lunes octubre 26 de 2020

Dos amigos que escriben

Por Augusto León Restrepo

Bogotá, 03 de junio_ RAM_ Un colaborador de este diario digital, Carlos Mario Vallejo, hace unos dos meses, le hizo unas preguntas a Eduardo García Aguilar, escritor manizaleño, periodista, poeta, radicado en París y le pidió que se las contestara por escrito. García Aguilar le contó que se había machucado un dedo y que se las respondería de viva voz. Hasta aquí, nada de particular creo yo. En el reportaje habló sobre su novela Ifigenia, que todavía no ha llegado a los estantes de las librerías colombianas, ambientada en Manizales, de lo que está leyendo, y describe el paisaje envidiable que otea desde su apartamento en el que se destaca la Torre Eiffel, la cúpula de Los Inválidos, que cubre la tumba de Napoleón, el Panteón, monumento mortuorio que aloja los féretros donde reposa la memoria de personajes icónicos franceses como Zolá, Rousseau, Malraux, Víctor Hugo, cuyas obras devoraron los afrancesados intelectuales manizaleños de la vieja guardia, y contemporáneos como el mismo García Aguilar y Hernando Salazar Patiño, a quien me lo imagino solemne y discursivo perorando desde el balcón privilegiado del primero, hace cerca de un año, cuando fue huésped del autor de Ifigenia.

Eje 21 tituló la entrevista «Eduardo García Aguilar se ha machucado el meñique», lo que me dejó patidifuso. ¿Qué importancia tiene este percance del escritor, tan pequeño como su meñique?. Como es obvio, en lo de pequeño no me refiero al escritor sino al percance, a su dedo. Y no sé por qué, o si lo sé, lo recordé hoy al empezar a escribir en mi computador. No hay un sentido de indefensión más grande para quien escribe por oficio o por vocación, que un accidente que inmovilice los dedos, las manos, los brazos. De manera que el titular aparentemente anodino, tenía todos los visos de una tragedia. De una gran Tragedia, sí señor. En alguna ocasión yo fui víctima. Debía presentar mi tesis de grado como Doctor en Derecho (aun cuando se rían, así reza el Cartón que me entregó la Universidad de Caldas), y me caí de una mula y me fracturé el radio y el cúbito y ahí fue Troya. La paciencia franciscana de mi hermana Luz Marina, que mecanografió mis apuntaciones orales en su Remington, me permitió cumplir con el requisito académico de la tesis. Gracias de nuevo Luz Marina por los favores recibidos.

Pero el cuento es el siguiente. Tengo varios amigos, a quienes admiro y quiero, que, desde hace años, con disciplina espartana, le han dado salida a su represada vocación de escritores. Y a quienes he estado en mora de resaltarlos y exponerlos ante los lectores y decirles en público, que apenas ahora les he podido meter el cortapapel a sus páginas para perderme en sus prosas. A dos de ellos me voy a referir, no sin antes confesar que es difícil aludir a los escritos de aquellos con quienes he compartido largos almuerzos, bohemios whiskys o capuchinos señoriteros en las frías tardes bogotanas. Y a quienes les adivino la frustración si se hubieran lesionado los meñiques, o las muñecas o los brazos, que les hubiera impedido juntar letra por letra y haber dado a luz el fruto de sus imaginativas vivencias y experiencias.

El primero, quien firma sus libros como Litz Henry, que no es otro que un señor mayor ya, grato contertulio y hombre de mundo, Litz Henry Marín Villegas, nacido en Santa Rosa de Cabal pero avecindado en Manizales y Bogotá y conocido por sus ejecutorias como empresario y emprendedor de todas las horas, una especie de «azucenito» manizaleño, miembro de juntas y viajero impenitente por los continentes a congresos y zafarranchos capitalistas, y en cuya cabeza deben bullir sus neuronas a mil, tal es el desborde de su imaginación y de su facilidad para dibujar mundos surreales.

Lleva publicadas con despliegue de buen gusto editorial cinco o seis obras, tres de las cuales las ha titulado como Ciudad Pincelada, que si bien las presenta como de ciencia ficción, son un compendio de temas y personajes de alucinante diversidad. Católico manifiesto, o cristiano militante, abunda en reflexiones de moralidad, pero también libertarias y eróticas, teologías de bachiller e ilimitadas exposiciones sobre el gobierno de las ciudades, hasta con visita del Dalai Lama a la urbe imaginada. Supongo que como leyó que García Márquez trajo al Papa Romano para los funerales de la Mama Grande, pues Litz Henry se sintió autorizado para trastearse al Dalai Lama. Válido de toda validez.

Al consultar la lista de sus personajes y sus características, ya se podrá suponer la dificultad para encasillar el estilo y el manejo literario de los temas que aborda Litz Henry. Desfilan con sus respectivos roles, médicos, biólogos, industriales, sacerdotes, terroristas, filósofos, gitanos, ingenieros, burócratas, urbanizadores, policías, empleadas domésticas, casquivanas, románticas, que deambulan y proponen sueños irrealizables e interactúan dentro de un original desorden. Porque lo que escribe Litz, es original y auténtico. Y esa es la gracia de sus obras. En letra de imprenta también están dos novelas cortas, «El Señor», y «Tener que estudiar, será cosa del pasado». Ojalá encuentre lectores inquietos por lo que se sale de lo común. Como su trabajo no está en las librerías y Litz se encarga de distribuir sus obras, aquí va su correo electrónico para que lo contacten: [email protected]

El otro es Iván Mejía Jaramillo, de Manizales, con quien compartí pupitre desde la primaria hasta terminar bachillerato en el Colegio Arquidiocesano de Nuestra Señora, en 1958, y con quien me reencontré en Bogotá después de muchos años de haberle perdido su rumbo. Funcionario de petroleras, caminante por toda la geografía colombiana, viajero por lejanos países, matemático, químico y físico baquiano, buena vida, insular en su pensamiento, alguna vez le oí que fue soldado en Vietnam. De la generación duquista de los abuelitos, también como Litz Henry editó en su ya mayor edad por su cuenta y riesgo un par de libros que hizo llegar a sus amigos y cercanos. Sus títulos «Introducción al conocimiento y disfrute del vino» y «El Juego de la Vida».

Ambos libros los pueden adquirir por Amazon Books. Y sé que se van a sorprender una vez asuman su lectura. Es sabido que el vino no figura dentro de los licores de más consumo en Colombia. Y en la región cafetera no es fácil pasar del Aguardiente Cristal o de la Cerveza Póker para acompañar almuerzos y comidas a jugos de uva fermentados para adelantar pláticas serenas e inteligentes. Los conocimientos de enología de Mejía Jaramillo son fruto de las notas recogidas en las catas en que ha participado y que ha querido difundir en un lenguaje sencillo, sin pretensiones, pero con un acopio de información tal sobre todo el proceso del vino desde su origen y cultivo, las variedades de uvas, la correcta apreciación de sus cualidades, los buenos modales para su degustación, que después de leer lo de Mejía, ya no lo van a descrestar a uno con facilidad los que ostentan ser veteranos sommelieres.

Y su Juego de la Vida, es un amable y entretenido viaje por su existencia, a través de la prolija recordación que acopió Iván desde su infancia hasta la edad de ahora, cargada de anécdotas y experiencias personales, «algunas chistosas, otras tristes y aunque también las hay banales, así mismo las hay trascendentales», como narradas entre amigos alrededor de una mesa de café según lo expresa desde Alemania Mónica Mejía Valle, una de sus hijas. Y en efecto, es tan llano el lenguaje, tan coloquial, tan fácil y sencillo, que en un par de horas se despacha su contenido. Lo que habla muy bien de su autor y de su estilo peculiar, ameno y entretenido, tan diferente de la engolada literatura que hoy campea por editoriales y librerías de los cenáculos literarios, excluyentes y descalificadores. Aireadas y refrescantes son las páginas de Iván Mejía. Y creo que cumplieron su cometido, como fue ejercitar su memoria admirable, y comprobar que su agitado periplo vital no fue inoficioso ni vano.

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