viernes noviembre 27 de 2020

¿Comerciante o aprendiz de contrabandista?

Germán Cepeda Giraldo

Por Germán Cepeda Giraldo

Creo que tendría unos 12 o 14 años de edad cuando jugaba a ser comerciante. Y digo, que jugaba, porque para mí, era  jugar, subirme a un transporte atestado de seres ilusionados en un viaje que nos daría, a unos, billetes extra y a otros, la manutención para sus familias que los esperaban con avidez.

Aquellos aviones, flotas (buses intermunicipales) trenes y hasta zorras (vehículos de tracción animal) servían para evadir la acción correctiva de las autoridades que impotentes nos veían pasar, en osada actitud. En aquella época nadie se cuestionaba acerca del origen de los dineros que nos servían para pagar la mercancía (ropa en general), pero para nadie era un secreto que ese dinero provenía del contrabando. Ahí fue cuando nacieron los llamados Sanandresitos, que no son otra cosa que inmensas bodegas donde se acopian y comercializan mercancías que no pagan ningún tipo de impuesto. Mientras que grandes «capos» camuflados tras inocentes negocios se enriquecen; miles de personas ven correr, frente a sí mismas a raudales el dinero, sus familias observan angustiadas, en sus limitados hogares, la triste cara de la pobreza.

Nos íbamos con mi primo, medio loco para más señas, y nos creíamos los dueños del mundo, pues llevábamos dinero para hacer las compras y algo extra para «cuadrar» a los policías, en caso de que se pusieran «espesos» (es decir intransigentes). Pero, a la hora de la verdad, solo éramos dueños de la nada.

Mientras tanto, en los retenes que hacían las autoridades para controlar el tránsito ilegal de artículos, nosotros -previa charla con el ayudante del chofer- nos quedábamos quietos esperando y desempeñando, a las mil maravillas, nuestros preparados roles de turistas.

Hoy, finalmente, el Gobierno ha promulgado la Ley Anticontrabando, que servirá para endurecer las penas contra el mismo, incluido como lavado de activos -que ha afectado por décadas el desarrollo del país-.  Así, de esta manera, el contrabando dejará de ser un inocente juego juvenil, el que yo jugué y hoy siguen jugando millares de compatriotas.

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