sábado septiembre 14 de 2019

Garzón vive, carajo

Por Oscar Dominguez

Anoche empezó por RCN televisión la serie «Garzón vive» con libretos de Juan Carlos Pérez y la dirección de Sergio Cabrera. He hurgado en el cuarto del reblujo y pesqué dos textos de este servidor de tintos: un obituario por Garzón y una entrevista en la que Cabrera habla de sus inicios en el mundo de la imagen. od

Garzón vive, carajo

El 13 de agosto de 1999 Colombia se convirtió en una carcajada de 38 millones de personas.

Lo insólito e irónico del asunto es que la carcajada era por una persona que acababan de asesinar.

Despedíamos a carcajada ventiada a Jaime Garzón, el irreverente humorista bogotano que no alcanzó a llegar hasta sus oficinas de Radionet.

Todos los días madrugaba a su emisora a decir verdades con una cierta sonrisa.

El día en que fue sacrificado, el país estupefacto y adolorido, reía con el corazón en la mano para lamentar su partida y declararlo su intérprete.

Garzón convirtió el humor en herramienta para decirle al pan-pan.

Por eso los violentos hicieron pum pum sobre su frágil anatomía.

Si el Papa se hubiera muerto ese viernes, los colombianos no habríamos quedado tan achicopalados, achilados, desolados y otros ados como emputados.

Hacía tanto tiempo no se producía un dolor tan generalizado por un muerto, en este país de muertos diarios.

Sólo tenía 39 años cuando murió esa flor que no la primavera, dicho sea con un verso prestado.

Tal vez ni él mismo imaginó que había penetrado tan hondo en el sentimiento de sus paisanos.

Se convirtió en una especie de Lady Di en el sentido de que de todas partes de Bogotá la gente se desplazó al sitio donde fue sacrificado para depositar una asustada flor.

O una enfurecida plegaria.

Quienes más desfilaron por el Capitolio Nacional, donde fue velado, fueron los ninguneados de la fortuna.

También los niños madrugaron a llamar a Radionet para leer hermosos poemas de despedida.

Hasta los del gajo de arriba cuyas vergüenzas sacó al sol, marcaron tarjeta.

¿Quién mató a Garzón? Paracos y guerrillos se atropellaron para negarlo.

Todos los dedos apuntaron al fallecido Carlos Castaño, jefe de las Auc.

Para no perder la costumbre, parece que al sol de hoy no hay detenidos por el crimen.

Garzón fue humorista, politólogo, master en mamagallismo, actor de radio y televisión, alcalde del Sumpaz, periodista, lustrabotas hechizo, hombre de teatro, poeta, cocinero, escritor, rumbero, columnista, guachimán, loco, gastrónomo, enólogo, anfitrión espléndido, salvador del mundo, irreverente buscador de paz.

Todos estos oficios perdieron con la muerte de Garzón.

No cabía en el cuero.

Se tenía que salir de él a través de alguna nueva audacia.

No se repetía.

Era su clave para un éxito que le importaba un comino.

El día que lo mataron tenía planeado viajar a una cita por la paz.

Descansá en tu eterna paz, hombre Garzón. Ahora, si se te ocurre reencarnar, dejate venir no más. Te esperamos. Es más, te necesitamos.

Una lágrima virtual por un colombiano fuera de serie.

“Garzón vive”, es la serie sobre su vida y milagros que empieza hoy en Locombia por la RCN, con libreto de Juan Carlos Pérez y la dirección de Sergio Cabrera.

Entrevista con Sergio Cabrera

Pocos colombianos pueden contar que se defienden tan bien en Bogotá como en Pekín. Uno de esos bichos raros es el cineasta Sergio Cabrera (Medellín, abril de 1950).

El hombre tuvo tiempo de ser guardia rojo en la capital china y luego hizo la guerra en Colombia. Finalmente, realizó su propia perestroika política, se dejó de revoluciones, volvió chatarra los fierros y regresó a su tierra, sin renunciar a su menú ideológico de hombre de izquierda.

Estos días vuelve y juega con la serie sobre Jaime Garzón:

Alguna vez lo entrevisté sobre sus inicios en el mundo de la imagen:

Cabrera habló sobre el inicio insólito de su oficio:

– ¿Qué hacia usted en Pekín y qué edad tenía cuando vio la película “Ascensor al cadalso” doce veces?

– Cuando yo tenía doce años mi papá y mi mamá se fueron a vivir a Pekín. Allí terminé la escuela primaria, hice la secundaria y después estudié en la Universidad. Juntando todo, viví como diez años.

– ¿O sea que habla el idioma?

– Sí, hablo perfecto el chino. Bueno, se me ha olvidado algo, pero he vuelto muchas veces, como 20, en los últimos años. Mantengo amigos, contactos. Ese es como mi segundo país. Cada vez que puedo voy allá.

– ¿Viajes entre placer y trabajo?

– Algunas veces he ido en plan de trabajo. Han hecho retrospectivas mías en la Cinemateca de Pekín. Dos veces fui para trabajar unos proyectos de una película que quería hacer y no hice.

– La opción de una película no está descartada del todo…

– No.

– ¿Sus padres qué hacían en Pekín?

– Mi padre (Fausto Cabrera) era profesor de lo que ahora se llama la Universidad de los idiomas; era profesor de español y también trabajaba en cine como locutor de documentales y era director del departamento de doblaje del Instituto de Cine de Pekín.

– ¿La vida allá para ustedes, extranjeros, fue traumática o por el contrario fue agradable?

– No, superagradable. Ser niño en un país oriental es un privilegio. Los niños allá son muy cuidados, mimados. Había muchas actividades: cultura, deportes, educación.

– ¿O sea que el hecho de vivir en plena Revolución Cultural no interfirió para nada la fase de niño?

– La revolución vino después porque nosotros llegamos allá en el 62; empezó en el 65, 66. Llevábamos allí como tres años. Y cuando estalló la Revolución Cultural sí hubo muchos cambios en la vida. Pero interesantes, finalmente. Yo me integré al movimiento de los guardias rojos y participé, trabajé en una comuna popular durante tres meses, y en una fábrica también durante otros tres meses. Luego en una más durante un año, como tornero.

– ¿De esa experiencia que conserva en lo político?

– Sigo siendo muy admirador de las ideas marxistas. Cuando regresé de China me integré al movimiento revolucionario en Colombia, entré a la guerrilla del EPL durante casi cuatro años y volví a China después de salir de la guerrilla. Digamos que me quedó la marca de una formación de izquierda. Sigo siendo una persona de izquierda. Creo en el ideal socialista y hasta comunista, pero no le veo mucho futuro al asunto, en lo práctico.

– ¿Y en el EPL le tocaba barrer, o también le tocaban acciones bélicas?

– Claro, acciones bélicas. Una guerrilla es una guerrilla. Era un guerrillero de base. Me tocaron muchas acciones.

– ¿Y le quedaron heridas físicas?

– Si, tengo una herida en la cara de una espoleta que me explotó una vez en un combate y casi pierdo el ojo. Pero no se nota, nadie lo nota, me operaron después. Tengo otra herida en una pierna.

– ¿Por qué desertó de la guerrilla? ¿Desertó o lo desertaron?

– Tuve una serie de contradicciones, de desacuerdos un poco delicados y como yo me había formado en el ejército chino, había tomado un curso militar allí. Cuando empezaron los conflictos la gente de la guerrilla, los comandantes, pensaron que lo mejor era mandarme de regreso a China. No deserté, más bien fui como en una comisión a China para “reeducación” y me quedé. No volví a entrar a la guerrilla nunca más.

– ¿Reeducación?

– Consideraban que yo me había desviado de los objetivos ideológicos y entonces era para volver a la academia y a la hora de la verdad, apenas llegué a China, mis profesores me dieron la razón en todas las contradicciones que tenía yo con los dirigentes de la organización.

ASCENSOR AL CADALSO

– ¿Su vinculación con la embajada francesa en Pekín y con la famosa película “Ascensor al cadalso” cómo se da?

– En esa época de revolución cultural, entre las cosas que prohibieron rápidamente fue el cine. La embajada de Francia tenía las Alianzas, como en todo el mundo. Daban una película cada semana. Entonces me inscribí en un curso. Hablo francés, no quería perderlo, y entonces entré a la Alianza. Eso me permitía asistir a las proyecciones de las películas que se supone eran parte del programa de educación francesa. La cantidad de películas que tenían eran muy pocas, repetían muchas. Por eso vi tantas veces “Ascensor al cadalso”.

– ¿Qué le llamo la atención de la película?

– En un principio no sabía mucho de cine. Me gustó como le gusta a uno una película normalmente. Con los años me dí cuenta de que es una película excepcional, pero en ese momento no tenia muchas referencias para comparar. Porque era muy joven y en China no había cine. Solo el cine chino.

– ¿Esta circunstancia le abrió el apetito para enrutar su vida por la cinematografía?

– Ya tenía el apetito abierto desde antes porque mi papá ha sido director de teatro. Crecí en un ambiente teatral y yo más o menos desde los 13 años tenía definido que lo que quería en la vida era ser director de cine. Lo tenía clarísimo. Y esto lo que hizo fue reforzarme. Mi padre trabajaba en el Instituto de Cine de Pekín y allí conocí cosas de rodaje. Ver esas películas me acrecentó el deseo.

– ¿En lugar de jartarse ver la misma película doce veces le quedó gustando?

– Me gustaba mucho. No solo ví muchas veces “Ascensor”. Ví otras como Sin aliento, de Godard. Había películas que se repetían y yo las volvía a ver.

– ¿De esta película (Ascensor) que aprendió?

– En concreto nada especial. Digamos que lo que más me interesó con el tiempo es una cosa que he admirado en Louis Malle, en general: es su habilidad para mostrar la cara oculta de las cosas, la parte que no se mira nunca, como sucede en Lacombe Lucien, que es una película posterior que muestra la resistencia desde el otro ángulo. O en el caso de “Ascensor al cadalso”, cómo contar un thriller en circunstancias muy extrañas sobre la pareja de amantes que no se ven nunca, nunca están juntos. La trama de la historia corre por tres caminos paralelos que tampoco se cruzan nunca. Y la forma como esta narrada, la luz. Digamos un todo. No es que haya sacado una lección específica.

– Admitiendo que allí se produjo una influencia, ¿qué otras influencias se reconoce en su profesión de cineasta?

– Digamos que tuve mucha influencia de ese cine francés. Aunque Louis Malle no es un director de la nueva ola, porque “Ascensor” fue filmada dos años antes de que la nueva ola hiciera irrupción en el panorama cinematográfico. Una de las películas más famosas de la nueva ola es la película de Godard, Sin Aliento. Esa película se hizo en el año 59 y «Ascensor» es una película del 57. Por eso pienso que Malle era un visionario, una especie de Orson Wells francés, con una gran habilidad para narrar, para escoger temas, muy profundo en su estilo de narrar y eso es admirable.

Promoción de la serie Garzón Vive (RCN).- 

Sergio Cabrera, de la mano de su padre, Fausto, ya fallecido, en su debut en el mundo de la imagen. Su padre dirigía un programa por Inravisión en el gobierno del dictador Rojas Pinilla, gran aficionado al juego. El pequeño Sergio fue invitado a mover las piezas. El virus de la imagen se puede rastrear en ese programa.

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