viernes noviembre 25 de 2022

Mas impuestos pero que ataquen la inequidad

Juan Manuel Ospina

BOGOTA, 22 febrero,2022_RAM_ Colombia, país de paradojas dirán algunos, del Espíritu Santo dirán otros; su realidad no da para menos. Un ejemplo, la distribución del ingreso antes y después de pagar impuestos es la misma por la sencilla razón de que estos no tienen ningún efecto redistributivo, y mientras, enfrentamos unos indicadores de desigualdad económica, es decir de inequidad, que deben avergonzarnos como democracia. Los índices de concentración de riqueza del país baten récords mundiales y aún latinoamericanos con un GINI de 0.525 y una pobreza monetaria que significa física falta de ingreso, del 42.5 % de la población; para rematar, la familia del 72% de los colombianos tiene ingresos informales producto de trabajos por cuenta propia o que no tienen la seguridad de un contrato formal.

Son impuestos que a duras penas sirven para conseguirle al gobierno de turno los dineros para tapar los eternos huecos fiscales, pagar su funcionamiento y, como para coronar nuestro drama de inequidad social, malgastarlos en programas y proyectos alejados de las verdaderas necesidades de los ciudadanos, entregados en unas contrataciones públicas convertidas en tómbolas tramposas, nacidas de la reducción neoliberal del Estado que pasó de ser ejecutor a contratista mañoso y terminó capturado por la mafia de los contratistas, en una nueva danza de los millones. El cambio era dizque para acabar con la corrupción pública, pero resultó peor el remedio que la enfermedad: el 92% de los colombianos tiene la percepción de que la corrupción ha aumentado.

Pero volvamos a los impuestos. La situación descrita se origina en un sistema tributario que recauda recursos insuficientes para las necesidades del país, equivalente al 20% del PIB, cifra muy inferior no solo al promedio mundial sino latinoamericano. Además, sus fuentes no impactan la necesaria redistribución del ingreso producto de la mayor riqueza producida. Se debe partir de reconocerle a la sociedad en cabeza del Estado («guardián del interés general») el derecho a reclamar su parte en ella por su insustituible aporte a la generación de esa nueva riqueza e ingresos, consecuencia de las obras y recursos acumulados socialmente a lo largo del tiempo. Se trata en pocas palabras de gravar una nueva riqueza que no solo genera el capital representado en las empresas y sus accionistas, y el trabajo realizado en la tarea productiva. Sin el aporte de la sociedad, esa nueva riqueza no existiría.

En términos de justicia distributiva, el ingreso a gravar no es el de las empresas sino el que estas distribuyen como dividendos o participaciones a sus dueños. No se trata del impuesto a la renta de las sociedades, sino a la renta de las personas percibida como utilidades e intereses recibidos. Por ello y en acuerdo con la lógica redistributiva para garantizar la equidad, además se debe regresar, como lo propone Thomas Piketty, al impuesto al patrimonio que es acumulación de riqueza socialmente producida.

Una fiscalidad progresiva debe ser una fiscalidad sencilla con un objetivo central, garantizarle a la sociedad a través del Estado, que los que obtengan mayores ingresos, tributen más. No debe enredarse con otros propósitos para fomentar u orientar nuevas inversiones o actividades económicas, estableciendo regímenes especiales, exenciones o gastos tributarios, que no logran su propósito pero sí abren agujeros para eludir o simplemente evadir los impuestos a pagar en justicia.

El tema es la decisión política que reclama nuestra aporreada democracia y vacilante economía, para realizar una reforma fiscal de fondo y no de simple maquillaje o de alcance coyuntural. Una reforma que parta de reconocer el derecho de la sociedad a recibir lo que le corresponde por su aporte a la creación de nueva riqueza, y que les cobre a las personas en proporción a lo que perciben de esa nueva riqueza. Es la famosa reforma estructural que todos anuncian en tiempos de crisis o durante las coyunturas electorales y que termina en reformitas de maquillaje o puramente puntuales. Diría que la situación actual no da más espera.

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