¡Qué rico ser rico!
Tener no es un pecado. Tener mucho sin irradiar prosperidad puede ser cuestionable. Pero tener por haber metido mano en recursos públicos es otro nivel.
Por Gustavo Gómez Córdoba
Hablar de ricos y de pobres es delicado. La injusticia suele campear al transitar dichos terrenos. Casi siempre con la obligada lapidación de los ricos y una exaltación sin miramientos a los pobres, haciendo caso omiso de que hay ricos buenos y malos, y pobres buenos y malos. Se sufre más siendo pobre, obvio, y por ello es inevitable tener simpatía por el que poco tiene y cuestionar al que todo lo tiene.
El asunto reviste complejidades incluso desde que se verbaliza, pues todas las palabras para eludir hablar de “pobres” (menesterosos, miserables, desposeídos, desgraciados, infortunados) suelen ser tan incómodas como las que se usan para hacer lo propio con los “ricos” (acomodados, potentados, opulentos, oligarcas). ¿Determina el nivel de recursos preferencias ideológicas?
Dice la sabiduría popular que toda persona es comunista hasta que se gana la lotería. Tan certero el célebre recto de derecha oral de Pambelé (“es mejor ser rico que pobre”), que ni el comunismo está en contra de la riqueza. El comunismo cuestiona a quienes detentan los medios de producción y busca la abolición de la propiedad privada de dichos medios para llegar a una sociedad sin clases. No hay enemistad, entonces, con tener cosas, bienes o dineros (inevitable pensar en aquello de que “la Iglesia condena el pecado, pero no al pecador”).
La realidad, más allá de panfletos y verborrea de tarima, confirma lo único que termina pasando con la llegada del comunismo al poder: un cambio de élites. Los ricos de siempre quedan entonces obligados a compartir espacio con los “nuevos” ricos. Pero los pobres suelen seguir siendo pobres: se les mantiene en UCI ideológica y, por sonda, les aplican subsidios para mantenerlos respirando. Como dijo Gustavo Petro hace unos años, completo y entre comillas, para no sacarlo de contexto: “la izquierda, llamémoslo así, se identifica con superar la pobreza, es decir, que los pobres tengan. Y cuando los pobres dejan de ser pobres y tienen, entonces se vuelven de derecha”.
Supone uno que la ya mencionada inconformidad con aquellos que controlan los medios de producción es responsable de que, en cuatro años de “cambio”, no conozcamos sólidas empresas fundadas por progresistas. Por el contrario: los virulentos ataques al empresariado han marcado estos tiempos de notorio revanchismo y resentimiento como bandera pública.
Con aquello de no generar empresa, el progresismo se libra, además, de escenarios incómodos que requieren de dedicación y compromiso: honrar nóminas quincenales, transformar materias primas, pagar prestaciones, tributar sobre lo producido, prevenir riesgos laborales, cancelar cesantías, dar vacaciones, encargarse de extras y recargos nocturnos, endeudarse con la banca o responder por licencias y permisos. Es que generar actividad empresarial y comercial es algo en que el progresismo no fracasa sencillamente porque no le interesa tal aventura.
Siempre es más fácil repartir subvenciones, que en apariencia son benéficas y expeditas, pero que, como se ha comprobado hasta la saciedad, acercan las sociedades al abismo: desestimulan la búsqueda de empleo; relajan a la gente, que pasa de usar las manos para ganar el sustento a estirarlas para que papá gobierno suelte unas monedas; son campo fértil para incrementar los gastos del Estado; generan dependencia y, en últimas, alteran las reglas que el mercado necesita para funcionar. Irónicamente, el progresismo ha resultado exitoso en la tarea de parir aquello que tanto aborrece: ricos.
Y los hemos visto aflorar en los últimos años, pero con especiales características. Ricos asilados y con circular de la interpol; ricos que no corren riesgo diferente al de la gestión del riesgo; ricos libres por vencimiento de términos; ricos que en público cuestionan los hidrocarburos, pero en privado saben ordeñarlos; ricos mega contratistas, con aroma a romero; ricos a la sombra de puertos en Pitufilandia; ricos geométricos, que ya lo eran, pero lo son más gracias a la aplicación de principios euclidianos; ricos en oro y sangre que fungen de gestores de paz; ricos amigos de primeras damas jubiladas; ricos delfines que comenzaron a nadar en ciénagas de oro… y una larga lista que incluye hasta catalanes, en un festival de la opulencia que no conoce de fronteras o pasaportes.
Gran diferencia, en Colombia, entre los ricos de antes y los de ahora es que los ricos de la nueva generación han amasado sus fortunas exclusivamente a partir de los dineros públicos. Ricos recién horneados que se han forrado en billete sin mover un dedo, sin que les corra sudor por la frente, sin enfrentar las cargas que implica la función comercial o empresarial.
Ricos cuyo mayor esfuerzo es sacudir las ramas del Estado para tomar sus jugosos frutos. Ramas de un árbol que no plantaron, ni regaron, ni podaron. Ricos, estos sí, acomodados y de vida muelle. No ricos generadores: ricos chupa sangre. Porque, como se dijo en un principio, hay ricos buenos y ricos malos. Ricos que con su riqueza mueven al país y ricos que en el país se mueven como sanguijuelas.
No es idea de esta columna abogar por los ricos o tratar de que se les perdonen los pecados que históricamente también han cometido en Colombia. Valdría la pena, eso sí, que se usara el mismo rasero para medirlos (¿ricos “raceristas”?) y podamos tener la entereza suficiente de no meter a todos los que mucho tienen en el mismo costal. Eso es demagogia. Y pocas cosas tan costosas como el populismo barato.
En plaza pública, el presidente hablaba del rico Epulón y del pobre Lázaro, justo cuando cuestionaba a los congresistas que se habían opuesto a la reforma laboral. Ojalá responda él siempre por los bien cebados epulones que su gestión nos deja y que deberían, cuando les toque la prueba de pasar por el ojo de la aguja, ir derechito a la misma paila en que hierve hace siglos el bíblico Epulón.
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Retaguardia. Adelante, síganse dándose trompadas y sacándose los ojos. Hay alguien con apetitos napoleónicos que no va a interrumpirlos mientras se destripan.
(Publicado en El País América, 20/05/26)





