¿Qué tanto conozco mis emociones después de los 50?
La mañana apenas despertaba en el pequeño apartamento de María. La luz tenue entraba filtrada por las cortinas beige, y en la mesa de la cocina humeaba una taza de café recién hecho. Afuera, la ciudad seguía su ritmo acelerado, pero dentro de casa había un silencio que no era paz: era un silencio pesado, casi denso, que parecía llenar el aire con una especie de tristeza invisible.










