viernes octubre 23 de 2020

Más sabe el diablo por viejo…

 Por: Juan Manuel Ospina 

Bogotá, 29 de mayo_ RAM_ ¿A quién se le ocurrió que los mayores no nos sabemos cuidar, que “nos deben cuidar”, porque no seríamos responsables? Tal vez la ocurrencia fue de jóvenes que por su edad nunca habían oído aquella vieja verdad de que más sabe el diablo por viejo que por diablo. Si el peligro es que contagien a los viejos, por su mayor vulnerabilidad, habría entonces que aislarlos completamente y ahí si se morirían de una; no es gratuito que muchos de los muertos en España, Italia, Suecia y Estados Unidos eran viejos recluidos y aislados en ancianatos o similares.

Parecería que los que imponen la medida consideran, sin prueba alguna y contrariando el simple sentido común, que un viejo encerrado con otras personas, especialmente si es pobre y le toca vivir en un espacio reducido y hacinado, está más protegido que si puede salir a espacios abiertos –calles o parques– y caminar, conversar con otros, respirar aire puro, recibir, aunque sea un poco de sol… en fin, vivir en libertad y no encerrado entre cuatro paredes. En esas condiciones está más expuesto a morir que si se le permite ejercer su libertad con responsabilidad, que mucha experiencia habrá de tener al respecto si llegó por sus medios a la cumbre de la vida.

Pensando en el porqué de una medida sin lógica alguna y que violenta un derecho fundamental como es la libertad para disponer responsablemente de la vida, la única razón que encuentro no creo que sea para que “no se nos mueran los abuelitos” – hasta el momento la frase más cursi de esta larga temporada de pandemia -, sino para que esas muertes no dañen unas estadísticas que mostrarían el acierto en el manejo de la crisis de los bondadosos carceleros.

Me pueden decir cínico, pero más cínicos son los que desconfían de la sabiduría o al menos de la sensatez de los veteranos de la vida y pretenden sustituirla por decisiones arbitrarias, no sustentadas en la realidad y que solo traslucen cómo detrás del poder suele esconderse la tentación autoritaria, antesala del totalitarismo.

Ligado con este tema, hoy es incontrovertible que el Estado es un actor fundamental en la vida de la sociedad, un mal necesario si se quiere, para garantizar el respeto de los derechos de todo ciudadano al suministro y acceso a los bienes públicos –salud, educación, seguridad social y material-, a la protección de nuestro patrimonio natural común, así como a la operación equilibrada/competitiva de la economía de mercado y al reparto equitativo de una riqueza producto no solo del trabajo individual sino del aporte de riqueza y capacidad de producción acumulada por la sociedad.

No se trata, como está sucediendo con los viejos, de tener un Estado invasivo que desconozca la libertad y busque imponer arbitrariamente su razón, cualquiera que sea, sino uno cuya responsabilidad y alcance sea propiciar la discusión ciudadana democrática para definir las reglas del juego, un acuerdo sobre lo fundamental constitucional, que no puede imponer, pero sí garantizar su cumplimiento por los ciudadanos. Se trata obviamente de ciudadanos libres pero responsables que parten de reconocer que, para vivir, estar saludables y producir para ganarse la vida, necesitan de los demás y los demás necesitan de ellos.

Son principios sencillos de vida, que el derroche de riqueza, inmediatismo egoísta, consumismo suicida socialmente y afrentoso éticamente que se habían impuesto en la sociedad y en la vida y aspiraciones de la mayoría, fue súbitamente desnudado por la crisis histórica que vivimos, dejándonos una primera y fundamental enseñanza: la salida está en el ejercicio de una libertad individual pero socialmente responsable, con un Estado que acompañe, complemente, supervise sin nunca sustituir esa libertad responsable, hoy mejor comprendida en su sentido y alcance. Y los viejos también están en su derecho a ejercerla.

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