viernes noviembre 6 de 2026

EL OJO DEL HALKON

Colombia: entre el caos, los escándalos y la esperanza

Por Rubén Darío Mejía Sánchez

No había querido escribir anteriormente para dar un compás de espera al nuevo gobierno de Abelardo De La Espriella. Estamos acostumbrados a conceder los primeros 100 días de gracia a todas las administraciones nuevas, pero esta ha sido totalmente diferente. El periodo se inició con un terremoto que devastó a tres departamentos y otros sectores del país, sumado al hallazgo de que las arcas del Estado estaban totalmente vacías, según el informe de quienes hicieron el empalme con la administración saliente de Gustavo Petro Urrego.

La situación económica es bastante complicada: hay crisis en la salud, problemas para pagar las pensiones y falta de liquidez para cubrir una serie de gastos estatales obligatorios. A pesar de todo, el Gobierno ha tomado la determinación de hacer recortes en diferentes dependencias de la administración pública para conseguir el dinero necesario y responder a sus obligaciones.

Por otra parte, el apoyo económico que el Congreso de la República le puede brindar al Gobierno es limitado debido a los constantes enfrentamientos políticos. El presidente De La Espriella no es de los que se mueve por el clientelismo tradicional, sino que se enfoca en la gestión administrativa; por lo tanto, si no se logran acuerdos políticos, el panorama se torna bastante delicado.

A esto se suma una oposición radical a la que parece no importarle la situación del país, cuyo único objetivo es derrocar al mandatario, a quien no reconocen desde antes de que concluyeran las elecciones. El jefe de la oposición, Iván Cepeda, parece desorientado; se ha limitado a declarar que no reconoce al nuevo presidente de Colombia bajo el argumento de que De la Espriella es ciudadano americano y que supuestamente entregará los recursos valiosos del país a la nación del norte. Esto no es cierto, y menos ahora cuando se evidencia que, en materia de seguridad, abundan las bandas de delincuencia común y los grupos alzados en armas que solo siembran el caos. Esta hostilidad es fomentada en internet por seguidores de Petro, quienes creen que desestabilizar el orden público es la vía para sacar al presidente y recuperar la Casa de Nariño, a pesar de haber perdido las elecciones pasadas, aunque fuera por un margen estrecho.

Es mucho lo que se ha descubierto: dineros perdidos en diferentes dependencias por los que nadie responde. Los funcionarios se culpan unos a otros, mientras que el expresidente Petro asegura que entregó el país con las deudas saneadas y que todo se reduce a una persecución política sin fundamento. Sin embargo, cualquiera con un poco de conciencia se da cuenta de que al país lo saquearon y lo administraron de forma deficiente durante los cuatro años del periodo anterior. Quiero aclarar que no soy petrista ni de la espriellista; simplemente soy un periodista y, en este momento, un columnista que dice las cosas como son.

El presidente De la Espriella se ha dedicado a combatir la delincuencia, logrando importantes capturas y bajas en sectores criminales, lo que enciende una luz de esperanza para convivir en paz en una nación que ha padecido la guerra por más de 70 años. No obstante, las críticas arrecian. Se cuestiona el manejo de los dineros recolectados para los damnificados del terremoto, e incluso se ha intentado salpicar a la primera dama acusándola de quedarse con fondos, aunque la ciudadanía sabe bien que eso es falso y que el despacho presidencial ha trabajado de manera legal. Lo grave no radica solo en la mala gestión de Gustavo Petro, sino en que todavía hay mucha gente que lo sigue con los ojos cerrados, negándose a ver la realidad y pretendiendo que todo se resuelva por la vía de la violencia.

Aun así, al expresidente Petro le estalla ahora un escándalo mayúsculo por la presunta compra de favores sexuales mediante contratos estatales. Las autoridades adelantan las investigaciones y, de demostrarse la veracidad de las acusaciones, el escenario sería sumamente complejo no solo para él, sino para la credibilidad institucional del país.

Colombia transita de escándalo en escándalo, y resulta aterrador ver cómo algunos sectores del periodismo prefieren militar en un bando u otro en lugar de informar con la verdad. Lo que la nación necesita es una prensa sincera y objetiva que cuente los hechos como ocurren para no desorientar a los ciudadanos, mostrándoles el camino a seguir.

La tarea de sacar adelante al país debe ser colectiva. No depende únicamente del presidente, sus ministros y colaboradores, sino de cada uno de los colombianos. Debemos priorizar el bienestar nacional en lugar de apostarle al fracaso y a la destrucción de lo bueno que hemos construido durante años. Estaremos pendientes de lo que suceda, haciendo votos para que en una nación como Colombia —donde la gente buena supera por mucho a la mala— la institucionalidad y la paz terminen prevaleciendo.

Finalmente, el Congreso de la República intenta avanzar, pero lidia con algunos senadores y representantes primíparos que parecen no saber dónde están parados; creen que mediante las manifestaciones y el caos se logran los cambios. Son jóvenes con futuro, pero si no reflexionan y modifican su actitud, no llegarán a ninguna parte.

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