viernes noviembre 27 de 2020

Juan Carlos Calderón: poeta de la imagen, fotógrafo de la palabra

07 mayo, 2014 Generales

Juan Carlos Calderón, artista de la lente. Archivo particular

Ricardo Rondón Ch.

La Pluma & Herida

Tu cuerpo tumba/ como un pilar/ en el que lloro.

Juan Carlos Calderón Abaúnza, compañero de viaje en la ruta de la reportería, cuya trágica muerte se produjo en el gélido amanecer del  martes 6 de mayo de 2014, en su apartamento ubicado en el centro de Bogotá, por un absurdo accidente, una de esas zancadillas que en penumbras de escalones sortea en su siniestro juego la parca, era un poeta de la imagen y un fotógrafo de la palabra.

No en vano rotuló su blog como Fotografía y Poesía, una atractiva botica de memorias impresas en el arduo acontecer de su equipo fotográfico, un morral de viajero sin fronteras que portaba en su espalda a un ritmo maratónico de trashumancia, ávido de retos y aventuras, con un ímpetu desenfrenado de saltamontes que  no raya diferencia entre el día y la noche, la sed y la premura, la soledad y el cansancio.

Menudo en su estatura, pero con la agilidad de un ávatar y el olfato agudo de un sabueso de caza, Juan Carlos, a quien cariñosamente llamábamos ‘El Chiqui’,  exploró con vehemencia los vastos y riesgosos territorios de la reportería, primero en el desaparecido diario El Espacio, en el duro trasegar de la crónica roja, intrépido en la consecución de la foto de primera página, en las goteras de la ciudad, en las veredas marginales, en los ranchos inhóspitos donde campea el crimen y la desesperanza, y donde lobos y aves de carroña se disputan el cadáver del día.

Llegaba presuroso a la redacción a descargar fotografías, que en pantalla no necesitaban otra lectura que su propio guiño, una señal de satisfacción en sus ojillos picarones, y una carcajada de sarcasmo que rubricaba el triunfo de la jornada. No había nada que hacer al respecto: las fotos de Calderón Abaúnza eran la impronta del reportero de monte y de calle, el que se juega el pellejo para tomar el ángulo distinto y el rostro oculto detrás de la noticia, documentos que sólo son logrados por las lentes atrevidas y curadas en coraje. Por eso merecían la plana de abrir.

Cómo si se tratara de un juego de mesa, cambiaba las fichas negras de la muerte por las de los guantes de seda y glamour. Gozaba de la intuición y el tacto para escurrirse como una anguila imperceptible entre gobelinos, copas pletóricas de vino, brazos tornasolados cubiertos de brazaletes, suntuosos vestidos y copetes, naricillas respingadas y pestañas postizas,  y toda esa parafernalia cosmética del espectáculo y la farándula, para dejar impresa su crónica gráfica de la noche, etiquetada de fama, luces de neón, rostros apolíneos, canutillos y lentejuelas.

No tenía horario: en el día, oficiaba como el reportero estrella del hecho judicial. Cuando caía la tarde y abandonaba la redacción de El Espacio, se iba a su apartamento a cambiarse de indumentaria para convertirse en otro: el paparazzi de las estrellas, protagonistas de comedias, culebrones y melodramas.

Era un deleite como fantaseaba con sus fachas: algunas veces parecía un pequeño Al Capone con sus sombreros pajizos de varios colores adquiridos en el mercado de San Alejo, uno de sus paseos domingueros preferidos. Cuando iba a cubrir toros, desde el callejón de La Santamaría, se ponía  boinas y pañoletas vascas que confundían a alguacilillos, veedores y varilargueros: no se sabía si aquel personaje que ingresaba al albero con estruendosa vestimenta, hacía parte del espectáculo, o era quizás un invitado de los empresarios de la plaza que venía de tierras lejanas, en las antípodas del océano, o de “un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiere acordarme”.

Total, Juan Carlos era un artista y estaba en todo el derecho de darle rienda suelta a sus fantasías, empezando por lo que llevaba puesto.  Ni hablar cuando él era el protagonista, como lo fue varias veces con sus exposiciones de fotografía. Para destacar algunas, Safari-Bogotá, en 2011, en la galería Valenzuela Klenner, o una más reciente en un acreditado bistró del centro de Bogotá.

Porque Calderón retrataba la vida en su palpito, pero también la muerte con su horror y descarno. Así, entre esos dos linderos se movió hasta la última etapa de El Espacio, y más adelante como editor fotográfico de la revista Tv. Y Novelas. Estaba a punto de culminar una exposición en la que llevaba invertidos más de tres años: un trabajo sobre la marginalidad del barrio Santa Fe, pero con la historia de ese sector y la arquitectura republicana como telón de fondo, incluida la casa que habitó el poeta León de Greiff, que las administraciones distritales nunca hicieron nada para recuperarla (ahora mismo Calderón debe estar reunido con el honroso bardo del ‘Relato de Sergio Stepansky’, debatiendo sobre el tema).

En el nimio cuerpo de Juan Carlos también se agitaban las alas de un poeta, labor que él cometía en la soledad de su refugio, hasta cuando lo sorprendían las primeras puntadas del alba, quizás al calor de un vino, en el remate de una tertulia de amigos, en largas conversaciones de fotografía y de poesía, en esas pausas que se arrastran agotadas después de las bulliciosas fiestas de los artistas, de los estetas de la lente como él, testigo silente de su legado y memoria.

En esas ráfagas del verbo presuroso, valiéndose de mamotretos lingüísticos y diccionarios, o de una llamada al poeta más próximo tras la duda de un símil, una metáfora o un retruécano , Juan Carlos, el fotógrafo de la palabra, escribía brillantes piezas y haikus, como el que encabeza este obituario, o poemas urgentes como el siguiente:

Sácame de este encierro/ libérame de mi crueldad./ Tómame de tu mano,/ Sácame, llévame a donde tú quieras./ Enrédame con tu cuerpo./ Desvanece el hielo de mi alma/ Dame de beber de tu boca./ Sácame de este encierro/. Házme sonreír…

O un microrrelato para un domingo desesperado:

No hay algo más espantoso que ver reflejado el rostro de uno en el espejo, un domingo en la mañana. Es el peor día de la semana. Si bien los otros días hay cosas que hacer, son más llevaderos.

Mi alma abatida no tiene escapatoria: veo a través de la ventana las familias correr hacia los parques de la ciudad. La lluvia cae prolongada en este día gris. Pero a ellos no les importa, sus sonrisas están intactas. Mientras que yo espero frente a la estufa que hierba el agua para preparar el café. No hay nada más en la alacena.

Así se me pasa el domingo: bebiendo sorbos amargos.

Y qué tal esta declaración de amor:

Niña dulce,  achocolatada, hueles a caramelo/ Tu sonrisa ilumina una parte de mi camino solitario/ La clase es sólo una simple clase si no estás…/ pero si estas…/ El escenario cambia/ los clásicos dejan de ser tristes mimos/ Niña dulce, achocolatada/ Vive como lo haces ahora/ Camina como lo haces ahora/ Que yo desde mi ventana seguiré contemplándote/ Niña dulce, achocolatada/ Respira todo el aire que quieras/ Sitúate en cualquier parte del mundo/ Pero antes de todo,/ no olvides parar el tiempo de mis melancolías/ con tus caricias/ Luego sí podrás agitar tu mano en la despedida.

Calderón Abaúnza, como algún día nos tocará en turno, abandonó la parcela terrenal, pero su obra queda viva y en crescendo, porque seguramente Luna, su única hija adolescente, que siempre vio en su padre un modelo a seguir, tomará la iniciativa para hacerla perenne, con el mismo vigor y pasión que él mantuvo hasta el día en que la despiadada huesuda le arrebató sus sueños.

Se va el amigo, el compañero de muchas batallas en este oficio, el más bello pero el más ingrato de todos. Perdurará intacto su recuerdo, su risa alebrestada, su amistad, digna de enmarcar, como esas postales que él, en su voraz itinerario de reportero, dejó para la posteridad.        

Safari-Bogotá

Un click a Juan Carlos Calderón Abaúnza

Ojo avizor, vigía y centinela del acontecer, el reportero gráfico que comulga con el credo de quien ve lo que los demás no ven, es un permanente catalejo de imágenes que, a través de su cámara, le toma el pulso a la vida en su arrolladora y excitante fantasía, en su crudeza, oscuridad y desconcierto.

Es bien sabido en estas lides del daguerrotipo que hay una enorme diferencia entre el fotógrafo y el reportero. El primero se rige al objetivo visual como tal, sin advertir el marco de composición y las metáforas que circundan dicho propósito. Sin subestimar su labor, es una función mecánica, sistemática, de acción y obturación.

El reportero gráfico es un ave de alto e infatigable vuelo, un halcón peregrino si se quiere, capaz de capturar con su mirada lo espontáneo, repentino, admirable y terrible del hombre, como también los espacios y las cosas que lo rodean.

Entre esa dualidad que es la dureza y la vulnerabilidad del alma humana, se mueve. Un sólo click de su equipo fotográfico puede revelarnos sin palabras una crónica de largo aliento, y de provocar el efecto del asombro y el estremecimiento al mismo tiempo. Sólo cuando se produce ese disparo, que es el equivalente a un pestañeo, y que apenas dura un segundo, el reportero, desde su trinchera mediática, nos entrega a su antojo el libro abierto de sus percepciones, con esa poética y sensibilidad que sólo fluye del espíritu de un artista.

Y de ese fluir incesante construye su propio universo, el del cuenta cosas, notario itinerante del mundo y su palpitar, cronista silente del lenguaje visual, tribuna de la exaltación, la tragedia, el esplendor y la denuncia; un narrador sin fronteras que no distingue entre el día y la noche para zambullirse en las aguas procelosas del mar de su intuición.

En ese ritmo de navegación de largo braceo se la ha pasado en los últimos años Juan Carlos Calderón Abaúnza, un reportero que se tomó a pecho su oficio, que a cuenta gotas lleva una vida propia. El arsenal fotográfico que carga a sus espaldas lo ha puesto a prueba en las más disímiles y descabelladas aventuras en las que se debate a diario en esta manigua de hierro y concreto que es Bogotá.

Desde su puesto de combate en el diario El Espacio, Calderón recorre a su aire la cotidianidad urbana del delito y el crimen de los antros, los callejones y los recovecos donde se incuba el hampa; de las muertes y desdichas anónimas que arroja el asesinato y la impunidad, de aquellos actores de sangre fría que asaltan y matan sin piedad; y luego, con una habilidad acrobática, salta del terreno hostigante y para nada generoso de la crónica roja, a las alfombras rojas del espectáculo, la farándula y la frivolidad, como colaborador habitual de la revista Tv y Novelas, moviéndose a sus anchas entre divas y galanes perfumados, empachados de caviar y de champaña, para contar a su manera la historia cosmética y glamurosa de la vanidad: la otra cara de la moneda.

Es lo que propone Juan Carlos en esta exposición, ‘Safari-Bogotá’, por estos días colgada en la prestigiosa galería Valenzuela Klenner: la mirada íntima de una ciudad cinematográfica, rapaz, metálica, brumosa y temeraria, donde se confunde el olor a sangre con el aroma sofisticado de Chanel Nº 5; donde el eco agónico de un moribundo que ha sido apuñalado por atraco es devorado por la altisonante fanfarria de un festín que celebra el cumpleaños de una protagonista de novela; o donde una modelo suicida emprende el vuelo trágico del acabóse desde un décimo piso, en un edificio inteligente, mientras que a escasos metros una terna de nínfulas embutidas en tutú y en puntas de zapatillas de satén, ensayan el primer movimiento del ballet Cascanueces.

Calderón Abaúnza, con sus lentes, marca el diástole y el sístole de esta urbe que cantara en sus versos María Mercedes Carranza:

“La ciudad que amo se parece demasiado a mi vida; nos unen el cansancio y el tedio de la convivencia pero también la costumbre irreemplazable y el viento”.

El envés de este poema es el Safari del reportero, sólo que con el dialecto profundo y perturbador de sus imágenes.

Bienvenidos a su jungla gráfica.

Galería Valenzuela Klenner

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