¡Fuerza Colombia!

Por Augusto León Restrepo
Se sacuden los cimientos constitucionales del país. La agitación es manifiesta. Una cierta sismicidad jurídica invade el opinadero nacional. Hoy más que nunca resulta cierta aquella respuesta que le dió Gilberto Alzate Avendaño a un juez de Manizales, cuando fue detenido e indagatoriado por haber patrocinado una huelga de choferes en el mes de octubre de 1943, quien, a la pregunta del togado sobre su profesión, éste respondió: » Soy bachiller y doctor. Abogado. Todo el mundo lo es en este país, mientras no se demuestre lo contrario».
En la semana que termina la tinta que se ha derramado sobre temas jurídicos, inspirados por acontecimientos políticos del caletre de Gustavo Petro, corre a raudales. Gracias al presidente de todos los colombianos, miles y miles de ellos, que en cultura cívica no son los más adelantados, se han empezado a interesar en que es el Estado, sus diversas ramas, la independencia de cada una, la norma constitucional y el amparo de su integridad, la institucionalidad y la defensa del contrato social al que adherimos, plasmado en la Constitución y cuyo cumplimiento estricto nos permite vivir como nación organizada. Constitución, que debería esgrimir en sus manos el presidente Petro, en vez del lápiz señalador o de las banderas de guerra y muerte. Y en democracia, el menos imperfecto de los sistemas de gobierno.
Esta democracia que nos ha permitido, hasta el momento de ahora, elegir por sufragio universal al presidente de la república, a los congresistas, diputados y concejales. Posesionar al elegido como jefe del gobierno y de sus fuerzas armadas y controvertirlo en extenso, con micrófonos y prensas sin bozales, sin detenciones arbitrarias decretadas por quien manda y con respeto por la libre expresión de los modernos medios de comunicación, cuyos oficiantes son gentes del común, muchas veces desfogadas en sus pasiones y odios contra quien gobierna o contra quienes tocan y censuran las diatribas y desbocadas consignas del mandarín de turno.
Es el conglomerado social en ebullición. Cuya temperatura, desde luego, se debe amainar. Y el primer procedimiento, ya lo estamos viendo, es el respeto institucional. Quienes manifestamos nuestra nítida inconformidad con las actuaciones de quien, o de quienes nos gobiernan, acudimos a los medios establecidos para denunciarlos y controvertirlos. Vamos a los altos tribunales, argüimos y razonamos, a la espera de que las providencias, en el sentido que se conciban, pongan fin a la controversia, con la fe en que no se desconozcan a la guerrera, invitando a la barricada si son desfavorables.
Quienes han dado pie a las lides judiciales, Petro, Benedetti y el advenedizo Montealegre, por saltarse a la torera limitaciones y prohibiciones de clara estirpe legal y constitucional, también han manifestado que acatan el veredicto de los jueces, en procura de mantener el espíritu republicano que ha infundido la historia colombiana, como se decía en lenguaje centenarista.
De manera, que sigamos las discusiones en el plan institucional, con los ojos puestos en las Cortes. Gran responsabilidad para los Magistrados, a quienes debemos rodear y proteger. Nunca, en la historia de Colombia, han tenido mayor protagonismo ni misión tan trascendental . El país nacional y político espera que sus luces doctrinales, nos permitan desbrozar la enmarañada realidad que nos confunde y agobia.
Post scriptum: éste domingo 15 de junio, las calles se vestirán de blanco. Fuerza, Miguel Uribe Turbay. Pero fuerza también, soldados de Colombia. Fuerza los deudos, de quienes han sido víctimas de la guerra y del terrorismo . No más toques de minutos de silencio ni de honores póstumos. Nuestra solidaridad para con nuestras Fuerzas Armadas y para con la sociedad civil y sus víctimas inocentes. Y fuerza por la Paz. En la casa, izaremos una bandera blanca.


