martes octubre 22 de 2019

César Montoya Ocampo

Palabras pronunciadas por Augusto León Restrepo en las exequias de César Montoya Ocampo. en Prados de Paz, en Pereira, el 5 mayo de 2019

Por Augusto León Restrepo

Desde hace muchos años, en Bogotá, César Montoya Ocampo y un grupo de amigos acostumbrábamos a paliquear, término coloquial que tenía la connotación de darle contenido a la existencia a través de la palabra. Pasábamos horas y horas dándole vueltas a los temas más diversos, para volver siempre a lo que nuestros corazones nos dictaban que eran la exaltación de la vida, del amor y del misterio de la muerte. Los efluvios espirituosos exaltaban las argumentaciones y los razonamientos, pero siempre terminábamos absorbidos por los tangos, los bolero, las milongas, cuyas letras nos aterrizaban los elaborados conceptos. Montoya, empenachado y docto, recordaba letras y armonías y al final lo que -ilusos- creíamos que era un cenáculo de filosofías y de letras iluminadas, terminaba en nostalgias y tristezas, saudades y cicatrices que asomaban en el alma.

A pesar de que todos ya habíamos deshojado calendarios y se nos había caído el cabello pero no las ilusiones, para recordar la frase de Alzate Avendaño, de quien tanto quería Montoya Ocampo, éramos jóvenes, sobre todo en los amaneceres, porque nos creíamos eternos y la muerte no estaba en nuestros cálculos, máxime con el ejemplo de César que era un derroche de exultación y goce por la vida y quien jamás demostró cobardía ni preocupada angustia cuando la muerte le comenzaba el coqueteo que hoy culminó con el cese de los latidos de su zarandeado corazón.

Montoya ganó varias batallas por la vida. Pero casi que sin sentir sus pasos, ayer se le apareció la Señora Muerte, «la que se va llevando todo lo bueno que en nosotros topa». Y cercenó de un tajo al vigoroso roble, que con su ausencia nos deja un vacío inconmensurable en Heroína, su esposa, Claudia Patricia, su hija, en sus hijos, sus hermanos, sus nietos, sus amigos. Y desde luego en los numerosos y anónimos admiradores de su pluma, de su oratoria, de sus espléndidas intervenciones forenses, que iluminaron los estrados judiciales.

De su minuciosa biografía como figura pública, se encargarán los cronistas de la comarca y del país. De sus escritos y de sus lecturas. De su periplo misionero por la ideología y la doctrina de su Partido Conservador. De su tributo permanente de acatamiento a sus dirigentes, a Gilberto Álzate Avendaño y su memoria histórica, y a Omar Yepes Álzate, depositario de su amistad sin sombras, solidario compañero con él todas las horas, y leal con sus triunfos y con sus derrotas. De su don de consejo a las juventudes caldenses, sus conferencias y magistrales lecciones de oratoria en las aulas universitarias, en fin, de sus alcances intelectuales, periodísticos y literarios, fruto de sus disciplinados diálogos con los libros.

Yo, en cambio. me limitaré sucintamente a recordarlo como un ser excepcional, a quien nada de lo humano le fue extraño. Y que disfrutaba dando muestras de una personalidad un tanto indescifrable. Que me pidió en reiteradas ocasiones, quizás imaginándose aquí yacente, con su humilde soberbia, con su ostentosa vanidad, que repitiera algo que escribió sobre sí mismo, en Palabras contra el Olvido, ese olvido que el no concebía y que ha vencido porque César Montoya Ocampo ya ha quedado para la posteridad. Su nombre y sus logros van a dar para mucho.

Vengo entonces a cumplir con el compromiso, doloroso de por sí, de decir en este recinto sagrado y en esta ceremonia que da cuenta de su fe cristiana, que César Montoya Ocampo fue un temperamental de corte romántico, a quien enamoraron las mañanas con sus suaves cortinas de nubes; que con su mirada un tanto triste abarcaba el fondo apacible del paisaje y que con su olfato cubría todo el entorno geográfico para aprehender el inocente perfume del agua, el aroma exultante de los cafetales, la discreta fragancia de las violetas. Que bendijo el milagro de la luz madrugadora del día y el progresivo incendio de la naturaleza sometida a milagrosas gestaciones por el sol, su lenta defunción en tardes con arreboles macilentos y la redonda presencia de la luna, celestina silenciosa de efebos enamorados; el insensible crecimiento de las manzanas; el murmurio de la sabia; la melancolía de los caminos; la garganta escalofriante de las hondas montañas y la velocidad pasmosa del sonido.

Que tuvo un corazón voluble, con estaciones rotatorias para el amor. Que tuvo martirios, gozos frenéticos, auroras sentimentales y vésperos de angustia. Que vivió en todas las dimensiones, con la anchura de los itinerarios ambiciosos, con la largueza de las ilusiones, con hondas raíces para alimentar las hambres de su espíritu. Filósofo sencillo, no formado en academias, auténtico, sin afeites, singular, vapuleado por muchos y nutrido apenas con el viático generoso de sus amigos.

Su pluma fue munífica, abundante para prodigar reconocimientos, y oreó un diluido aire elitista cuando hizo referencia al cortejo humano que fue de cerca o de lejos itinerante coetáneo: un selecto grupo generacional, ya en extinción, que golpeó duro en los portalones de la historia. Pero eso sí. Cuando no encontraba química reventaba en adjetivos vinagres, detonantes, posiblemente injustos. En algunos retablos y retratos exageró y utilizó un lenguaje de gallera, bilioso y mercurial. Ese fue su temperamento, un poco sombrío, con una apesadumbrada carga de reminiscencias, encadenado a afectos inmodificables, más viviendo siempre en esplendor espiritual. Tuvo una sobredosis de iluminaciones, se arrodilló ante la armonía de la naturaleza sabiamente regulada por la voluntad divina y tuvo encarcelado a Dios en el subfondo de su alma para que lo alimentara de esperanzas.

Este es el propio perfil de César Montoya Ocampo, que quienes fuimos sus próximos certificamos y reconocemos. Del camarada, cómplice y compañero de lunas y de versos, el amigo, el Hermano Mayor, que hoy se nos adelantó hacia el final del destino señalado por el Dios creador, para recordarnos la finitud de nuestro tránsito. Que haya paz en su tumba por toda la eternidad. Que así sea y gracias a ustedes los aquí presentes por cobijarnos con su afecto en esta luctuosa hora.

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