¡Oh confusión, oh caos!

Por Augusto León Restrepo
Algunas reflexiones se me han ocurrido en éstos días de agitación y de olas fluctuantes en la opinión pública. Quienes disfrutamos con el ejercicio periodístico de ofrecer columnas en los medios de comunicación como éste, Eje 21, que nos ha abierto sus páginas digitales para que, con libertad y sin cortapisa alguna, expresemos nuestros criterios sobre los más diversos temas que afloran en el discurrir de la sociedad de la cual hacemos parte, pasamos las duras y las maduras para obtener unos encabezados, que cautiven la atención de sus posibles «clientes» y los amarre hasta que concluyan su lectura.
Máxime en el caso de quien éstas líneas garrapatea, que en su ya largo y extenuante camino, ha pretendido, al canto, es decir, en el momento, en la actualidad, dar su propio testimonio sobre hechos o acaeceres que le han atraído, turbado o perturbado su atención, sin pretensiones de «influencer» ni mucho menos de representar ideologías, credos, directorios, clubes, consumidores, rotarios, leones, kiwanis o algo parecido, a los que dejé de pertenecer desde hace algunas décadas.
Lo que no quiere decir que carezca de convicciones, porque las tengo y son firmes y aceradas, coraza que hace parte integral de mi naturaleza corpórea, de hueso y espíritu. Yo me represento a mí solito, me regocijo con mis propios aciertos, me duelo con mis errores y contradicciones, me felicito y regaño yo mismo, y paso de lo más bueno, en ejercicio del oficio más bello del mundo, el periodismo, afirmación, que desde luego no es mía y que se la atribuyen en primer término a dos entrañables maestros, Albert Camus y Gabriel García Márquez.
Lejos de mí la soberbia, que parecen insinuar las anteriores frases. La inspiración de ellas, es la sensación que padezco, que no padecía desde hace años, de haber sido arrollado por los acontecimientos que vivimos en nuestro país y en el mundo, que han acelerado mi propia confusión y conducido a falta de claridad en el juicio, entendiéndose éste como lo define el diccionario de la RAE en su primera acepción: facultad por la que el hombre puede distinguir el bien del mal y lo verdadero de lo falso. Carencia de juicio es lo que me afecta. Dificultad absoluta para llegar a su puerta. Mejor dicho, no saber uno, con certeza, ni donde está parado.
Abro los periódicos, la prensa, al amanecer del viernes, o sea ayer, y que me encuentro: Colombia y el mundo disparatados y en términos generales, lo mismo que antes. O peor. Ni vestigios del hombre nuevo, solidario, con ganas de vivir, pos pandémico, anunciado con juegos artificiales por los optimistas redomados, entre quienes me sumo. Ególatras del primer, segundo y tercer mundo, para quienes lo único que les preocupa es la imposición de sus adánicas proposiciones o por lo menos el exponer sus vesánicos delirios; el drama de muertes inútiles en las guerras de todos los meridianos; la naturaleza inclemente, con veranos y lluvias letales en los continentes; los países en manos de las mafias mercantilistas y de los extorsionistas armados, con territorios y leyes propios. Mejor dicho, el mercado abierto que exhibe toda clase de distopías, que abruman y deprimen.
Uno, frente a su máquina productora de caracteres, dando la pelea por aclarar el agobio de que es víctima. Y sin saber a éstas alturas, por qué ha escrito lo anterior, que debía habérselo guardado para sí mismo. Conclusión: lo necesitaba. Fue la única forma para desbloquearme, para comunicar a los pacientes y anónimos corresponsales, que la brega por seguir con el hilo que me ata a ustedes, continuará, porque el caos ha servido de acicate inspirativo. Me ahorré el diván, al menos por unos pocos días. Hasta cuando convivir con el caos y su consecuencia, la confusión, o develarlos, me permitan retomar la sindéresis y el raciocinio correcto. Hasta pronto, supongo.


