Cuando la muerte avisa… asusta
Esteban Jaramillo Osorio
Cuando tiembla la tierra, el miedo no respeta. Sacude por igual al poderoso y al humilde. Derrumba paredes, quiebra emociones y certezas durante segundos interminables.
Tras el terremoto, la mente trabaja con la fuerza. No es solo correr, es ayudar, es gestionar, es como en el futbol, saber jugar.
Primero llega la crisis, después la calma nerviosa en la que se escucha el ruido de los que buscan y los gemidos de los que luchan por la vida.
Las estridencias de los medios que transmiten las desgracias, como un evento deportivo en el que interesa más el escándalo que la decencia y la prudencia.
La calamidad que hace “pobres a los ricos” y más pobres, a los pobres.
Y llegan las ayudas. Y aparecen los solidarios. Los de corazón limpio y los interesados y oportunistas. Los que hacen negocio con el dolor ajeno. Los que convierten la desgracia en mercancía, las donaciones en botín y la tragedia en una oportunidad para llenar bolsillos.
Como en la catástrofe de Armero. Durante días fui presentador por turnos, juntos a mis colegas de los noticieros, en una alianza solidaria, en Unicentro en Bogotá. Trabajaba para TV Hoy, el mejor informativa de la época.
Las bodegas se llenaron de alimentos que llegaron desde distintos lugares de Colombia y el exterior. Perecieron en el abandono por ausencia de gestión en la crisis.
Llegó el dinero amigo de desde lugares lejanos, de países poderosos. No siempre marchó por el mejor camino. En una sociedad en la que el honesto es idiota y algunos insensibles gobiernan.
Pero hubo celeridad en la reconstrucción. Resiliencia pura.
Esta vez, en el último terremoto, como siempre ocurre, los héroes salieron de la nada, los gregarios que pelean con rabia, frente a la furia de la naturaleza.
Como “pablo pueblo”, los hijos anónimos de la calle, los que saben que es miseria y que es el hambre, con el overol puesto, buscando sobrevivientes.
Bomberos y médicos. Policías y soldados y rescatistas sin horario, sin sueldos, sin esperar reconocimientos.
Con tapabocas empolvados, a prueba sus pulmones. No les pesaban las piernas. Sus mentes dominaron el cansancio.
Ayer caímos, hoy nos levantamos. Las cicatrices se borran, la historia y la tragedia enseñan. Esteban J.



