lunes octubre 26 de 2020

Esto es muy duro Doctor

Por Augusto León Restrepo

En medio de este pandemonium, en que parece que nada vale la pena y que con selectividad manifiesta cada uno elabora el inventario de sus amores y de sus odios, se pretende llevar a la guillotina al ejercicio del periodismo.

Mientras se expresen las críticas y las disensiones dentro de la mesura y el respeto, pues vaya y venga. Pero es que se destapan las alcantarillas y las pasiones bajas y los resentimientos represados salen a flote. A los periodistas se les trata de hacer trizas, con la misma acerbía con que crucifican a los jueces, legisladores y funcionarios. Y esa actitud, conduce a menospreciar, a echar por el suelo, una profesión u oficio -califíquela usted como quiera- llena de sobresaltos, incomprensiones y peligros que la convierten en una de las actividades más peligrosas, al lado del toreo y de la aviación.

Yo no voy a hacer de defensor de oficio de periodistas ni del del periodismo, aunque bien pudiera intentarlo, porque llevo en este oficio, el más bello del mundo según Albert Camus, más de sesenta años. Con todos estos kilómetros acumulados, son muchísimas las experiencias adquiridas, los logros alcanzados, los mal sabores olvidados y los denuestos recibidos. Si me detuviera para inventariarlos, sería de nunca acabar. Pero algún día- y el día esté cercano- me propondré dejar por escrito el vasto anecdotario que conozco, en especial del periodismo de Manizales y de Caldas, del periodismo de provincia antes de los computadores y de las facultades de comunicaciones, escuelas éstas donde se supone que le dan lustre y brillo a los que buscan obtener un diploma de reconocimiento de su vocación. Porque, ante todo, el periodismo, es vocación. Decía, de ese periodismo artesanal que se escribía con sudor autodidacta e intuitivo, pero que produjo resultados de los que nos enorgullecemos quienes hoy integramos la vieja guardia.

Antes y ahora, en Manizales, en Bogotá, en Cafarnaúm el llamado cuarto poder ha sido objeto de las mismas adjetivaciones: corrupto, vendido, falto de objetividad, calumniador, amoral, etc. Y es posible que algunas de ellas no sean gratuitas. Medios y periodistas han sido permeados por los capitales mal habidos, por las mafias económicas y políticas, por las desbocadas apetencias de poder. Pero más temprano que tarde se ha desembozado a los que transgreden las fundamentales normas de ética profesional, que no voy a recordar aquí. Voy a expresar eso sí, que la imprenta y el micrófono son armas tan peligrosas como uno quiere que sean. Y ahora los medios, las redes virtuales, sin límites y sin bridas, que consideran ejercicio periodístico los más osados, se han convertido en atroces instrumentos de opinión , que por su misma naturaleza, no paran en mientes para violar los caros fundamentos de la libertad de expresión.

Quienes ejercen o quienes hemos ejercido el periodismo en nuestras regiones, en nuestras provincias, sabemos mejor que nadie a lo que estamos expuestos. Primero, a la susceptibilidad de quienes manipulan los hilos del poder. Ustedes no saben lo que es el manejo, por ejemplo, de las pautas publicitarias. Los dómines del sector oficial, del sector privado, consideran que es el medio expedito para el flete. Que, por el hecho de otorgar una cuña, por esto solo hay que empeñar la libertad y la conciencia. Y segundo, si no se hace parte del periodismo mercenario, que existe, no se puede tapar el sol con un dedo, haga de cuenta que no se vive, no se sobrevive.

En fin. Lo preocupante es esta carga de caballería contra medios y periodistas, con los más variados argumentos. A la que hay que hacerle frente. Juan Gossaín, con la autoridad y el liderazgo indiscutible que ostenta, ha invitado a un examen del periodismo que se hace en la actualidad en Colombia. Es urgente llevarlo a cabo. Voy a releerme sus propuestas y volveré sobre el tema, cada vez que sea necesario. Me duele, porque quizás lo he padecido en carne propia, que seamos fáciles presas de la difamación y del desprestigio. Por lo pronto, les hago partícipes de la siguiente anécdota, que nos habla con nitidez de lo difícil que es ser periodista, anécdota con la que iniciaba algunas charlas que dicté en foros y conversatorios.

Resulta que, en La Patria de Manizales, antes de las rotativas y los computadores, entre las seis y siete de la noche, desfilaban algunos amigos a participar en el cierre de la edición del otro día. Entre ellos un profesional muy asiduo, a quien designaron un día Personero de Manizales. Mas tardó en juramentarse que en pedir audiencia el portero, el recepcionista del periódico, el celador, quien le pidió empleo al susodicho. El funcionario, con la cordialidad del caso, le hizo ver que mal que bien disfrutaba el celador de un empleo y que había que darle la oportunidad a otra persona y que bla bla bla. Pues el aspirante a la nómina municipal muy compungido le suplicó: «Doctor…¡por lo que más quiera!… tráigame para acá, que es que eso del periodismo sí es muy duro…»

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