lunes mayo 27 de 2024

Petro, un presidente ensimismado

28 enero, 2023 Opinión Juan Manuel Ospina

Juan Manuel Ospina

De todo corazón hubiera querido tratar un tema distinto a la presidencia de Gustavo Petro, pero en su gobierno empiezan a suceder y a plantearse cuestiones, frente a las cuales no puedo callar. Lo primero, sigue actuando como el brillante senador de la oposición; parece olvidar que la hora de los discursos, de los anuncios y las denuncias pasó; que es el momento de la decisión y de la acción, de la ejecución.

Además, es un solitario, o más bien, un ser ensimismado, que solo le habla a la historia y a sí mismo, con la fiebre de un poseído, en tanto que el líder mesiánico que nos conducirá a la tierra prometida. Su pretensión, embarcarnos en un mundo nuevo, del cual solo sabemos que es el opuesto al actual, en cuya destrucción está empeñado, hasta ahora lo único claro de su gestión. Gestión que, en su soberbia, no quiere dejar piedra sobre piedra, olvidando el propósito de un visionario y mentor suyo, crítico pero constructivo, Antanas Mockus, con su propósito luminoso y de perenne actualidad, «construir sobre lo construido».

Del porqué de ese comportamiento, hay varias explicaciones: Que lo que parece como improvisación es viveza de Petro para conocer las reacciones sobre sus propuestas y poder corregirlas, mantenerlas o simplemente dejarlas de lado, como ya se ha visto. O que, un poco como hizo Belisario Betancur hace ya cuarenta años con la búsqueda de la paz, buscaría crear hechos que obren como catalizadores de un cambio grande desempantanando situaciones y abriéndole el camino a decisiones, con la estrategia «de la fuga hacia adelante» Otros creen que el país le quedó chiquito pues solo le interesa el protagonismo/liderazgo mundial, como salvador de la naturaleza y cruzado contra el cambio climático.

Como resultado, con Petro son muchas y muy dispersas las iniciativas de cambio, que impiden focalizar prioridades y energías, por la falta de lo que el Presidente no tiene: una estrategia concreta, un plan de acción – el cómo, el cuándo, el con qué y con quién -. Todo ha quedado reducido a declaraciones y promesas que se lleva el viento, dejando entre muchos, desconfianza y frustración y a sus enemigos, munición para enfrentarlo.

Petro llegó al poder en un momento muy especial de Colombia y el mundo – por una vez estamos sintonizados -, cuando más que una crisis del sistema económico y político, vivimos una verdadera crisis de civilización, en la cual se ahogó lo de ayer, en términos de valores compartidos, liderazgos de diferentes tipos y un sentido de identidad en torno a proyectos comunes. Se instaló el reinado de lo identitario, que es de grupo y es excluyente – negros y empresarios, mujeres e indígenas, artistas y LGBTI… -, más allá de las viejas divisiones entre clases y naciones. Y a esa crisis responde su gestión y la acción que le dio el poder: humillar y aprovecharse de los viejos partidos, de sus prácticas y actores. En ese escenario, el poder es él y los demás están a su servicio. En lo de Álvaro Uribe hay mucho de lo mismo, pero más atenuado. Ambos encontraron en la crisis, en el derrumbamiento de la vieja política, el terreno abonado para su proyecto y lo aprovecharon.

Lo que no está claro es que va a salir de este revolcón. La historia no tiene reversa y Colombia no volverá a ser lo que fue; pero tampoco tiene un camino trazado de antemano. Todo depende de muchas circunstancias en términos de posibilidades y desafíos. Petro tiene ahí un papel, pero el futuro no es Petro; es un catalizador oportunista de un cambio que lo supera. Acá no resisto recordar al gran poeta Antonio Machado, caminante no hay camino, se hace camino al andar, para nunca volver atrás.

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