sábado noviembre 28 de 2020

El nobel y el libro roto

Por: General Óscar Naranjo

No necesitamos visitantes energúmenos de Feria, sino lectores que, a través de los libros, se alejen de los radicalismos.

Lo más probable es que de su visita a la XXVII Feria Internacional del Libro de Bogotá el escritor peruano Mario Vargas Llosa se haya llevado el embrión de un personaje que puede llegar a alimentar su prolífica obra universal, exaltada en el 2010 con el Premio Nobel de Literatura.

Se trata del energúmeno y anónimo visitante de la Feria que el pasado miércoles no encontró otro argumento distinto que el de la violencia para exteriorizar su discrepancia política con el ilustre visitante.

Tras increpar al nobel por su crítica hacia la izquierda latinoamericana y por su supuesta cercanía con la derecha colombiana, el desadaptado quiso ser más personaje que el invitado de honor y rompió públicamente uno de los libros del escritor inca.

“Se comienza rompiendo libros y se termina matando gente”, dicen que le advirtió al anónimo mientras era obligado a abandonar el recinto.

“Son provocadores fundamentales que están detrás de las grandes aventuras literarias. Grite, truene, rompa mis libros. Muchas gracias, señor; le deseo una larga vida”, respondió con aguda y tranquila inteligencia el autor de La ciudad y los perros.

De seguro, el desafortunado personaje volverá a su fanático anonimato y su acción no pasará a la historia, a menos que el nobel así lo decida y lo convierta en parte de su creación. En cambio, Vargas Llosa y su respuesta se convertirán en un nuevo pretexto para aprender de los libros y sus autores.

Más allá del molesto episodio, ferias como la de Bogotá, Guadalajara y Buenos Aires nos permiten alimentar la esperanza de que algún día abandonemos esos deshonrosos puestos que nos ponen en la lista negra de los malos lectores.

En el caso colombiano, es un imperativo lograr equipararnos al menos con países como Chile y Argentina, cuyos nacionales leen en promedio 5 libros al año, mientras que en nuestro país no alcanzamos siquiera a los 2. Ni hablar de acercarnos a Noruega o Alemania, que superan los 17. Y lo peor, según las encuestas del Dane, es que nuestros jóvenes no entienden lo poco que leen.

Precisamente, esta semana, el maestro Rodolfo Llinás, el neurocientífico colombiano de más renombre mundial, volvió a poner el dedo en la llaga sobre mala calidad de la educación en Colombia e instó a los profesores a no creerse los dueños del conocimiento.

“La función de los profesores es explicar y poner en contexto la información que se consigue en los libros”. Libros que, sin duda alguna, abundan en esta feria, a la espera no de visitantes que los compren no solo para lucirlos en casa, sino para que alimenten nuestras conciencias y nos alejen de los fanatismos. Sí, porque solo un fanático rompe un libro para expresar sus discrepancias u objeciones religiosas, políticas o morales.

Ya en la China antigua destruían libros y quemaban vivos a intelectuales; los nazis hicieron lo mismo con obras universales, y hasta la dictadura chilena quemó libros de nuestro desaparecido nobel, Gabriel García Márquez.

Estamos convencidos de que el reto es encontrar caminos para incentivar la lectura, especialmente entre jóvenes y niños, incorporando la lectura como parte del diario vivir y no a la fuerza para cumplir con una tarea. No necesitamos visitantes energúmenos de feria, sino lectores que, a través de los libros, se alejen de los radicalismos y descubran lo que dijo Juan Gabriel Vásquez hablando de su novela El ruido de las cosas al caer: “Sigo entendiendo que la novela es la mejor herramienta para entender el mundo, para iluminar zonas oscuras de la vida”.

EL TIEMPO

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