Honores a «la bacanería»: La herencia olvidada de Kiko Mendive

José Alejandro Vanegas Mejía
A veces escribimos sin el ánimo de profundizar sobre determinados temas. Podría decirse que “para calentar la mano”. Es el caso de este artículo, con el cual solo espero remover recuerdos al tiempo que sembrar inquietudes sobre una forma de vida, en la Costa llamada ‘bacanería’. El cine mexicano hizo familiar entre el público latinoamericano la figura del tipo descomplicado, dedicado a conservar y exhibir su ‘pinta’ más que a procurarse el diario sustento mediante un oficio más o menos remunerado. Muchos de estas figuras pertenecían a la farándula azteca, pero los que más llamaban la atención provenían de Cuba y de otros países del Caribe. Los cinéfilos los convirtieron en sus ídolos, tal vez por compartir la idiosincrasia de quienes se solazaban con la vida muelle mezclada con la malicia espontánea, inventada para cada día. Esos tiempos, como ocurre en toda época, trajeron sus propias modas. Los personajes que atraían nuestras miradas usaban pantalones sumamente estrechos en la parte más baja. Lo importante era utilizar cada vez más ceñido el pantalón en el punto de contacto con los zapatos.
“Quiero la bota ‘tubito’, número 17”, decíamos a Víctor Tete, el de la Sastrería Cubana. Muchos usuarios de esta moda, ante la imposibilidad de meter o sacar el pie por la pequeña abertura, utilizaban cremalleras o correderas, que cerraban después de logrado su empeño. Con esta nueva modalidad, los zapatos parecían exageradamente grandes. Complementaba la imagen del bacán una ancha pretina en la parte superior del pantalón. La llamaban ‘pretina volada’ y les llegaba casi hasta el pecho. Se decía en esos tiempos que era más fácil sacarse el pañuelo del bolsillo del pantalón pasando la mano por encima del hombro que hacerlo de la manera tradicional. Además, un delgadísimo cinturón, que pasaba por debajo de pequeñas presillas, aparentaba sujetar una ya ajustada pretina. La elegancia de estos señores de pasadas épocas requería a veces el uso de una leontina cuya cadenita terminaba en un reloj.
Tal vez, inconscientemente querían imitar al tendero exitoso que aparecía sobre la leyenda “Yo vendí al contado”. Lo llamativo de esta prenda estaba en la forma ceremoniosa como su propietario la manejaba. Generalmente lo que menos le interesaba era saber la hora; pero abrir el estuche y detener en él la mirada mientras se sentía observado con envidia, era un ritual propio solo de un buen bacán. Luego, introducía el lujoso aparato en su faltriquera, aunque no supiese que esa palabra existía. Del bacán al camaján solo hay un paso.
El primero lleva consigo una carga positiva, unos valores que en el camaján se debilitan por causa del ocio y la molicie, sin que pueda afirmarse que este personaje merezca la condena de la sociedad. Hugo González Montalvo nos dice de la bacanería: “Es un goce íntimo, social y planetario. Un profundo sentimiento de amistad y fraternidad. Un modo auténtico, amable y simpático de vivir. Una forma intensa, prudente y moderada de celebrar la vida”. Y esos señores que tantas veces encontrábamos “pantalleando” o “chicaneando” en los barrios populares, en las esquinas y alardeando de sus botines de dos tonos mientras hilvanaban historias inventadas para sorprender a sus oyentes cautivos, sin duda eran exponentes de esa forma intensa, prudente y moderada de celebrar la vida.
De algo había de servirles el ejemplo que con su vestimenta les había otorgado el famoso bailarín y cantante cubano Cecilio Francisco Mendive Pereira, Kiko Mendive (1919-2000), de quien guardo en la memoria su imagen plasmada en la pared de un conocido bar samario; sus zapatos descomunales nada le envidiarían a los del famoso ‘Tribilín’ de Disney. Pero la bacanería, entendida como la conciben Oliverio Del Villar Sierra y los bacanes de Santa Marta y de la Costa, “siempre afloró para establecer la diferencia y señalar que el bacán no solo es presencia exterior: la bonhomía y el don de gente también están allí”.
Otras formas de vestir, sobre todo en los hombres, nos indican la preferencia que imponen las épocas. Cuántas películas, novelas, videos o simples fotografías nos hablan de los pantalones ajustados a las piernas y de las botas amplias, como para barrer las calles. ¿Se acuerda alguien de Jimmy Salcedo? La década de los setenta y las posteriores han tenido sus bacanes, aunque la forma de vestir no fuese su principal distintivo.
Esta columna periodística solo pretende insinuar que la bacanería no es un fenómeno nuevo, y que, tal vez, en su extenso desarrollo ha dejado herederos del famoso compositor, músico, actor y bailarín Kiko Mendive.


