martes febrero 20 de 2024

Con la chifladura junta

María Angélica Aparicio P.

Bruno, mi personaje imaginario, camina a diario por los montes como si fuera un escalador profesional con diploma hecho en pergamino. Conoce los parajes que rodean su rancho mejor que un citadino. Sabe dónde están los arroyos, las hormigas y los bosques. Escucha a los pájaros cada cierto tiempo. Siente cómo sopla el viento en algunas mañanas, y ve cómo se menean las ramas de los árboles, a veces con tanta fuerza que se doblan, como se dobla una bailarina en su debut.

Al caminar por la naturaleza, Bruno encuentra troncos gruesos, senderos destapados, animales, cielos nublados o con pocas nubes. Siente una gran serenidad. Nadie lo detiene, nada actúa como un obstáculo para él. Reina la armonía. Puede hablar en voz alta. Consigue gritar y que su eco se devuelva; logra correr, saltar, rodar montaña abajo, varias veces, como un niño. Al sentarse nuevamente sobre el césped, vuelve a observar el verde particular de la naturaleza. Siente que además de ese verde –que parece no desteñirse todavía– hay un espacio infinito a su alrededor. Gira trescientos sesenta grados y no se estrella con nada.

Alana es mi otro personaje imaginario. Cuando sale a caminar por la ciudad –en Bogotá– tiene un cielo natural que la acompaña. Sus otros compañeros son los carros, los peatones, los almacenes, las patinetas, las bicicletas. En los andenes de las calles, siente que la muele el exceso de acción, el movimiento que no cesa, la saturación de cosas que la persiguen sin dejarla tranquila. Y esos andenes así, planeados para el desconcierto, la abruman. ¡Pobre Alana! Toda la chifladura junta en pleno siglo XXI. Eso de esquivar obstáculos como ventas ambulantes, perros, bicicletas, caminantes y bicitaxis en un mismo tramo, tiene su propia huella: se llama Bogotá, la ciudad donde se lucha por acaparar el espacio público y asfixiarlo, para impedir que el peatón sea el rey de los andenes.

Me preguntaba cuál es el encanto de una calle. Las ciudades más visitadas del mundo son propietarias de calles que se vuelven famosas por sus vitrinas, el arte que se exhibe, las discotecas que se agrupan en una cuadra, la venta de vestidos de moda, la presentación de motos y autos de última gama, los eventos culturales o militares que se celebran en éstas. También les llega la fama por los combates que se realizaron cuando las guerras civiles copaban el día y la noche.

Conozco la calle más representativa de París: los Campos Elíseos. Produce fríos y calores recorrerla desde la Plaza Charles de Gaulle hasta la Plaza de la Concordia. Son 1.900 metros de longitud que se caminan con gozo. El paseante puede encontrar tiendas de artículos de lujo, cafés y teatros. Detenerse en alguno de sus tramos es sentir cómo una línea recta y ancha –tiene 70 metros de ancho– provoca fascinación. Su éxito también radica en los andenes fuertes, en la sensación de limpieza por la basura puesta en los contenedores, en la preferencia por los árboles que dan la sensación de un bosque incorporado en la ciudad.

En la enorme Buenos Aires hay otra calle que paraliza las emociones, una calle que duró armándose 43 largos años. Conocida como la Avenida 9 de Julio, está considerada una de las más anchas del mundo. Son 140 metros de ancho por un kilómetro de longitud. El caminante se reta para recorrerla de norte a sur, y disfrutar, anonadado, sus árboles de ceibo, sus cerezos, las luces que la iluminan cuando terminan los atardeceres que marcan el final de otro día. En su recorrido pueden apreciarse lugares históricos de la ciudad como el Teatro Colón, el Obelisco, la Plaza de Mayo. Un ejercicio obligatorio es detener la mirada en este Obelisco de 67 metros de altura. Su punta romana continúa señalando el cielo, recordando a los argentinos que, en este mismo lugar, se izó, por primera vez, la bandera de Argentina.La calle más famosa de Bogotá fue bautizada con el nombre de Calle Real. Abarcaba el tramo que iba de la Catedral a la Avenida Jiménez. Los españoles la trazaron encima del sendero que los indígenas Muiscas habían levantado cuando vivían solos en estas tierras. En la calle se encontraban tiendas de ropa elegante –importadas de Europa– y mercerías donde se vendían los productos que no se fabricaban en el país. El comercio era intenso. Había un movimiento que no cesaba durante el día.

En una esquina de la Calle Real –hoy carrera 11– se levantó una casa que mantenía los rasgos de la arquitectura española: techo de teja, balcón de esquina; puertas y ventanas de madera, pisos de piedra. La vivienda tenía dos plantas y un jardín interior. La había construido el mariscal Hernán Venegas. Uno de sus dueños posteriores, llegó a alquilar este envidiable balcón, engalanado de color verde oscuro, para que otras familias presenciaran los eventos culturales que se realizaban en la ciudad.

La Calle Real no se volvió la Avenida 9 de Julio de los argentinos, –señorial y urbanística–, la aparatosa Wall Street de Manhattan, ni otra copia de los Campos Elíseos de París. En el interior de la casa del mariscal Venegas, –hoy museo 20 de julio–­ se dieron los agarrones de los hermanos Francisco y Antonio Morales con el señor José González Llorente, el 20 de julio de 1810. Se iniciaba así nuestro proceso de independencia de España. Entonces la calle tomó un protagonismo político y social sin precedentes. Después vendrían los célebres cafés que aglutina a los bogotanos alrededor de charlas interminables y ricas bebidas tradicionales sobre esta calle. Más tarde, el tráfico vehicular, el tranvía, los incendios del mes de abril de 1948, transformaron su aspecto.

La Calle Real, entonces, cambió su nombre por el de Carrera Séptima. Se extiende de sur a norte atravesando Bogotá como una flecha lanzada en línea recta. Actualmente, se propone cambiarle el rostro con el discutido corredor verde. Si este corredor se cuidara como el ambiente en que vive Bruno, se convertiría en una calle emblemática de verdad. ¡Sería nuestro orgullo nacional! Pero si su imagen se vuelve la realidad de Alana, el corredor terminaría asfixiado por las ventas ambulantes, los escombros, los plásticos, los olores desafiantes, las basuras. Viviríamos con nuestra chifladura junta en un proyecto que costará más de dos billones de pesos. ¡Cáspita! Ni sabemos mantener limpio un poste de luz.

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