viernes diciembre 4 de 2020

¡Atención, disparen!

Germán Cepeda Giraldo

 Por Germán Cepeda Giraldo

No deja de llamar la atención el hecho de que la asistencia juvenil a las iglesias católicas haya disminuido, en tanto que en las demás, llámense evangélicas, Mira, protestantes, testigos de Jehová, Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, musulmanes, etc., etcétera, haya aumentado el número de fieles, talvez porque algunos curas católicos que hemos conocido por tradición naufraguen en las profundas aguas del voto de castidad, sin que hayamos podido conocer resultados por parte de las autoridades eclesiales, debido al absurdo silencio jerárquico que rodea estos alborotos de sotanas soterradas.

Teniendo en cuenta lo anterior vemos que día tras día, la Iglesia Católica ha venido perdiendo su clientela debido al silencio cómplice, frente a todo tipo de investigaciones y a la ley de Omertá (Omertá es el código de honor siciliano que prohíbe informar sobre los delitos considerados asuntos que incumben a las personas implicadas. Esta práctica es muy difundida en casos de delitos graves o en los sucesos donde un testimonio o una de las personas incriminadas prefieren permanecer en silencio por miedo de represalias o por proteger a otros culpables.

Si abrimos la ventana de la historia y nos asomamos a las religiones vemos cómo, por ejemplo, durante la Conquista de América los nativos fueron sometidos a toda clase de vejámenes como: masacres, asesinatos, amputaciones de manos y piés, heridas curadas con aceite hirviente, violaciones… semejantes crímenes parecen sacados de una mente perturbada y todo ello, invocando el nombre del Señor.

Y si somos más osados en nuestra búsqueda, vamos al s. IV donde aparece talvez una de las religiones más antiguas de que se tenga noticia: el Maniqueísmo. Creencia fundada por Mani, en el año 240, un judío de familia iraní. Dijo que él era el sello de grandes pensadores como: Noé, Abraham, Nikotheos, Henoc, Zoroastro, Hermes, Platón, Buda o Jesús y que, por tanto era el único Dios.

El maniqueísmo solamente exigía el conocimiento, el aprendizaje y la educación para poder alcanzar la salvación.

El maniqueísmo llegó a China y al Imperio romano a finales del siglo III, apareciendo los primeros monasterios en Roma a comienzos del siglo IV.

El punto cumbre de estas persecuciones llegó con el decreto de 382 del emperador romano Teodosio I, que declaraba la pena de muerte a todos los maniqueístas, nueve años antes de que se declarase el cristianismo como única religión del imperio. Esto, unido a las persecuciones dentro del imperio persa, relegó al maniqueísmo al extremo oriente.

Y no es que uno quiera «caerle con todo» a la Iglesia Católica, lo que sucede es que uno ve que desde diferentes trincheras, cazadores de mentes ingenuas, disparan furtivamente y entre más adeptos caen, más rentable el negocio;

en otras iglesias también pecan, pero no con la frecuencia ni con la impunidad con las que lo hacen los pastores católicos. Otros «pastores» viven a costillas del mal llamado diezmo de sus seguidores, equivalente al 10% de sus ganancias.

Y aunque el Papa Francisco haya tratado, con su escoba nueva, de limpiar las basuras, aún le queda a uno el temor de encontrarse en uno de los amplios corredores de las iglesias con personajes nefastos como el Dr. Jekyll y su amigo, el señor Hyde.

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