jueves diciembre 3 de 2020

Reclutamiento forzoso

Germán Cepeda Giraldo

Por Germán Cepeda Giraldo

Cuando cumplí 10 años de edad, me acuerdo de cuando mi  abuelo le pidió a mi abuela que me preparara unos huevos pericos (huevos mezclados con cebolla, tomate y cilantro) y un chocolate en agua. Y digo que me acuerdo de mi abuelo porque de mi papá, solo tengo borrosos recuerdos al verlo desvanecido entre nubes, pues murió muy joven y se fue al cielo, aquellos que lo trataron,  dicen que fue muy bueno. De mis abuelos, después de aquella nefasta mañana, nunca más volví a saber, y ya les voy a decir el porqué.

Vivíamos en un finca cafetera del norte del departamento de Tolima, a media hora del pueblo, donde dos curiosos jamelgos nos servían de transporte público y llevaban, al mismo tiempo, la carga y a nosotros como sus únicos pasajeros. Y digo que curiosos porque uno era hijo de una mula llamado «El macho», acostumbrado a morder a todos los «bajitos» incluidos todos los niños que se le acercaban; el otro, en cambio, era manso, respondía al nombre de «El alazán» encargado de llevar desde el pueblo hasta la finca -cuyo nombre era «Morrogacho»- a mi abuelo cuando el alcohol invadía su cerebro y le impedía orientarse.

El caso es que cuando yo estaba desayunando, llegaron unos soldados y, mi abuela, como en la multiplicación de los panes y los peces, hizo los huevos y preparó más arepas para los recién llegados. Luego de que comieron se marcharon, no sin antes preguntarle al abuelo acerca de si había pasado gente extraña por el lugar, a lo que él contestó negativamente.

Luego llegaron otros señores, uniformados como los anteriores, con la diferencia de que en vez de botas militares, llevaban calzado para cruzar pantanos. Un tipo, que oficiaba como jefe, ordenó a mis  abuelos meterse en su pieza y los interrogó sobre si habían visto marchar por ahí a militares; ante sus respuestas negativas, sonaron en la alcoba ruidos, como cuando en un campo de tejo revientan mechas (pólvora que estalla, cuando es impactada por un objeto metálico).

Y sucedió que me llevaron a la fuerza, con ellos y, ante mi requerimiento por la presencia de mis abuelos, me dijeron que luego los vería de nuevo. Una vez instalado en un «cambuche» que hacía las veces de vivienda me dieron a leer libros en los que se destacaba la lucha contra la oligarquía. Me dieron un fusil, de puro palo de árbol, dizque para que me fuera preparando para eliminar al enemigo. Después, cuando maté por primera vez, me enteraría de que el enemigo son los soldados de la Patria, es decir de mi amada Colombia.

Hoy, cumplo 22 años de edad, 12 eternos calendarios del engaño y estoy desesperado en la selva, viendo cómo los mosquitos se tragan la sangre de los retenidos que llegan, como llegaba mi abuelo cuando se emborrachaba: desorientados y sin saber adónde ir.

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