lunes enero 18 de 2021

¿Quién le teme a Álvaro Uribe?

11 junio, 2017 Opinión, Política

Por Augusto León Restrepo

Yo no sé por qué nos asustamos cada vez que el ex presidente Álvaro Uribe Vélez estornuda, trina, arenga, expone, cambia de tono en el discurso – pasa de la beatitud a la iracundia- o ejerce el consagrado derecho democrático de hacerle oposición a un gobierno y lanza proclamas y consignas para buscar que el pueblo favorezca con sus simpatías electorales a aquel que señale con su dedo de Júpiter Tronador. Ese es su talante, para usar un término tan afecto a Álvaro Gómez Hurtado. Y así seguirá hasta su muerte, que el día esté lejano. No es posible cambiarlo ni que modifique sus reacciones o su obsesivo pensamiento. Sería como si a William Ospina o a Piedad Córdoba se les pudiera eliminar el chip en relación con el Socialismo del Siglo XXI y las consignas de Chávez y de Maduro. No. El Doctor Uribe es el jefe de una oposición cerrera, obtusa, sin aristas, como no se ejercía en el país desde hace décadas, por fortuna superadas. No falta si no que prohíba el saludo a sus opositores o que diga que se va a tomar el poder a sangre y fuego si las urnas no lo favorecen en las próximas lides electorales. Lo que muchos de sus seguidores le aconsejan. Asómense a las redes sociales y verán que obcecados copartidarios suyos piden casi que suplicantes, que no solo se vuelva trizas el Acuerdo de Paz con las Farc, si no que haga trizas al Presidente Santos y todo lo que se identifique, bueno o malo, con su mandato. Algunos de ellos expresan, sin rubor alguno que, si llegan a ganar el poder, quienes nos opondremos a semejante retroceso histórico debemos buscar embajadas y aviones para asilarnos y expatriarnos porque sobramos en el utópico santuario uribista.

No, no tenemos por qué aculillarnos ante las salidas en el Congreso y en los escenarios internacionales del Senador Uribe, quien con su estilo adánico insinúa y sostiene que, en sus ocho años de gobierno, este país era la arcadia soñada. Ni tanto que queme el santo ni tan poquito que no lo alumbre. Hace 15 años el país -y el Dr. Uribe- eran distintos. Nadie desconoce sus éxitos en la lucha antiguerrillera, que despejó carreteras y ciudades de las incursiones terrorista de las Farc. Sería necio negarlo. Pero los historiadores y los politólogos, ya con alguna perspectiva, comienzan a dar sus veredictos, ajenos a las pasiones políticas y a las colombianadas emotivas y el balance no lo favorece. El común de las gentes opina que, a pesar de sus ocho años de gobierno, dejó la mayoría de las culebras vivas. Cuyas cabezas tampoco fueron destrozadas en los últimos años por su discípulo amado, al que señaló el Dr. Uribe y al que hoy se lo quiere comer vivo, el Presidente Juan Manuel Santos. Sin embargo, el ex presidente sale muy orondo a despotricar de todo y por todo de la Colombia de ahora, como que si el no tuviera la culpa de nada. Con una mazamorra de temas se tomó por asalto el escenario de un evento en el que era un simple invitado. Me refiero a su intervención en el llamado Concordia Summit, reunión de líderes políticos y empresariales que tuvo lugar en Atenas y que tanta roncha ha levantado. Allí, como observador y no como participante, pidió la palabra, se la dieron y atacó en su ya mejorado inglés, la economía, el proceso de paz y la institucionalidad del país, para tratar de controvertir una bien cimentada y optimista intervención del Embajador de Colombia en Londres, Néstor Osorio.

Pero no hay que temerle al Dr. Uribe. Hay que hacer con sus intervenciones, en las que revuelve verdades y mentiras, mas mentiras que verdades, lo que hizo La Silla Vacía, con oportunidad periodística de la mejor calidad profesional y que recomendamos a nuestros lectores. Sometieron la intervención de Álvaro Uribe a una especie de detector de mentiras y este fue el resultado: «Hizo afirmaciones de todo tipo y mezcló cosas ciertas con otras erradas, pues dos son ciertas, tres lo son con salvedades, una es apresurada, tres son exageradas, una es debatible, otra es engañosa, tres son falsas y una es inchequeable».

Como quien dice, no hay que temerle al Dr. Uribe. Lo que hay que hacer es esculcarlo, inventariar sus delirios y enfrentarlo.

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