martes agosto 4 de 2020

Hoy no vale la pena lo que se hace  por la cultura. Es muy pobre lo que se publica: Germán López Velásquez

01 noviembre, 2014 Entretenimiento y Cultura, Libros
Se estimula la ignorancia y la ausencia de criterio. Se busca una sociedad acrítica, amorfa, sentenciada a la pena de muerte ideológica
Germán López Velásquez.

Germán López Velásquez

Por: Jorge Consuegra

(Libros y Letras)

El abogado y escritor pereirano Germán López Velásquez está de plácemes, pues su revista Mefisto ha llegado a los treinta años, tres décadas maravillosas haciendo cultura, trabajando por ella y creyendo que con ella es la única forma de salir de ese laberinto de la violencia.

–  ¿Desde su infancia su mundo siempre fue el de los libros y la cultura?

– Viví como cualquier niño de una familia de clase media. Juegos, amigos, colegio, televisión con series como “El túnel del tiempo”, “Perdidos en el espacio”, “La isla de Guilligan” y “Viaje a la estrellas”. Por supuesto fui muy afortunado con un valor agregado. Mi padre fue maestro toda su vida de español y literatura en secundaria. Llevo además su nombre. Mi infancia, entonces, fue entre libros y regaños cada que pronunciaba mal una palabra. Vacear no, diga vaciar. Conocí El Quijote desde niño entre otras obras fundamentales de la literatura universal. Todo gracias a mi recordado padre, que en paz descanse. Se jodió mucho en la vida.

– ¿Cuáles fueron las primeras manifestaciones culturales que tuvo en su vida?

– La televisión fue un verdadero asombro. Recuerdo que había un solo canal en blanco y negro. Luego llegó el segundo. Toda una revolución. También me impactó mucho la llegada a la luna. Estuvimos junticos en la alcoba de mis padres viendo el descenso de Neil Armstrong y  Michael Collins. Esa noche no dormí. Recuerdo que imaginaba a Aldrin entre la nave Apolo 11, esperando a sus dos amigos. Aterrador. Quería también estar afuera. Pensé mucho en esa oscuridad y soledad eternas. Cómo sería. Leí también los Diálogos de Platón muy joven por recomendación de papá. Hablábamos mucho en el comedor de mis lecturas. La Vorágine, La María y, bueno, ya saben ustedes cuales otros libros. Jamás olvido la catalepsia de Arturo Cova. No sabía que eso podía pasar. Sufrí.

– ¿Quién lo sumergió en este mundo del intelecto?

– Sin duda mi padre Germán López Delgado. Fue mi  tutor, mi primer maestro de español y literatura. Luego fue el asombro de los libros. Ese vértigo fabuloso y estremecedor al que renuncian las personas que no leen.

– ¿Cuáles fueron los temas de sus primeros cuentos?

– Escribí un libro de cuentos cortos titulado violaciones. Lo publiqué con la Asociación de Escritores y Poetas de Risaralda que existía en aquella época. Hoy no sé qué pensar de ese trabajo. No me arrepiento por nada del mundo. Sin embargo, es mejor escribir y publicar con cierta edad, con madurez, con una formación más sólida. Que el escritor sepa muy bien qué está haciendo. Publicar joven es muy riesgoso y en algunos de ellos ha traído grandes conflictos emocionales. Los hay que reniegan de su primer libro, algunos escritores muy conocidos. No estoy de acuerdo. Pienso que hace parte del despertar intelectual, de las ganas de ser alguien en la vida, de ocupar y defender un lugar en La Tierra.   Es parte de la búsqueda sin descanso que delata al artista desde su niñez y juventud. Hay que ir despacio. Escribir un libro que va a terminar en una apropiación histórica y social no es un juego. Exige mucha responsabilidad intelectual y artística.

– ¿Siempre fue un motivador en los Centros Culturales del colegio?

– Sin Duda. En el Colegio Salesiano de Dosquebradas donde estudié y  me gradué, tuve incluso una cartelera ubicada en lugar estratégico donde pegaba todos los lunes artículos que recortaba los fines de semana de El Tiempo y El Espectador. En esa época era la actividad preferida los fines de semana, creo que de todos los colombianos que sabíamos leer. Hoy no vale la pena. Es muy pobre lo que se publica. Se estimula la ignorancia y la ausencia de criterio. Se busca una sociedad acrítica, amorfa, sentenciada a la pena de muerte ideológica. El no pensar como una categoría filosófica, como un estado general y cataléptico de la nación.

Recuerdo que se me  iba todo el domingo leyendo esos dos periódicos. De ellos aprendí mucho.

Estuve vinculado también al periódico institucional del colegio, Palestra Estudiantil. Ellos lo pagaban. Fueron muy generosos. Hubo por supuesto algunos choques ideológicos con los curas pero finalmente resistieron nuestras andanadas contestatarias y rebeldes. Nos aguantaron.

– ¿A qué edad decidió que su mundo iba a ser el de las leyes y las letras?

– Lo de las letras fue muy temprano. Quería ser escritor. Mi adolescencia fue de un romanticismo enervadamente maravilloso. La pasaba horas leyendo. La Ilíada, La Odisea y, el Fausto de Goethe que me marcó. De suerte que en mi casa siempre tuve pieza independiente. Nadie me perturbaba.

Esta entrevista me ha resultado interesante porque me volvió a meter al túnel de mi pasado que creía olvidado y superado. Qué mentira tan enorme. El pasado siempre nos persigue. A veces como férula que nos flagela, a veces como alegría. Es de todas maneras una carga sobre la espalda, en unos muy pesada, en otros, liviana. Pero bueno, sigamos. Cuando terminé bachillerato quería estudiar filosofía o antropología. Me dijo con solemnidad  mi padre: Esas profesiones son hermosas pero te condenarán a ser un educador asalariado y tú tienes una personalidad bastante independiente. Estudia Derecho que tiene mucha filosofía y antropología y así podrás escribir y  tener tu oficina de abogado para que nadie te joda. Así fue. Me matriculé en la Universidad Libre y terminé.

– ¿Por qué decidió hacer una revista cultural?

– Desde joven sentí fascinación por las revistas y periódicos. Supe además que un número significativo de escritores tuvo revistas y publicaciones periódicas de la mayor importancia, donde acrecentaron su formación intelectual y mostraron sus creaciones literarias. Escribía hace muchos años notas editoriales en diversos periódicos de Colombia que firmaba con el seudónimo de Mefistófeles. Pues bien. Estando de Jefe de redacción del diario La Tarde de Risaralda, del cual estuve encargado de  la dirección en varias oportunidades, tomé la firme decisión de renunciar para fundar la revista Mefisto y dedicar el otro tiempo al litigio. Eso ocurrió en el año 1985. Cuando salió el primer número con carátula del maestro Jesús María Calle, la editorial me entregó cinco ejemplares y fue tal la emoción y la tomada de aguardiente que las voté. Ya imagina cómo desperté. Estuvo conmigo ese día mi amigo, poeta y filósofo, Jaime Grajales, que se suicidó tiempo después sin decirme nada dejando en mi corazón terrible dolor.

– ¿Cuáles fueron las primeras propuestas de Mefisto?

– La misión era mostrar escritores y tener donde escribir con independencia, sin censura, con libertad. Nació además con un Consejo Editorial formado por Eutiquio Leal, Jorge Eliécer Pardo, Álvaro Luis López Velásquez y Jorge Consuegra. No quería equivocarme, la idea era publicar textos y expresiones plásticas de alta  calidad. Su primer nombre fue Revista Mefisto de Literatura Latinoamericana. Obvio que estaba influido por el boom, por Cortázar, Borges, Octavio Paz y, la propuesta continentalista de Leopoldo Zea, José Martí y demás pensadores y  poetas que preferían hablar de Indoafroamérica. La puse Mefisto por mi seudónimo periodístico de Mefistófeles, mi lectura de la obra del alemán Goethe y la presencia universal de nuestro Continente, de América Latina.

– ¿Cuáles han sido los mayores obstáculos que ha encontrado para seguir produciendo la publicación?

– Son tantos que no vale la pena hablar de eso. Todo en la vida tiene un precio. Yo lo he pagado. Mefisto sigue más viva que nunca y esa es mi mayor satisfacción. Soy consciente de la ignorancia que daña el perfume de las mañanas; de la tacañería tartufiana de nuestra burguesía; de la indiferencia del establecimiento con la cultura. El llamado Ministerio de Cultura no ha sido más que un excelente negocio para un reducido grupo de señoras ricas, además de feas. El tráfico de influencias entre ellas es verdaderamente escandaloso. Es un antro de corrupción, exclusión y desprecio por el pueblo. Todas fungen de grandes conocedoras del arte. No gustan de lo abstracto sino de bodegones y  paisajes. Eso dicen en sus entrevistas.  Se adueñaron de los museos importantes del país y  de otras instituciones para robarse todo.  Así que el camino es muy largo para llegar a  encontrar los senderos que llevan a la civilidad verdadera, a la ciencia, el arte y la cultura y, sobre todo, a la inclusión. Esos asuntos los tengo bastante claros. No hablemos tampoco de  la pobreza de nuestras gentes incapaces materialmente de comprar cultura, de acceder a un libro o una revista.  Confío desde luego en la nueva Colombia que se anuncia, en la paz, en la superación de la pobreza y la imposición de nuevos valores éticos; en la sinceridad del gobierno y de las Farc.

– ¿Cuáles han sido los mayores logros de la revista?

– Lo sintetizo diciendo que hemos aportado a la vida de Colombia, a su democracia, al mundo del arte y la cultura.

– ¿Tres décadas son todo un tiempo de maravillosas experiencias?

– Son una vida.

– ¿Qué proyecto tiene para la revista en el año 2015?

– Que siga caminando, buscando como un Dios que no descansa ni se fatiga; que muestre con toda claridad que se trata de Mefisto; que siga iluminando nuestros días.

Share Button