y allí una pausa de reposo, en la que transita por estos días, pero con la mente puesta en Tokio, su próxima gran cita y para la que espera llegar en busca de su tercera medalla olímpica y ratificar que en su vida los ‘tiempos de Dios son perfectos’.

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