«La conjura de los pelmas»

Por Augusto León Restrepo
Lo que escribe Irene Vallejo, en sus libros y en sus columnas periodísticas, para mí es imperdible. Tengo, al lado de El Amor en los Tiempos del cólera, de García Márquez, El infinito en un junco, de la Vallejo, que nada tiene que ver, por su temática, un libro con el otro. Pero no sé por qué he comenzado así ésta columna. O tal vez sí. Porque me da pie para perder el miedo a la hoja en blanco y enfrentar el desarrollo de la columna semanal para Eje 21, que en ésta ocasión me es, de manera especial, ardua y penosa.
La idea inicial era glosar el artículo de la escritora y filóloga española, «La conjura de los pelmas», publicado en El Espectador de Bogotá el día 1 de junio del presente año, en que, con base en sus conocimientos de los romanos y de los griegos, trae al tiempo de ahora las intervenciones de sus actores de la vida pública, llámense presidentes, o parlamentarios o aspirantes a serlos en un futuro próximo, candidatos y políticos, que ella adjetiva como pelmas. Si vamos al diccionario, pelma es , en forma coloquial, persona molesta, fastidiosa, inoportuna, tarda en sus acciones. O también, pesado, cargante, latoso. Sinónimo, bien puede ser, pelmazo.
Pelmazos cunden en la palestra democrática. Son aquellos que aparecen en medio de multitudes o de grupúsculos aplaudidores, y sus discursos son previsibles. Practican lo que Irene Vallejo califica como la «insistencia obsesiva» : «Con demasiada frecuencia los políticos practican la insistencia obsesiva, olvidando que, en el debate público, se intenta agotar los temas pero no a la ciudadanía. Desde hace milenios recurren a frases trilladas, argumentarios que calcan y recalcan en cada comparecencia». Parece que Catón daba cartilla: «Catón se ha convertido en el símbolo de los lideres que martillean con sus eslóganes, como si la reiteración implicase tener razón, como si pudieran persuadirnos a fuerza de aburrirnos». Y repiten y repiten, hasta convertir sus palabras en un zumbido de insecto empedernido. «Existe una misteriosa tendencia a asaltar al prójimo con discursos moscardones».
Iba a proseguir la columna sobre éste tema, cuando recibí una llamada en que me informaban que el senador y candidato a la presidencia de la república de mi país, Miguel Uribe Turbay, fue víctima de un atentado criminal que lo tiene al borde de su muerte. Conmueve y estremece éste abominable e incivilizado acto, que avergüenza y enloda el desarrollo de la incipiente campaña electoral que pretende renovar el manejo del Estado en sus ramas ejecutiva y legislativa en el año 2026.
Entonces el giro se hizo ineludible. Les cuento. El sábado 7, después del atentado, estuve hasta altas horas de la noche, a la espera de la alocución del primer ciudadano del país Gustavo Petro, con la expectativa de que diera norte al país y amainara la luctuosa tempestad ocasionada por el hecho sangriento de que fue victima el parlamentario Uribe Turbay . Pero confieso que fue un trago amargo digerir sus palabras. Como lo fue, el leer su trino inicial , el de las seis de la tarde del sábado en su X. Y sus posteriores intervenciones, que en vez de servir de brújula, han contribuido al desconcierto y a la frustración del ánimo reconciliatorio que buscamos como súplica los colombianos. Sus reiteraciones desafiantes en contra de sus opositores, sus descalificaciones regresivas, sus hirientes retóricas, son inoportunas, molestas, fastidiosas, pesadas y latosas. Resuenan, como el ruido de un ejército de moscardones. O como «la insistencia obsesiva», que desdice de quien se precia de sembrar sus idearios y propuestas en las lejanías siderales y hasta más allá.
Irene Vallejo trae en su artículo al que hemos aludido, una cita del filósofo Zenón de Citio, especie de consejo que nos convendría poner en práctica. Dijo el griego: «tenemos dos orejas y una lengua, para oír mucho y hablar poco…Quizás la auténtica sabiduría consista en escuchar mejor antes de lanzarnos a hablar, porque nadie parece darse cuenta de cuándo resulta pesado.» Esto suena interesante, Señor Presidente Petro.


